Opinión

Luis del Olmo no salvará el país

José María Zavala | Jueves 15 de noviembre de 2012
Tras una temporada alejado de la urbe y sus costumbres, vuelvo a pisar la extraña llanura del empedrado madrileño. Ya readaptado a la rutina de que mis pies anden preocupados solamente por no toparse en el camino más que con algún excremento canino, cuál es mi sorpresa cuando de repente noto que ambos sufren un brusco cambio de nivel. Había caído en un agujero al ras del suelo ubicado en medio de la calle, que quizás en su momento estuviera previsto para homenajear a la naturaleza dejando asomar un joven árbol, pero que actualmente tan sólo creaba un pozo de unos 30 ó 40 centímetros de alto, y que casualmente acumulaba las sucias aguas resultantes de la limpieza a base de manguera que en aquél instante realizaban los operarios pertinentes.

Tras caer en aquél profundo charco de mierda –ya que no se me ocurre otro sustantivo más adecuado–, podría haber jurado y perjurado contra todo lo que me rodease, de no ser por la confusión que aquella situación me generaba, además del horror que me produjo entender el peligro que dicha insensatez suponía, pues el agujero estaba ubicado nada más y nada menos que frente a un centro de salud, todo un imán para los más veteranos del barrio. Es por ello por lo que sin dudarlo me acerqué al profesional de la limpieza más próximo con la idea de advertirle que se les había olvidado señalizar el peligro, y que si bien en mi caso me había cubierto de nauseabunda porquería mucho más allá de los tobillos, no era difícil adivinar que cualquier persona que no estuviera dotada de mis reflejos, o que anduviera castigada por la prisa, no habría tardado en partirse los morros.

Mi indicación no pudo ser más correcta y educada, por lo que igualmente fue correspondida; sin embargo el operario no tardó en dar muestras de indignación ya desde un primer momento, generando una extraña respuesta en la que aseguraba que era una clara muestra de cómo va el país, que ya habían avisado al centro de salud y que en ocasiones anteriores habían puesto incluso algún cono señalizando. El hombre no se dio cuenta de que no me dirigí a él para hablar de problemas, sino para buscar soluciones, motivo por el cual intenté localizar cualquier tipo de material con el que tapar el engañoso agujero: unas tablas o quizás un palé... lo que fuese con tal de evitar que alguien se dejase los dientes al salir o entrar del ambulatorio. Espero simplemente que todo ello no formase parte de un experimento dirigido a rentabilizar la paulatina privatización del sistema sanitario.

Mi interlocutor insistía en la ausencia de remedios, y me invitó a llamar al 010, con el objetivo “de desahogarme, ya que no lograría nada, pero al menos me quedaría más a gusto”. Este último comentario acabó por desesperarme, por lo cual me alejé pensando en que para colmo, si un bienintencionado vecino tuviese la iniciativa de rellenar por su cuenta aquél peligro público con cemento, tierra o arena, en vez de las gracias podría exponerse a recibir a cambio una amonestación por parte de las autoridades.

Efectivamente, una clara muestra de cómo va el país, de sus múltiples agujeros fruto de la incompetencia de quienes gestionan lo público. Pero no sólo por eso, sino porque siempre esperamos que sea otra persona quien solucione los problemas que se presentan en nuestro camino. Desde que era un crío recuerdo haber escuchado a ese paciente confesor que es Luis del Olmo escuchar las quejas y desgracias del pueblo español, un pueblo que parece esperar y esperar a que aparezca alguien con iniciativa para resolver –normalmente gracias al dinero– las preocupaciones de los ciudadanos. Pues sepan, queridos compatriotas, que a base de quejarse y esperar que alguien haga las cosas no se logra nada. Hay que arriesgarse, involucrarse, empoderarse. Hay que saber cuáles son nuestras responsabilidades, desearlas y aceptarlas porque son estandarte de una soberanía que nos ha sido secuestrada. Maduremos, recuperemos el espacio y atrevámonos de una vez a gestionar nuestras propias vidas.