Opinión

La brecha catalana

Antonio Domínguez Rey | Domingo 11 de noviembre de 2012
La reciente precampaña internacional de Mas, presidente autonómico catalán, en Moscú y Bruselas, le salió torcida. Ir con un programa de secesión de Estado a otro, el ruso, cerrado como un puño, y aún dolido por la cadena de independencias territoriales que siguieron a la caída del muro de Berlín, era pretencioso, si no ingenuo. Presentarse en las puertas parlamentarias de Bruselas blandiendo un proyecto separatista ante las narices de la Unión Europea, a la que pertenece el Estado miembro cuestionado, España, y del que es parte autonómica, jurada, requiere morro. En Moscú, ni caso. En Bruselas, lo escucharon y le hicieron ver la poquedad de su sueño nacionalista.

La campaña internacional de Mas, heredada de su mentor Jordi Pojol, a quien Felipe González le dejaba actuar en el extranjero con visos de jefe de estado, viene de lejos. Comenzó el mismo día en que España ingresaba en la Unión Europea. Barcelona se dedicó a invertir sumas ingentes de dinero en la creación de un ambiente catalán receptivo y diferenciado. Conferencias, cine, arte, turismo, cantautores. La culminación fueron los Juegos Olímpicos de 1992. En ese momento de orgullo nacional, en el que la lengua catalana sonaba en radios, periódicos y televisiones del mundo, y tras la ristra de países independizados de la antigua Unión Soviética, los nuevos Estados diminutos de los Balcanes, las inquietudes burguesas del norte de Italia, o de Inglaterra, los catalanes, especialmente barceloneses, intuyeron que era posible forzar el horizonte político creado con aquel esfuerzo de imagen a fondo perdido. Las pérdidas por inversión en política lingüística rondaban los mil millones de pesetas inaugurado el siglo XXI. No importaba. Su rendimiento era la imagen obtenida.

El lanzamiento internacional del proyecto independentista comenzó a finales de febrero con la entrevista que le hizo el periódico francés Le Monde. La comentamos aquí, en El Imparcial, advirtiendo al Gobierno de lo que se avecinaba. Ni caso, al menos aparente, hasta que estalló el reto urdido.

Cataluña conoce muy bien la debilidad del Estado español. No quiere asumir su precariedad, aunque es también la suya. Sabe que la pretensión secesionista creará un problema grave de Estado, histórico, en España. No duda, ni por un momento, y a pesar de las advertencias en contra, que sea imposible en el actual marco europeo. Confía en que, si obtiene respaldo suficiente de los catalanes en las elecciones inminentes, podrá convocar un referéndum. Si siguen apoyándolo, será cuestión de apretarse los ijares durante cierto tiempo. De aquí a 2020, fecha prevista para proclamar un Estado propio. El argumento, sencillo: una Europa democrática no puede oponerse a la voluntad soberana, y europea, de un pueblo también democrático. El conflicto con España queda abierto. El futuro irá indicando qué tácticas, presiones, apoyos, reclamos, incomodidades, seguir, convocar, solicitar, ejercer.

Detrás vendrá el País Vasco, comunidad que ya hizo un ensayo soberanista con el presidente Ibarretxe en 2005. El mutuo entendimiento de ambos territorios, vasco y catalán, auspiciado por el anterior jefe de Gobierno español, el señor Zapatero, y a pesar de que se opusiera a Ibarretxe, así lo hace entender. A la zaga, aprovechando la fractura, comenzará seguramente la reivindicación de Ceuta y Melilla por parte de Marruecos. Un panorama sin duda agitado para el futuro de España. Más leña a la hoguera de la crisis profunda que sufre.

De las posibles soluciones esgrimidas por los políticos españoles para paliar y contener esta amenaza, la federación del Estado la creen plausible. Supondría una reducción considerable de la división autonómica del territorio español. Y hay analistas, foros, partidos que barajan esta coyuntura. Nada fácil, sin embargo, pues los problemas implícitos son también de envergadura soberana. Por otra parte, quién garantiza, dada la situación presente, que las comunidades con pretensiones de independencia respecten la “supremacía federal” de un Estado así constituido. ¿Supondrá la federación una fe de Estado que el constitucionalismo vigente no garantiza? Dudoso, más bien improbable.

La solución federada o confederal, esta más apetitosa que aquella para el País Vasco y Cataluña, sería solo umbral propicio para adentrarse en lo que pretenden, la segregación de España. Una alfombra roja o granate para pies de pisar delicado. Otra confirmación de sus sueños, avalados por la inercia de las circunstancias. Con el viento de la historia a su favor.

España se ha enroscado en su propia sombra. Cada problema se convierte en camino intrincado de un dédalo profuso. Día a día dependemos más de Europa. No solo de la Europa financiera. De otra más orgánica, aún no constituida, y en la que hemos pensado todos al integrarnos. Y aquí, diríamos, cuán largo me lo fiáis…

Es indudable que así no podemos seguir. Hace falta un revuelco. La población lo intuye y espera. Ha votado en mayoría a un partido para que resuelva la situación y cree un horizonte de confianza. Si no consigue embridar la corrupción social y política. Si no logra estimular los valores cívicos vigentes en Europa. Si no alcanza a dotarnos de una educación soberana. Si no rompe el fondo del callejón sin salida, cul-de-sac, dicen los franceses, que le preparó la administración precedente al abandonar el Gobierno y secundan hoy, como ayer, los motores sociales…, entonces malos augurios nos esperan.

Necesitamos una remoción social urgente, comenzando por la educación y la cultura, con o sin economía apropiada. Hay muchos modos de educar y crear con recursos mínimos, naturales. El buen ejercicio de las dotes y poderes de Estado siempre los potencia. La fe ciudadana no depende de fórmulas políticas. Las crea. Y los cimientos de la convivencia española se quebrajan. El reto catalán ha abierto una brecha peligrosa. Utiliza el desarraigo cultural, educativo, económico y de fundación cívica en provecho propio. Las dificultades que encuentra las transforma en eco nacionalista. Y las ondas concentradas ensordecen. Al oírse solo a sí mismos, sabemos qué pasa.

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