Víctor Morales Lezcano | Lunes 05 de noviembre de 2012
Se ha inaugurado en Casa Árabe la apertura al público de una exposición singular.
Se trata de unos veinte paneles centrados en la figura extra-ordinaria del Emir (Príncipe) Abdel- Kader (1808- 1883), personalidad multidimensional dentro del orbe musulmán del siglo XIX.
La exposición ha sido organizada por la Asociación internacional Sufí Alawiya, que dentro de las diferentes limitaciones presupuestarias que se reflejan en ella, se hace aquí acreedora a la más alta consideración.
Y ahora, una cuantas pinceladas que ayuden a situar al Emir Abd el- Kader. Nacido en el seno de una familia distinguida por su situación privilegiada dentro del marco turco- otomano de la Argelia de finales del siglo XVIII, Abd el _Kader encarnará una compleja manifestación pública de doble resistencia: frente a los decadentes otomanos de los primeros decenios del siglo XIX y, a partir de 1830, contra la ocupación de Argelia por las tropas expedicionaria de la Monarquía de julio establecida en Francia.
Cuatro facetas del Emir sobresalen en la exposición de Casa Árabe. Primero: la de caballero magnánimo en tiempos de guerra, y de conflictos armados dentro de la Argelia del suroeste – en España reconocida con el genérico de Oranesado- . Abd el- Kader tuvo que combatir una serie de tribus que, en épocas de crisis políticas y religiosas, se ha sentido atraídas por el reforzamiento del marabutismo o corriente religiosa moderada, así, aunque celosa del espíritu de cuerpo que cristaliza en torno al cheik, a sus discípulos y a la cofradía respectiva que los aglutina. Si bien el fenómeno marabútico confiere vigor a las tribus en defecto de un Estado desfallecido, expone, sin embargo al riesgo de la dispersión localista . Abd el _Kader intentará, oponiéndose a la ocupación francesa, atenuar los efectos perniciosos del marabutismo.
La segunda dimensión del Emir radica en su presunto valor simbólico de enlace, de puente entre Oriente (musulmán) y Occidente (colonialista) durante la primera mitad del siglo XIX. Si bien es cierto que Abd el – Kader y sus milicias terminan por doblegarse ante el ejército francés del general Bugeaud en 1847, ello no impedirá que el Emir sepa organizar humanamente la resistencia armada , la protección de los prisioneros, la racionalización del pequeño Estado ambulante que organizó , en el oeste de Argelia – con la ayuda, más que ocasional, del Sultán de Marruecos-. Luego de ser apresado fue enviado a Paris como prisionero de excepción y liberado por el flamante Napoleón III de 1852.
Luego de un periplo por el mundo norteafricano y mashriquí, Abd el- Kader fijará su residencia en la Siria otomana que él había combatido desde el Oranesado (Paradojas de la historia) . Allí se dedicará al estudio y a la “acción” _ tan imperativos es él, como su inclinación a la sabiduría purificadora, de tipo sufí moderada.
El espíritu ecléctico prevaleció bastante en el comportamiento público del personaje de marras. Sus raíces islámicas no le impidieron apreciar las conquistas científicas y tecnológicas de procedencia occidental (apoyó, a propósito, la construcción del canal del Suez). De ahí las otras dimensiones de Abd el- Kader que vienen resaltadas en la exposición de Casa Árabe: protagonista de un reformismo pre-modernizador, en parte fallido. Como lo intentaron Karedine en el Túnez de los años sesenta y setenta del siglo XIX y unos cuantos pensadores y “activistas” dentro del mundo árabe-islámico de aquellos años que precedieron al renacimiento de ese mundo (Nahda).
Fundador de un estado moderno y, además, intelectual dotado de vasta cultura literaria y filosófica, nuestro Emir aparece en el horizonte actual (donde se des- encuentran con tanta frecuencia Islam y occidente), como un adelantado conductor del oriente musulmán.
El legado mas alto de Abd el- Kader, empero, ha sido su Libro de las Estaciones, fruto filosófico de sus últimos años en el Damasco que, sin duda, en nada se parece al que hoy se encuentra sumido en una ratonera fraticida.
En estos días de otoño, la visita a la exposición sobre la vida, sueños y obra del Emir puede inspirar más de una reflexión, por melancólica que sea, sobre el Libro de las Estaciones.