Javier Zamora Bonilla | Martes 30 de octubre de 2012
¿Adónde va UPyD? Si uno lee el programa electoral de Unión Progreso y Democracia, tiene la impresión de que la riqueza de propuestas y de enfoques en relación a los problemas que tiene planteados actualmente la sociedad española es muy superior al discurso que mantiene su máxima representante, Rosa Díez. Hace unos días, escuchándola en el debate presupuestario, me impactó una frase de su discurso. En ella presentaba como cuestiones antagónicas el actual Estado de las autonomías y el Estado del bienestar. Convertir al Estado de las autonomías en chivo expiatorio de la situación en que se encuentra la economía española, y con ella la sociedad, es un planteamiento que puede resultar populista y atraer a cierto sector del electorado, pero es del todo falso y no conviene jugar con aspectos que ha sido claves en la institucionalización y consolidación de la democracia española. En eso ya están otros.
El crecimiento de la riqueza, la distribución territorial y entre clases de la misma que ha conseguido la sociedad española desde finales de los años setenta a la fecha no es explicable sin tener en cuenta, entre otros factores, las ventajas que una gestión más próxima a los problemas concretos de los ciudadanos ha proporcionado. Y eso ha sido posible gracias a la descentralización política y administrativa que suponen las comunidades autónomas y a la flexibilidad prevista en la Constitución para que el modelo inicialmente pensado se fuera ensanchando al ritmo que la sociedad lo requería, bien es cierto que muchas veces más por las presiones de los políticos interesados en acumular poder a nivel autonómico que por los requerimientos de los ciudadanos.
Es evidente que el actual Estado de las autonomías tiene disfuncionalidades importantes y que también ha permitido despilfarros económicos tremendos. Siempre se destacan cuatro o cinco ejemplos de esas disfuncionalidades y de esos despilfarros (la duplicación de funciones en diversos ámbitos, los altísimos costes de los medios de comunicación autonómicos, los gastos en relaciones internacionales de algunas comunidades autónomas que se solapan con los del Estado, la proliferación de empresas y organismos públicos, etc.), pero pocas veces se insiste en todos los aspectos positivos que la descentralización ha traído a los ciudadanos. Además, siempre se pone el ojo sobre ciertas comunidades autónomas y no sobre otras cuya mejora socioeconómica ha sido sustancial en estos últimos treinta años.
El discurso de Rosa Díez debería, en mi modesta opinión, ser un poco más complejo en relación a este tema y ajustarse más a la también más compleja realidad de la sociedad española. Sin perjuicio de seguir llevando como bandera la reforma del actual Estado de las autonomías, un discurso pro centralista a ultranza no creo que sea ni positivo para la sociedad española ni para las aspiraciones que UPyD tenga de convertirse en un partido bisagra en el Parlamento español. Además ese discurso dejaría a UPyD fuera o muy disminuida en número de diputados en comunidades autónomas importantes, como ya le pasa al PP en Cataluña y el País Vasco.
Un ejemplo: proponer que se devuelvan al Estado las competencias educativas es un planteamiento utópico en la práctica, pero intentar consensuar unos contenidos comunes entre todas las comunidades autónomas sí debería ser un reto conseguible en un futuro inmediato.
Otro ejemplo: el ajuste económico que necesita el actual Estado de las autonomías no pasa sólo por limar todo lo innecesario en las autonomías, sino por reducir sustancialmente la administración del Estado, la cual no se ha reducido proporcionalmente al volumen de competencias que se han ido traspasando a las comunidades autónomas. Y esto exige, sin duda, un reajuste presupuestario de la financiación autonómica y una mayor corresponsabilidad fiscal de las autonomías.
UPyD, aunque ha crecido de forma notable en las últimas elecciones, tanto en las generales como en las autonómicas y locales, no ha conseguido convertirse todavía en una clara referencia como partido de gobierno. Por eso el trasvase de votos de tradicionales votantes del PSOE y del PP a UPyD es reducido respecto al gran descontento que los votantes del PSOE y del PP muestras respecto a los partidos que hasta ahora han sido sus referencias. Si UPyD supiera canalizar ese descontento dando una imagen de partido gubernamental, podría convertirse en las próximas elecciones generales en árbitro para la formación del Gobierno. Para eso, sin perjuicio de aprovechar el capital político que Rosa Díez representa, debe dejar de ser “el partido de Rosa Díez” para convertirse en un partido de centro con un programa bien estructurado, amplio y omniabarcador que dé respuesta a los problemas actuales de la sociedad española y con un equipo bien visible que muestre su competencia.
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