Opinión

La encrucijada de la política española

David Ortega Gutiérrez | Martes 30 de octubre de 2012
Vive nuestro tiempo político un momento especial, en el que debemos esforzarnos por ver el problema de fondo que realmente tenemos. Yo destacaría principalmente el problema de nuestra representatividad política, democrática; la muy preocupante desconexión entre los gobernantes y gobernados, entre el pueblo o sociedad civil y sus políticos. Esta problemática está ahí, queramos verla o no, y es necesario actuar frente a esa realidad.

El desencanto y la desilusión con la política y sus actores puede traernos consecuencias en principio no deseadas, pues es el caldo de cultivo adecuado para el surgimiento de políticos populistas o caudillistas, estilo Gil o Ruiz Mateos, o incluso peor, que se pueda empezar a cuestionar el propio sistema democrático ante la ineficacia de una gran parte de sus líderes políticos. Creo sinceramente que la clase política española precisa de una renovación muy importante, especialmente en sus cúpulas directivas, que son las que generan estilo, actitudes y marcan las líneas a seguir.

En primer lugar hay que ser conscientes de la dificultad de cambiar un estilo de hacer política que lleva varios lustros aceptado o, al menos, no cuestionado. Solamente hemos reaccionado cuando teníamos ya el problema encima, no lo hemos visto venir. En la época de las vacas gordas, parecía que el sistema político lo aguantaba todo: corrupción, economía sumergida, administración pública sobredimensionada y poco eficiente, duplicidades, descontrol del gasto, inversiones en infraestructuras absurdas, pésima gestión de las cajas de ahorro, aumento del clientelismo, etc. Sin embargo, lógicamente, el sistema ha acabado por no soportarlo y ahora con las vacas flacas vemos y entendemos todo lo que hemos hecho mal, por activa y por pasiva. Unos como actores principales, otros que hemos tolerado o mirado para otro lado sin implicarnos.

En segundo lugar, ha llegado la hora de reaccionar, de comprometerse, de hablar claro y llamar a cada cosa por su nombre. La tibieza, la cobardía y la indignidad capan a sus anchas en una parte importante de nuestra vida política. La ética, la cultura y la honradez están mal vistas y producen o risa o escarnio. Con frecuencia se pasan líneas rojas que no se deben pasar, el problema es que una vez que se han cruzado, uno se acostumbra a que lo excepcional pasa a ser lo cotidiano. La única vía de regeneración democrática que veo es la apuesta firme, decidida e inquebrantable por la honradez y la preparación, algo tan simple y tan decisivo.

La vida política española requiere de un nuevo estilo, que en principio chocará a la propia clase política, pero que sin duda poco a poco se tiene que ir abriendo camino. Basta ya de no decir a la gente la verdad, es el momento de la claridad y de la firmeza. Hay que recuperar el interés general y el bien común como el único argumento y fundamento para nuestras acciones políticas. En nuestra vida política sobran demasiados listillos y picaros, profesionales de la reciente política que tan malos resultados nos están dando. Frente a ellos necesitamos personas formadas y preparadas moral y profesionalmente, con capacidad para aguantar el tirón que precisa el regenerar nuestra vida pública y política. Es el momento de seguir el ejemplo de los grandes del pensamiento político, de tener modelos que nos abran la inteligencia y el espíritu, ilustres como Tomás Moro, John Stuart Mill o Bertrand Russell -siempre he admirado el pensamiento liberal inglés. La mediocridad y la tibieza se ha apoderado de nuestra clase política, es imprescindible que cada vez más la sociedad civil española se implique en su renovación, no veo otro camino, o lo hacemos nosotros los españoles o no lo hace nadie: esta es nuestra encrucijada.