Opinión

Los años de plomo

Joaquín Albaicín | Domingo 04 de noviembre de 2012
Casi toda la década de 1970 y los primeros años de la siguiente fueron conocidos, en Italia, como “Los Años de Plomo”. Días de desequilibrio político, de apabullantes escándalos financieros y de tensión y violencia terrorista alentada por supuestos grupos de extrema derecha e izquierda que, finalmente, como los tribunales probaron, resultaron no ser, en gran número de casos, sino asalariados de los servicios secretos y de algunos de los principales prohombres democráticos. La vida pública, concentrada en su totalidad bajo el paraguas de una trama político-económico-mafiosa con hitos como el secuestro y asesinato de Aldo Moro y la bomba en la estación de Bolonia, y cuyas ramificaciones llegaron, con la matanza de los abogados de Atocha y algún que otro episodio turbio más, hasta el casticísimo Madrid.

En esa atmósfera ha ambientado Giorgio Faletti un elaborado relato que le avala como uno de los pesos pesados del presente escalafón de novela negra: “Apuntes de un vendedor de mujeres” (Anagrama). Dejando aparte la crudeza y lo escabrosísimo de ciertas expresiones y algunos contextos, a mí me ha gustado mucho la inteligente trama por él concebida, y, sobre todo, cuanto su ficción contiene de retrato hiperrealista de determinada clase política.

-Se dice que el poder desgasta. No es verdad. Lo que desgasta es el miedo a perderlo. Una vez que se saborea, es difícil renunciar a él. Sobre todo porque, quien te ha ayudado a alcanzarlo, no está dispuesto a renunciar a ti –explica y sentencia uno de los más pútridos personajes de la novela.

Es la mejor frase que acierto a entresacar para compendiar por dónde van los tiros –muchos- en este título, recién incorporado al catálogo de Herralde e inspirado por las interioridades de un mundo que pone los pelos de punta. Y es que me parece casi imposible definir mejor que con estas palabras la patente y palpable maldad rezumada por unos estratos sociales cuyos habitantes en ningún momento niegan bailar al son de la batuta de Mefistófeles.