Javier Rupérez | Jueves 01 de noviembre de 2012
Ha sido tanta la destrucción, tantos los millones de personas afectadas, tantos los estados de los Estados Unidos que han sufrido en sus carnes el terrible embate del huracán/tormenta Sandy que algunas voces estos últimos días se han llegado a levantar, bien es cierto que con cierta timidez, para sugerir que quizás fuera conveniente pensar en un retraso de la fecha de las elecciones presidenciales –y también parlamentarias- previstas para el próximo 6 de Noviembre, el primer martes tras el primer lunes de Noviembre, según una disposición federal adoptada en 1845. Es más que seguro que para esa fecha no estén todavía reparadas todas las líneas eléctricas perdidas, ni recuperadas todas las carreteras anegadas, ni en pleno funcionamiento todo los sistemas públicos de transporte. En algunos colegios electorales están ya imprimiendo, en papel, papeletas para el voto, sistema abandonado a favor del voto electrónico hace ya varios años. Pero con todo, y a salvo de pequeños acomodos para facilitar la votación en tiempos de dificultad –como por ejemplo ampliar los horarios para depositar el voto- nada hace pensar que haya cambio de fecha. Ello requeriría una decisión adoptada por el Congreso de los Estados Unidos, con todas las complejidades políticas y procedimentales que ello traería consigo. Pero sobre todo, como muchos americanos en privado y en público recuerdan, el país no ha dejado de cumplir escrupulosamente con sus compromisos electorales ni siquiera cuando se encontraba en medio de una terrible y sangrienta guerra civil. No lo van a hacer ahora, cuando deben enfrentarse “sólo” a una inclemencia natural. Por dura que sea. Y ciertamente lo está siendo.
Pero siendo lo que es la naturaleza de la política, apenas han sido 24 horas durante las que los candidatos y sus representantes han detenido la frenética marcha prevista para los últimos días de la campaña y menos todavía las que han necesitado las maquinarias partidistas y los medios de comunicación para especular sobre las consecuencias de lo ocurrido. ¿Será Sandy el que paradójicamente venga a otorgar a Obama los votos que según las encuestas de antesdeayer le faltaban para seguir en la Casa Blanca? Al fin y al cabo, y como era su obligación, ha debido ser el todavía Presidente de los Estados Unidos el que hiciera frente a las necesidades de protección y auxilio planteadas por la catástrofe y a ello se ha dedicado con fervor y ahínco. Tanto que incluso algún Gobernador republicano afectado por el desastre, como el de Nueva Jersey, Chris Christie, caracterizado y ardoroso partidario de Romney, ha reconocido la dedicación desplegada por Obama en esos momentos de incertidumbre y angustia. Tiempo les ha faltado a los profesionales de la información, sobre todo los próximos a Obama, en repetir hasta la saciedad las palabras de agradecimiento de Christie. O por el contrario, ¿seguirá gozando Romney de la ventaja estadística de que gozaba antes de que la naturaleza se desencadenara, descontando el electorado los efectos del cataclismo y los esfuerzos de Obama para paliarlos como algo perteneciente al estado natural de las cosas? Imposible saberlo. En menos de una semana saldremos de dudas.
Lo que si sabemos es que Obama, aunque resulte un cálculo cínico siquiera el pensarlo, contará en los próximos días con una exposición intensiva a los medios de comunicación en su aparentemente neutra capacidad presidencial y por ende caritativa mientras que su contrincante Romney hallará dificultades en buscar el resquicio para mostrar que él también sabe ser compasivo en momentos de tribulación. Tanto más cuanto que unos de los puntos programáticos de su propuesta electoral incluye la reducción en un 25% de los fondos dedicados a FEMA (Federal Emergency Management Agency) la entidad pública responsable de hacer frente a los desastres. No sería de extrañar que los demócratas intentaran hacer toda la sangre política que puedan al manejar ese dato. Y seguramente no dejarán de recordar que fue precisamente una mala gestión de FEMA en los tiempos de la administración republicana de George W. Bush la que complicó en un principio las tareas de recuperación y rescate tras la devastación producida en Nueva Orleáns por el huracán Katrina, en 2005.
No hay ninguna razón para pensar que el empate técnico que arrojaban las encuestas antes de que Sandy descargara su furia sobre la Costa Este de los Estados Unidos haya sido fundamentalmente alterado, dando lugar a una de las elecciones presidenciales mas reñidas de las últimas décadas. Pero este imprevisto factor natural contribuye una vez mas a emborronar las previsiones en una carrera que no ha dejado de tener desde el principio alternativas imprevistas. Nadie en un principio pensó que Obama tuviera dificultades para la reelección. La división interna republicana apenas pudo alumbrar un candidato recibido sin alegría ni entusiasmo, que para mayor exotismo resultaba ser mormón. Luego contemplamos la progresiva afirmación política del ex Gobernador de Massachussets hasta que, frente a todos los pronósticos y en un inesperado momento, ganó espectacularmente un primer debate electoral contra un huidizo Obama, consiguiendo alterar el ritmo de las encuestas a su favor y dejando en manos de los pocos indecisos el que la balanza de inclinara de uno o de otro lado. En esa agitada montaña rusa de emociones solo faltaría que el Obama solícito frente a la desgracia recibiera de ese puñado de indecisos el apoyo que en las últimas semanas parecía favorecer a su contrario. Así son las cosas. ¿O no?
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