Alicia Huerta | Miércoles 14 de noviembre de 2012
En ocasiones, todavía sorprende que la realidad sea tan puñeteramente novelesca, capaz de exhibir sin pudor esos comportamientos humanos que nos demuestran lo poquito que en el fondo hemos cambiado y que hay cosas como el sexo o el poder que continúan materializándose de la misma forma que ocurría en las civilizaciones más antiguas. Los humanos seguimos tan sometidos a nuestros impulsos primarios que, antes o después, hasta el más cauto, o simplemente quien más tiene que perder, acaba por cegarse y creerse inmune al escándalo. Lo que sí ha cambiado en nuestros días es la repercusión mediática, el inclemente foco que ilumina hasta la transparencia los imperdonables deslices de personajes que han llegado a convencerse de estar escudados por la sombra de su propia autoridad, pero cuyos secretos de alcoba acaban volando a través del mundo internauta a una velocidad imposible de ralentizar.
Han sido precisamente un buen puñado de instantáneos correos electrónicos – se habla de entre 2.000 y 3.000 – los que han destapado el último escándalo político-amoroso que ha sacudido las más altas esferas de poder en Estados Unidos. Y es más que de novela, de culebrón de sobremesa. En todo caso, de tal magnitud que es lógico que se haya hecho todo lo posible para que no saliera a la luz hasta después de las elecciones presidenciales de la pasada semana. Porque igual que es verdad que los focos existen, también lo es que todavía sigue habiendo detrás una mano que le da al interruptor cuando más le conviene. Ahora que Obama ha regresado a casa, había que hacer limpieza pero a saber cuánto tiempo se llevaba investigando el affaire romanticón del gran jefe de la CIA, David Petraeus, con Paula Broadwell, su ambiciosa biógrafa y espita del monumental follón en el que ya hay hasta dobles parejas.
Gracias a tanto filme hollywoodiense, en cualquier lugar del mundo sabemos que los del FBI y los de la CIA se la tienen jurada desde su más tierna infancia, que los unos espían a los otros y que, en cuanto pueden, se atizan. Así, las mentes peliculeras enseguida recreamos el feliz momento que debieron disfrutar los de del FBI cuando se encontraron con que las amenazas que estaban investigando dejaban un rastro sospechoso que conducía nada menos que hasta el mandamás de la poderosa agencia de información. O quizás, el FBI estaba buscando desde el principio la manera de trincar al jefe de la tribu enemiga y lo de los correos fue la excusa o, sencillamente, la eficaz trampa.
La presunta víctima de las amenazas llegadas por internet, Jill Kelley, otra morena de mediana edad del tipo de la biógrafa, es una antigua amiga de John Allen, jefe de las fuerzas de la OTAN en Afganistán, pero si este último pensó que en el FBI se limitarían a investigar los correos amenazantes, desde luego, es que hizo gala de una ingenuidad impropia de su cargo. En realidad, impropia simplemente de un hombre de su edad con algo de sentido común.
A Allen, que estaba a punto de ser nombrado Comandante Aliado Supremo de la OTAN, nombramiento que ha quedado en suspenso, los e-mails que intercambió con su amiga Kelley le pueden salir caros porque, de momento, han sido calificados con la cursi expresión de inapropiados y eso en Estados Unidos ya suena a pecado capital. Pero, ¿eran realmente celos lo que provocó que Paula Broadwell amenazara, presuntamente, a Jill Kelley porque se estaba acercando demasiado a Petraeus? Sí, se puede disfrazar de eso, a pesar de que, en el fondo, sería mucho más serio pensar que la amiga del jefazo de la CIA lo que pretendía fuera advertirle o protegerle de las garras de Broadwell, de quien ya se ha filtrado que tuvo acceso al correo privado y al ordenador personal del mando supremo de los espías. ¿Guerra de mujeres celosas o simple espionaje del de toda la vida? El método de las “mataharis”, por muchos satélites espía que pululen por ahí arriba escuchando y viendo todo, parece que sigue siendo el más certero. Casi infalible, si no le da por aparecer en escena a otra curtida matahari.
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