Opinión

Cartas que llegaron 70 años tarde

Antonio Hualde | Miércoles 14 de noviembre de 2012
Huelgas aparte, la correspondencia en Europa suele funcionar como es debido. Gracias a ello, las cartas que un prisionero francés escribió a su familia durante la Segunda Guerra Mundial llegaron finalmente a su destino, aunque 70 años después. Que no tarde, pues nunca lo es si la ocasión lo merece. Como aquí.

La historia arranca en 1942, cuando Alemania pone en marcha el Service du Travail Obligatoire -Servicio de Trabajo Obligatorio- por el que más de medio millón de franceses son deportados a Alemania para trabajar como mano de obra forzosa. Uno de ellos, de nombre Marcel Heuzé fue destinado a la cadena de montaje de Daimler-Benz, donde se producían tanques y vehículos blindados. Durante los dos años largos que permaneció en el campo de trabajo de Marienfelde, cerca de Berlín, escribía casi a diario a su mujer y sus tres hijas, aunque la censura alemana se encargó de que ninguna de las cartas saliera de allí.

Sin embargo, no fueron destruidas. Alguien debió guardarlas en un lugar donde posteriormente las encontraría un soldado norteamericano quien, de regreso a su país se las vendió a un anticuario de Missouri. Décadas más tarde Carolyn Porter, una coleccionista anónima, reparó en ellas. No sabía francés, aunque intuyó que el contenido de las cartas podía ser interesante, así que las adquirió y buscó quien se las tradujera. De esta manera conoció la desgarradora experiencia de un hombre que temía no poder volver a ver a su mujer y a sus tres hijas. Describía la angustia que eso le producía, así como la crudeza de su día a día.

Afortunadamente, Marcel Heuzé sobrevivió, regresando a su país y reencontrándose con su familia. Y aunque murió en 1992, sus hijos y nietos pudieron leer las cartas que su abuelo les escribiera setenta años atrás, gracias que Carolyn Porter los localizó en París y se las llevó en mano. Sin embargo, hubo quien no tuvo la misma suerte. Etty Hillesum fue una joven judía holandesa que se ofreció a trabajar como enfermera voluntaria en el campo de concentración de Westerbork. Entre 1942 y 1943 hizo varias veces el trayecto entre dicho campo y Amsterdam, haciendo además de correo para la resistencia. Dejó su experiencia plasmada en un diario -parecido al de Ana Frank, aunque con una mayor profundidad-, cuya lectura es absolutamente estremecedora. Aunque no tanto como su última postal.

Descubierta por la Gestapo, fue deportada al campo donde tanto bien había hecho, y de allí a Auschwitz, de donde ya no saldría viva. Murió gaseada en 1943, al igual que sus padres y uno de sus hermanos. Precisamente por eso no pudieron recibir la tarjeta que Etty Hillesum escribió a bordo del tren en el que realizaba su último viaje y que arrojó por una de las rendijas del vagón. Alguien que paseaba cerca de las vías la encontró y decidió franquearla. En ella, la joven holandesa le decía a su familia: “Vosotros me esperaréis, ¿Verdad?”. No pudo ser.

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