Jueves 15 de noviembre de 2012
Mariano Rajoy ostenta el triste record de ser el primer presidente de la democracia que sufre dos huelgas generales en apenas ocho meses, ambas durante su primer año de mandato. Cabe decir que esta segunda ha tenido aún menos seguimiento que la primera, por varias razones. El descontento de la ciudadanía ante la presente situación económica es tan evidente como justificado. Ahora bien, dicho descontento debe -o debería- focalizarse tanto en los actuales efectos de la crisis como en las causas de la misma. España ha vivido muchos años por encima de sus posibilidades, con un exorbitado gasto público y un endeudamiento privado, en ocasiones irresponsable, que ha devenido en el actual estado de cosas. Además, durante las dos últimas legislaturas no se tomaron las medidas precisas para liberalizar un mercado laboral que ya empezaba a lanzar señales de emergencia. Y por si esto fuera poco, de disparó aún más el gasto público, con unas entidades locales y autónomas absolutamente descontroladas y manirrotas.
El Gobierno se ha encontrado con una complicadísima situación, a la que ha de enfrentarse con medidas tan necesarias como impopulares. Lo pide Bruselas, lo piden los mercados y lo piden sobre todo las más de cinco millones de familias que padecen en carne propia el drama del desempleo. Ante lo cual los sindicatos, ausentes durante los dos mandatos de José Luis Rodríguez Zapatero, tratan ahora de justificarse -y, de paso, no perder cuota de poder- azuzando el descontento popular con una huelga cuyos efectos no pueden ser más negativos.
Se jactan Toxo y Méndez del seguimiento en la industria, principalmente en automoción. Se da la circunstancia de que España es el segundo fabricante de vehículos de la Unión Europea, sin tener ninguna marca de referencia. Esto quiere decir que más allá del predominio del sector servicios en nuestra economía, los inversores extranjeros ven competitivo el sector automovilístico español. O veían, porque con dos huelgas generales y la imagen de los piquetes “informando” a base de insultos, pedradas y sabotajes -¿Para cuándo una regulación?- la imagen ofrecida al exterior es de todo menos positiva. Porque los graves incidentes de ayer en Madrid -con casi 50 policías heridos- son algo que ha dejado de ser anecdótico para convertirse en habitual. ¿Qué sería de una huelga sin la intimidación de los piquetes? Nada de nada.
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