TRIBUNA
Miércoles 07 de noviembre de 2012
Conoció el articulista al Prof. García Calvo cuando éste se hallaba en la plenitud de la edad, del entusiasmo y la esperanza. Descansando sobre un cuerpo por entonces enjuto y fibroso, las formidables dotes intelectuales con las había sido enriquecido desde la cuna y después en continuo proceso y progreso de capitalización merced a un trabajo hercúleo, se aprestaban a alcanzar las metas más ambiciosas del humanismo paganizante del Renacimiento, su edad histórica predilecta, por encima de la grecolatina. Apenas desembarcado como flamante catedrático universitario en la Sevilla prodigiosa de finales de los cincuenta —D. Ramón Carande, D. Manuel Giménez Fernández, D. Alfonso de Cossío, inicios del pontificado aperturista de D. José María Bueno y Monreal, Cortijo, Alfonso Osorio, Francio Elías de Tejada, D. Mariano Aguilar, D. Jesús Arellano, José María Javierre, Club Vida, El Ateneo, La Casa de América…-, pero a la vez chata y pacata de los estertores del nacional-catolicismo, su presencia impactó en la Atenas andaluza desde el primer instante. Su controlada postura antisistema no era obstáculo para que sus actividades extraacadémicas —limitadas, por lo demás, a una intensa agitación cultural proyectada primordialmente a través de funciones de teatro y veladas poéticas, casi siempre en los ábregos recintos del Alma Mater Hispalense- provocasen un fuerte eco y no menor reluctancia en los círculos del establishment. Su frenética labor socrática desplegada en el insomne seminario de Latín de la hervorosa Facultada de Filosofía y Letras —manes de D. Juan de Mata Carriazo, D. Antonio Blanco Freijeiro, D. José Antonio Calderón, D. Guillermo Céspedes…- hizo saltar las alarmas de los custodios de la tradición, más alertados que de costumbre. Retablo de las maravillas siempre, entre los seguidores más conspicuos de las enseñanzas del profesor zamorano se contaban dos miembros de la “policía secreta” matriculados, según se decía, en sus asignaturas para seguir de cerca su rumbo…
Sesentayochista avant la lettre, el ideario de quien fuera quizás, andando los días, el máximo exponente de la acracia cultural de la postmodernidad española, se hallaba íntegramente modulado por el nihilismo y los postreros retazos de un existencialismo batido ya por aquellas calendas en plena retirada. Pese a la llegada de las primeras brisas conciliares —sopladas con inesperada intensidad en una Sevilla aún marcada por la huella del cardenal Segura- y a los comienzos del diálogo entre fe e increencia, las auras de la ciudad no bastaban a tonificar de modo suficiente el pensamiento y los anhelos predicados ahincadamente por un García Calvo cada vez más envuelto en polémicas que corrían el riesgo de yermar su vena artística y creadora. Funcionario al fin, opositó en vísperas del tardo-franquismo a la cátedra de Latín de la Universidad “Central”. Victorioso en la correspondiente oposición, se aposentaría en Madrid para cubrir una nueva etapa de su remecida existencia.
Investido en funciones decanales, el cronista volvería a encontrarlo en la Córdoba de la mejor fecha de la Transición: la del ingreso en Europa. Huésped ilustre y obligado de toda semana estudiantil que se preciara en la Universidad de la década de los ochenta, conservaba todo el atractivo y sugestividad de un cuarto de siglo atrás. Con monótona y encadenada brillantez, deslumbró a sus oyentes con la recitación de poemas de Shakespeare así como propios. El público lo aclamó a la manera de los emperadores triunfantes en la guerra, y los bedeles protestaron por la inusitada extensión del acto. Su desaplicado y muy ocasional alumno en la disciplina de Latín Medieval continuó pensando, como antaño, que si D. Agustín se hubiera consagrado por entero al cultivo e investigación de las lenguas y literaturas clásicas las Humanidades se habrían colocado al nivel de la filología y crítica alemanas de sus mejores tiempos. Todavía sigue creyéndolo.
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