José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 09 de noviembre de 2012
Aquejada de “presentismo” agudo y envuelta en querellas de corto radio, la sociedad española de los últimos decenios contempló, atrofiada y prejuiciosa, el distanciamiento acelerado de su asunción y ligámenes con la del Siglo de Oro. Solo así, entre otros episodios no menos llamativos al tiempo que expresivos de un déficit cultural insalvable, cabe entender que en los diarios más influyentes de la nación las muy espaciadas noticias acerca de su existencia histórica rivalicen en desaciertos y errores.
Y así, en el tal vez el más importante a la hora de modelar la opinión de nuestras elites, se estampaba en gruesos titulares que la sociedad de dicho periodo había sido, en el terreno cultural, “más rica y compleja” de lo creído comúnmente… El autor del artículo, un nombre conocido del periodismo “intelectual”, ignoraba, a la vista de su texto, que, en el Quinientos y parte de la centuria siguiente, España regía la marcha del mundo y que sus hombres de ciencia y poder, arte y pensamiento marcaban su rumbo cara a la mirada expectante e imitadora del resto de las potencias europeas. Francisco de Vitoria, Martín de Azpilicueta, Boscán, Bartolomé de Las Casas, F. Suárez, el P. Mariana y la cohorte infinita de los escritores más refulgentes quizá de nuestro pasado literario –y de una extensa porción del occidental- constituían la vanguardia universalmente admirada del Derecho, la Teología o la Politología, sostenida, en última y suprema instancia, por unos tercios que imponían cansinamente su hegemonía aplastante en los más variados campos de batalla. La lengua más preciada de poseer después de la vernácula, las modas suntuarias e indumentarias, los hábitos sociales de mayor predicamento provinieron en el Viejo Continente durante más de una centuria del solar ibérico, “en creciente de imperio”, como cantara uno de sus vates más asendereados…
Engolfado, a fin de aventar pesadumbres y melancolías, estos días el cronista en el curioso y creativo mundo del grupo (¿) de Bloomsbury del primer tercio del siglo anterior, quedaba impactado, una vez más, por la continua y admirativa referencia de sus integrantes a los isabelinos, a los escritores que con su envidiable capacidad creadora –elevada en el caso de Shakespeare a la altura de una genialidad sin igual- forjaron también otro Siglo de Oro de las letras inglesas. La familiaridad con sus textos de unos autores en general iconoclastas y radicales en la crítica de su sociedad resulta, desde luego, sorprendente: tal es el grado del conocimiento de sus entresijos y claves más recónditas. Para no acentuar el pesimismo de las presentes líneas, en la España coetánea del famoso grupo no musical, sino literario, británico acabado de mencionar, también se dio un momento en que estuvo a punto de producirse igual fenómeno respecto a Lope de Vega, el más caudaloso y acaso también el autor más representativo de la identidad nacional. La revista Fénix, dirigida por Miguel Herrero y J. de Entrambasaguas en el tercer centenario de la muerte del inagotable poeta, pudo constituir el aglutinante de un sentimiento compartido, desde la acera opuesta de la política, por el Bergamín piloto airoso de Cruz y Raya. Pero el fatídico vendaval del año siguiente se lo llevó todo.
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