RÉQUIEM POR UNA MORAL TRASNOCHADA
Domingo 18 de noviembre de 2012
La producción de Ignacio Amestoy no decae. Después de sorprendernos, en La última cena, con la historia del reencuentro de un hijo terrorista con un padre opuesto frontalmente a la violencia, vuelve a sacudir nuestra conciencia con la confrontación de dos rivales que encarnan un retorno del cainismo de las dos Españas.
Alemania, de Ignacio Amestoy
Director de escena: Mariano de Paco Serrano
Escenografía: David de Loaysa
Intérpretes: Juan Calot y Olalla Escribano
Lugar de representación: Gira por España.
Por RAFAEL FUENTES
Alemania es un drama que habla fundamentalmente de España. Se inicia con la proyección de un mayestático Herbert von Karajan que con gesto casi de ultratumba mueve su batuta dirigiendo un inquietante pasaje del Réquiem de Mozart. ¿A quién va dirigido ese enigmático Réquiem que da apertura a la inmediata acción dramática? La respuesta a este interrogante se abrirá paso a través del trepidante e implacable duelo nocturno entre los arquitectos Vicente Villalonga, dueño de un afamado Estudio de Arquitectura, y Marta López, subordinada, discípula y amante de Vicente, a quien este le ha robado un magnífico diseño a cambio de obtener un gran premio internacional. No es una noche de celebración sino de combate despiadado entre dos mentes brillantes que van a poner las cartas boca arriba y dirimir sus engaños e intereses.
Como siempre sucede en el teatro de Ignacio Amestoy, su planteamiento nos involucra en profundidad, emocional e intelectualmente, en los problemas más acuciantes que vive la sociedad española. No es casual que el drama se desarrolle en un Estudio de Arquitectura, en tanto que buena parte del seísmo que está desmoronando nuestro estilo de vida proviene del uso que se haya dado a la edificación, desde la creación de infraestructuras, útiles o por el contrario especulativas, o las innumerables burbujas inmobiliarias cuyas consecuencias dramáticas llegan una y otra vez a las primeras páginas de nuestros periódicos. Cada uno de estos dos personajes encarna una postura enfrentada sobre ese asunto trascendental. Vicente se muestra seco, vacío, desprovisto de ideas creativas pero habilísimo en el juego especulativo, encumbrado por generaciones de antepasados que han sabido mantenerse en la cresta de la ola en todo tipo de vicisitudes, azares económicos y políticos, adaptándose a cada cambio de régimen.
Marta, por el contrario, representa el instinto creador, la brillantez surgida del anonimato, la inocencia repentinamente rota cuando, de un solo manotazo, le arrancan la venda que le impedía ver el trasiego de intereses innobles. Sin duda Marta simboliza también a las nuevas generaciones –aquellos jóvenes extraordinariamente preparados dentro de ellas- que se ven expulsadas de cualquier futuro en nuestro país y empujados a la exclusión social o el exilio. Por ejemplo, el exilio a Alemania, como decide Marta, siguiendo los pasos de la gran ola migratoria que ya arrastró a su abuelo como peón de brega en la industria germana tantos años antes. Pero el Réquiem de Mozart no suena exclusivamente –ni siquiera principalmente- por la exclusión de la joven Marta, ya que estamos ante uno de esos magníficos caracteres ideados por Amestoy muy alejados del abatimiento y rendición, con una personalidad enérgica y una voluntad incombustible, con poderosos recursos para revolverse contra la adversidad.
Es todo un acierto que el director de la obra, Mariano de Paco Serrano, haya dispuesto que el suelo del Estudio de Arquitectura donde entran en liza ambos personajes no sea de baldosas, sino de arena. La arena del circo romano o del coso taurino con su lucha a muerte, la arena del campo abierto para la caza o ser cazado, devorar o ser devorado. Durante unos instantes, en el fondo de la escena, se proyecta la secuencia de la caza del rinoceronte en África de la película Hatari, de Howard Hawks, cuyo título significa en swahili: peligro. Los pies de estos cultos personajes se hunden en esa peligrosa arena de las pasiones primarias simbolizada por la tierra africana.
En este sentido, Ignacio Amestoy tiene la inteligencia teatral de combinar la refinada cultura de sus insomnes combatientes con las fuerzas pasionales que les animan, vinculadas a animales. Vicente es el elefante, desproporcionado, acaparador, con una gran memoria para la venganza antes de buscar el cementerio donde morir. Marta se identifica con los felinos, con los gatos de ocho vidas, con la intuición y el zarpazo vertiginoso y demoledor como réplica a una agresión. Amestoy, a través de esta sagaz personificación, nos hace meditar sobre el espíritu de confrontación cainita que día a día se robustece no solo en una empresa, sino en el conjunto de España. Durante décadas creíamos haber firmado una sólida reconciliación, donde se asentó una rápida prosperidad. El drama de Amestoy nos ilumina con incisiva lucidez del peligroso resurgir de las dos Españas mediante una culta alusión a la frase “Los elefantes son contagiosos”, y apunta la renovación ética indispensable para conjurar ese mortal cainismo.
La máxima de Paul Éluard proviene de un conocido juego de los escritores surrealistas consistente en sacar palabras al azar: “elefantes”, “contagiosos”, técnica creativa a la que denominaron “cadáver exquisito”. Vicente, el elefante contagioso, es, en efecto, un cadáver exquisito. El especulador, el mercader de la arquitectura, también mercader de almas, el mastodóntico acaparador social, es un cadáver que debe aceptar morir para clausurar la batalla cainita y dar paso a las frescas energías creativas sustraídas del sórdido mercadeo. El Réquiem de Mozart suena por él. Los espacios arquitectónicos ya no pueden ser para él más que vacíos donde morir, lugares para el miedo de estar ante Dios.
De nuevo, como es costumbre, Ignacio Amestoy nos ofrece una obra vibrante, apasionada, violenta y sutil, cargada de una profunda reflexión moral que se vuelca en una impecable factura dramática.
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