crónica económica
Miércoles 14 de noviembre de 2012
Bien es cierto que Madrid no es una muestra perfectamente representativa. Pero también lo es que muestras de esas no las hay. Y que los comercios de la capital abrían este miércoles no diré que con normalidad, pero sí de forma generalizada.
Para este cronista la huelga comenzaba en Mercamadrid a las dos de la madrugada. Y para el cámara que le acompañaba, a las nueve de la noche del día anterior. A partir de las diez y media de la noche, con la llegada de una decena escasa de sindicalistas, comenzaba a formarse el piquete que ya a las doce alcanzaba las 120 personas, aproximadamente. Llamaban a los conductores de los camiones y de los coches a detenerse y darse la vuelta, para sumarse a la huelga general. Prácticamente los únicos que se paraban eran los que detenía la propia policía. Quizás fuera un acuerdo con los piquetes, que le ofrecía la posibilidad de informar sobre los motivos de la huelga, a cambio de algo de paz. Ya sea por eso o porque los furgones policiales se dispusieron este miércoles no en paralelo a los peajes de entrada, como el 29 de marzo, sino a lo largo de la hilera de sindicalistas, lo cierto es que en esta ocasión no hubo ningún incidente serio.
Los coches y los camiones jamás cesaron de entrar en el recinto. Lo hacían al mismo tiempo que, a escasos diez metros, Javier López, secretario general de Comisiones Obreras en Madrid, nos decía que no habían entrado vehículos. ¿Quiere decir ello que Mercamadrid ha funcionado con normalidad? No. En las horas muertas de esta madrugada, después de que los piquetes abandonasen la entrada al centro de distribución de alimentos, mi cámara y yo recorrimos Mercamadrid para tomar imágenes y preguntar por las sensaciones del día, que allí se había desperezado ya. El primer comerciante al que preguntamos, en la sección de fruterías, había cerrado. “¿Para qué voy a abrir? No quiero retener a mis trabajadores si no vamos a hacer nada”. Los compradores, nos dice, no iban a acudir a su cita diaria. Ya habían comprado más de lo habitual el día anterior. No merecía la pena jugársela. Se lo habían advertido el día anterior. Uno tras otro, las mismas respuestas. “Es un día perdido”. “Hoy no van a venir”. En las pescaderías, en las carnicerías, lo mismo. Luego los compradores, al observar que la huelga, ya a esas horas, estaba fracasando, comenzaron a entrar en Mercamadrid. A una hora muy tardía para ellos, a partir de las siete de la tarde.
Las crónicas de los demás centros de distribución (Barcelona, Zaragoza, Valencia, Sevilla, Bilbao…) dan cuenta, en diversos grados, del éxito de los piquetes en impedir por la fuerza la entrada de camiones, y el retraso consiguiente del quehacer diario. Pero en algún punto de la mañana se alcanzaba en todos ellos la normalidad.
Los grandes centros industriales, especialmente en Cataluña, se han detenido. Ello no supone, necesariamente, una pérdida de creación de valor. Con la venta de coches cayendo desde mínimos desconocidos en décadas, una menor producción puede ser una mejor utilización de los recursos. Aunque eso no restaría un ápice al éxito de la huelga en estos puntos.
Pero los transportes han funcionado todos, con los servicios mínimos cubiertos. Quien ha querido ir a trabajar, lo ha hecho. Y de forma generalizada, así ha sido. Red Eléctrica Española ha registrado, a las siete y media de la tarde, una caída en el consumo de electricidad del 11,4 por ciento. En la huelga general del 29 de marzo, considerada de forma generalizada como un fracaso de participación, el consumo eléctrico cayó un 15,9 por ciento a la misma hora.
Pero el fracaso mayor de la huelga es la nula capacidad de los sindicatos de cambiar el rumbo de la política del Gobierno. Es llamativo observar que los españoles no han secundado la huelga, pero que los sindicatos todavía mantienen la capacidad de movilizar a las decenas de miles de personas que ocupan la plaza de Colón en Madrid. Pero su mensaje no cala en la sociedad. Antes cualquier cosa que dijeran los sindicatos tenía un plus de legitimidad. Hoy son vistos como un grupo de interés más, dependiente por completo de los fondos públicos, y por tanto en colisión directa con los intereses de quienes pagan impuestos; es decir, de los trabajadores, y en especial los del sector privado.
No es verdad el viejo mantra, dicho ya en la época de Felipe González, de que “esta es la única política económica posible”, y que ha repetido este año el ministro De Guindos. Pero sí lo es que la política económica de los sindicatos está tan fuera de la realidad como su pretensión de que han seguido la huelga ocho de cada diez trabajadores.
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