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¿Cómo endurecerá Obama su estrategia sin la presión de la reelección?

Estados Unidos

Viernes 09 de noviembre de 2012
Liberado de las ataduras que le suponían la reelección del pasado día 6, es previsible que Barack Obama continúe con la histórica tendencia que han seguido sus antecesores en el cargo y se desenvuelva con mayor agresividad a la hora de poner en marcha sus políticas. Las reformas sanitaria y de inmigración, así como un intensivo plan de estímulo económico y una política exterior más comprometida fijarán la agenda del presidente de los Estados Unidos durante los próximos años ahora que está liberado del 'yugo' de las urnas.

La legislación estadounidense no permite que un mismo presidente encadene tres mandatos de manera consecutiva. Como consecuencia, es tradición entre los mandatarios de la primera potencia mundial que durante su primera legislatura afiancen su liderazgo dentro de sus fronteras a base de políticas sociales para, una vez lograda la reelección, poder desenvolverse a gusto sin la presión y las ataduras que les supone saberse condicionados por la opinión pública.

Este es el caso en el que se encuentra Barack Obama desde el pasado martes. Tras vencer con una holgura mayor de la prevista al candidato republicano, Mitt Romney, el cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos apuntala su estrategia para los próximos cuatro años, sus últimos como inquilino de la Casa Blanca, con el objetivo de dar la puntilla al bando conservador en los comicios de Mid-term, o de media legislatura, previstos para 2014.

Al contrario de lo que suele ser habitual, Obama, siguiendo la estela que él mismo predicó durante su primera campaña electoral, ha enarbolado la bandera del cambio y la renovación política, social e institucional del país. Una estrategia que muchos criticaron entonces y también ahora por considerarla demasiado arriesgada de cara a una futura reelección.

Durante su primer mandato, Obama impulsó una reforma sanitaria, bautizada como MedicAid y MediCare, que buscaba dar cobertura y asistencia a todos los ciudadanos. Finalmente, su plan se aprobó a medias a finales del pasado mes de junio, aunque el presidente sigue con la idea de ampliar su rango de actuación para que la ley se asemeje lo máximo posible al sistema de Seguridad Social europeo.

Además, tuvo que enfrentarse de manera infructuosa con los sectores más conservadores del republicanismo, con el Tea Party a la cabeza, para poder sacar adelante una reforma migratoria que diera cabida a los millones de personas que llegan a Estados Unidos todos los años. El peso que han jugado las minorías y, sobretodo, la comunidad latina en las últimas elecciones ha puesto de manifiesto que es un asunto que Estados Unidos no puede obviar por más tiempo.

Estos dos frentes, junto con el cierre de la base militar de Guantánamo y el déficit público, que durante su gestión entre 2008 y 2012 se ha triplicado, son las grandes asignaturas pendientes de su segunda Administración.

El cierre del centro de detención tiene, además de numerosos impedimentos legales que ya han frenado durante años su desmantelamiento, el problema de que, al ser un país federal, no hay muchos estados que vean con buenos ojos acoger una base de esta naturaleza y su traslado a suelo continental es tremendamente complicado.

El aura casi mesiánica que le han impuesto sus seguidores ha obligado a Obama a forzar su política hasta el punto de ver cómo su ventaja sobre Romney iba menguando de forma progresiva en los meses anteriores a las elecciones. Sin embargo, con el respaldo de las urnas y sin una reelección en el horizonte tiene campo libre para intentar sacar adelante sus promesas pendientes y apuntalar una Presidencia ya de por sí histórica, ya que es el primer afroamericano en poder sentarse en el Despacho Oval.

No será un camino fácil
Sin embargo, el intrincado sistema político de Washington hace que Obama no sólo dependa de sí mismo para materializar sus planes. El hecho de que sendas cámaras estén en manos diferentes, el Senado es demócrata y el Congreso es republicano, entorpece mucho la aprobación de iniciativas, aunque en un segundo mandato el presidente no depende tanto de la Cámara de Representantes con en el primero. Por no hablar de que en Estados Unidos la rigidez del voto de partido es mucho más laxa que en Europa y no es difícil ver a compañeros ideológicos de Obama votar en contra de sus propuestas, como en el caso de la legalización del aborto.

De este modo, al presidente estadounidense se le presenta una disyuntiva: cumplir con sus asignaturas pendientes, muchas de las cuales le han aupado hasta el poder, y contentar a un electorado que ha demostrado dos veces que confía en su discurso de cambio o, por el contrario, acomodarse en el cargo y dejar pasar el tiempo sabedor de que su gran labor, por la que pasará a los anales de la historia, ya está hecha.

Los expertos creen que el presidente se decantará por la primera vía, con un mayor protagonismo de la política exterior, hasta ahora en manos de la futurible candidata demócrata Hillary Clinton, que ya ha confirmado que abandona el cargo de secretaria de Estado para, con toda probabilidad, centrarse en su propia carrera presidencial.

Con la salida de las fuerzas militares estadounidenses de Afganistán e Iraq, los dolores de cabeza de Estados Unidos fuera de sus fronteras se dividen entre la crisis económica que azota a Europa y la tensa situación política en Oriente Medio, con Siria, Irán y el conflicto palestino como principales actores. En este sentido, Charles Powell, director del Real Instituto Elcano, señalaba hace pocos días que "ya es hora de que Obama se gane el Premio Nobel de la Paz que le concedieron".

Por lo pronto, su primer viaje como presidente reelegido será una mini gira asiática que le llevará la semana que viene a Birmania, donde se reunirá con la opositora Aung San Suu Kyi, a Tailandia y a Camboya.

Obama ya ha pasado a la historia por motivos raciales y muchos le sitúan a la altura en trascendencia de presidentes como Lincoln, Roosevelt o Eisenhower, ahora es el momento de ser recordado también por su legado político.

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