Opinión

La realidad y el cristal

Enrique Aguilar | Miércoles 23 de abril de 2008
Por razones que no vienen al caso, conservo siempre en mi memoria el monólogo inicial de Tom Wingfield en El zoo de cristal, de Tennessee Williams.

En particular recuerdo el pasaje alusivo a esa clase media americana que se matriculaba, en plena depresión de preguerra, en una escuela para ciegos. “Their eyes have failed them, or they have failed their eyes…” es una imagen paradójicamente luminosa que se me ocurre puede ser aplicada toda vez que una ceguera voluntaria nos impide afrontar la realidad tal como es, cualesquiera que sean nuestras aspiraciones.

Se trata de una afección común, a la que nadie es inmune y que, mal curada, se vuelve recurrente. Cuando pretendemos que un índice de precios no refleje precisamente eso, la evolución real de los precios, sino nuestras fantasías; cuando queremos que una receta de gobierno procedente quién sabe de dónde se adopte sin más, aunque las condiciones resulten desfavorables… Lo mismo da: en economía o en política negarse a la evidencia tiene sus costos que, tarde o temprano, se pagan.

Es algo parecido a lo que, según Stendhal, sucede con el enamoramiento: una “operación del espíritu” mediante la cual atribuimos “perfecciones” a la persona amada que no le son en verdad constitutivas. Así, análogamente, el voluntarismo político o legislativo puede ser definido como la creencia ciega en que la realidad es lo suficientemente maleable para adquirir la forma que nuestras decisiones le otorguen. En ambos casos, el método parece ser uno: el reemplazo de lo que las cosas son por una construcción ficticia. Hasta que un día, como en la obra de Tennessee Williams, algún emisario “from a world of reality” ponga fin a la ilusión y la magia de cristal se rompa.

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