Domingo 28 de octubre de 2012
Esta semana que ahora acaba ha sido muy convulsa para los socialistas, y en especial para Alfredo Pérez Rubalcaba. No ha faltado desde sus propias filas quien le ha señalado por la debacle electoral de las pasadas elecciones autonómicas vascas y gallegas, más la que se presume en Cataluña. Ciertamente, una cuota significativa de responsabilidad sí cabe atribuírsela, en su calidad de actual secretario general del PSOE y como hombre fuerte de partido durante los últimos años. Años en los que los socialistas han emprendido una peligrosa deriva hacia el nacionalismo en unas zonas, y en otras cuestionando el modelo de estado sin tener muy claras otras alternativas. En Ferraz se habla de federalismo sin que prácticamente nadie por allí tenga muy claro lo que en realidad es.
Alfredo Pérez Rubalcaba hace bien en seguir en su puesto; al menos, hasta las elecciones catalanas. A partir de ahí, los resultados dirán. Pero, por más que haya sido elegido por sus propios compañeros, como él mismo se ha cansado de repetir, a nadie escapa que un tercer desastre electoral podría muy difícil justificar su posición al frente de un PSOE a la deriva. Ahora bien, el problema no es sólo Rubalcaba. Faltan ideas y, sobre todo, coherencia filosófica: un partido socialista y, como tal, internacionalista, no puede despeñarse por un terraplén nacionalista, como ha venido haciendo el PSOE desde hace años. Faltan también personas. Durante las dos legislaturas de José Luis Rodríguez Zapatero nadie cuestionó prácticamente nada de cuanto se hacía -o no se hacía-. Los pocos que disentían, como Joaquín Leguina o Jordi Sevilla ya no están. Y detrás no parece venir nadie capaz de enderezar el rumbo. Y tanto por el bien del partido como de España en su conjunto, más vale que aparezca pronto.
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