Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 03 de noviembre de 2012
La matanza de prisioneros de guerra en Saraqeb el pasado jueves ha vuelto a plantear las gravísimas dudas que pesan sobre los rebeldes y su compromiso con los valores de libertad y democracia que decían enarbolar. Las imágenes publicadas en internet muestran el asesinato de un grupo de soldados desarmados a manos de hombres que gritan “Allah Akbar” (Allah es grande) y visten como los rebeldes. Eso es lo que puede apreciarse y lo demás son conjeturas aunque dotadas de cierto fundamento. El Ejército libre Sirio ha dicho que investigará lo ocurrido y el alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Rupert Colville, ha advertido de la comisión de un presunto crimen de guerra.
Así, Assad mantiene el control de las ciudades, donde los rebeldes no logran avanzar, pero combate cada vez más a la defensiva. El fracaso del alto el fuego acordado por la Fiesta del Cordero de la semana pasada ha subrayado la imposibilidad de encontrar una salida negociada con los actuales líderes. Los rebeldes cada vez se parecen más a aquellos que pretenden derrocar y las minorías religiosas del país, por ejemplo los cristianos, ven con gran preocupación la posibilidad de que finalmente los rebeldes venzan. Algunos han propuesto como hipótesis la partición de Siria en sendas zonas bajo control sunní y alauí respectivamente. Sin embargo, esta hipótesis de un “Alauistán” es inviable porque los alauíes hace mucho que dejaron sus regiones de origen y se trasladaron a las grandes ciudades sirias. Como sucedió en la ex-Yugoslavia, las comunidades están mezcladas y es realmente difícil separarlas.
El conflicto parece en punto muerto y el entusiasmo que despertó el comienzo de la rebelión se ha transformado en el escepticismo de algunos y pesimismo de muchísimos. Así, la guerra puede prolongarse mientras uno y otro bando gocen del apoyo exterior de potencias aliadas sin que nadie la gane y todos la pierdan; sobre todo, el pueblo sirio.
Por eso, la propuesta presentada por la República Popular China para dar un nuevo impulso a la pacificación de Siria merece la máxima atención. Pekín ha sido uno de los dos aliados diplomáticos de Siria en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, en tres ocasiones, ha vetado resoluciones que hubiesen podido decantar el conflicto hacia el bando rebelde. Junto a la Federación Rusa, la diplomacia china ha subrayado la necesidad de evitar intervenciones militares y lesiones al principio de soberanía e integridad territorial de Siria. Moscú y Pekín recuerdan constantemente el caso libio.
La propuesta china – que apoya los esfuerzos del enviado de Naciones Unidas, Lakhdar Brahimi- pide ayuda humanitaria para todos los refugiados al margen de exigencias políticas o militares y plantea un alto el fuego gradual y por distritos que concluiría con un cese de hostilidades. Las instituciones del Estado seguirían funcionando y se determinarían los interlocutores para un futuro proceso de transición.
A estas alturas del conflicto, es claro que no hay solución posible sin sentar a ambos bandos en la mesa de negociaciones. Assad no vencerá pero puede resistir mucho tiempo antes de caer y, mientras tanto, el pueblo sirio seguirá sufriendo sin tener una alternativa clara y mejor que el régimen anterior. La experiencia de Irak y de Libia muestran que la reconstrucción tras la caída de los dictadores es larguísima y muy costosa. Al final, los únicos beneficiarios del caos en Siria serían los terroristas que, en el último año, se han ido infiltrando en las filas rebeldes.
Ojalá este impulso chino logre la pacificación que hasta ahora ha sido imposible.
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