Domingo 28 de octubre de 2012
El tribunal de Milán en primer grado ha condenado al ex Presidente de Italia, Silvio Berlusconi, a cuatro años de prisión, cinco de inhabilitación y a una multa de 10 millones de euros por un delito de fraude fiscal en el llamado caso Mediaset. Se trata de una de las primeras condenas para el cavaliere, ya que anteriormente, pese a ser investigado en múltiples procesos, logró eludir la acción de la justicia en virtud de prescripciones y leyes ad personam. La pena, reducida por el mismo tribunal de cuatro años a uno al aplicar una ley de indultos aprobada en 2006 con el objetivo de reducir el número de presos en las cárceles, se produce en un momento particularmente difícil para la derecha italiana, involucrada en innumerables escándalos de corrupción y con unos índices de popularidad por los suelos.
En primer lugar, merece la pena subrayar la valentía de los Magistrados italianos, que en diferentes ocasiones –como con Tangentopoli (Manos limpias), en 1992, una operación judicial que destapó una trama de corrupción y sobornos que involucraba a las más altas esferas estatales- han dado prueba de su valor y honradez. Tras un largo proceso, los jueces han considerado a Berlusconi culpable y por lo tanto han decidido condenarle pese a saber que esa decisión provocaría grandes polémicas. La actitud de Berlusconi y de su prosélitos parlamentarios resulta irresponsable: en una democracia, no se puede atacar a los jueces, criticarlos ásperamente, repetir monótonamente que se es “victima de la Magistratura” o “perseguido por los fiscales”. No es una decisión de un Estado polcial, sino de un Estado de derecho, donde los Magistrados se ocupan de que se aplique la ley y de que Berlusconi, no sea “más igual que los demás”. Igualmente desafortunada podría ser la decisión del ex mandatario de presentarse a las elecciones para defenderse de las “togas rojas” y buscar así, nuevamente, la inmunidad judicial. Un retorno espectacular de Berlusconi a la arena política nacional resultaría grotesco: el ex mandatario debe alejarse de la tentación populista manifestada en estas últimas horas, apartarse de la política para defenderse en las sedes oportunas (no en sus televisiones) y entender que la Historia de Italia nos ha enseñado que, a veces, es más sabio abdicar a tiempo que huir precipitadamente a Bríndisi. La sentencia debe ser interpretada como el final de una época, una aventura política que empezó en las televisiones, pasó por Palazzo Chigi y que ha terminado en la sala de un tribunal.
Tanto la condena de Berlusconi como su decisión de no presentarse a las elecciones deben representar, para la derecha italiana, una ocasión para apartar definitivamente a su líder y renovar su ideario político. El centro-derecha italiano debe buscar una nueva identidad y nuevas alianzas, considerando la condena como una oportunidad para acelerar el post-berlusconismo, evitando caer en tentaciones anacrónicas o populistas. Ha llegado el momento de desprenderse de Berlusconi, alma mater de la coalición, y construir una formación política moderna y sensata. La condena del ex presidente, a manos de su némesis (los magistrados) y el comunicado del jueves, una especie de testamento político, deben suponer el finis regnis y el inicio de una nueva etapa política nacional.
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