Opinión

Mas, Pujol y el triunfo del yo

David Ortega Gutiérrez | Martes 20 de noviembre de 2012
Al final, poco a poco, el castillo de naipes de Mas y Pujol, y de aquellos insensatos que han creído sus doctrinas visionarias e irracionales -basadas en el manejo de los sentimientos, no en los argumentos racionales-, comienza a desmoronarse. El nacionalismo, como doctrina política, tiene por principio buscar la independencia, separarse de la nación más grande de la que forma parte. Temporalmente puede utilizar el temor de la amenaza independentista como presión negociadora para lograr mayores cotas de autonomía o ventajas económicas. A lo largo de la formación de las Naciones ha habido diferentes procesos de integración (España, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Suiza, Alemania o Italia) o de desintegración (el caso de las Naciones nacidas en estas últimas dos décadas con la desaparición de la URSS o de Yugoslavia). El problema del nacionalismo catalán, que representan Mas y Pujol, consiste en que se basa en el particularismo, y como decía Ortega y Gasset, los particularismos son muy difíciles de sobrellevar o soportar.

¿Cuál es el problema del nacionalismo o particularismo catalán de Mas y Pujol? Básicamente su carácter de causa justificadora de cualquier medio para conseguir el fin: la independencia. En este caso el sentimiento nacionalista, no la reflexión racional nacionalista, pone su interés primordial en la independencia, que casi todo lo justifica. De esta forma, se dejan a un lado otros valores esenciales para un Estado político racional, como es el Estado democrático, pues son obstáculo para el fin perseguido. Así, en este contexto, sí se entiende, aunque no se comprende, cuando Mas afirma que pasaran por encima de los Tribunales y de la Constitución. Su concepción nacionalista basada en los sentimientos y en la irracionalidad -y no en los argumentos de base racional y democrática- hace que el fin justifique los medios y en esos medios se sacrifica sin duda la base de cualquier democracia: el respeto al poder judicial y el respeto a la legalidad.

El nacimiento de la democracia moderna lo tenía muy claro, en las revoluciones liberales del siglo XVIII se decía: nos damos leyes para no darnos tiranos. Sin respeto al poder judicial y a las normas jurídicas que nos hemos dado -siendo la Constitución el pacto de convivencia de todos los españoles y norma jurídica superior-, simplemente, no hay democracia. El problema de Mas y Pujol, que cada vez representan menos al pueblo catalán, es que a su sueño visionario nacionalista sacrifican cualquier otro valor, ya sea el respeto a las normas o a los tribunales. En esta deriva, el pensamiento del otro o la opinión del otro que no piensa como yo, es un obstáculo para la gran Causa y, por lo tanto, hay que pasar por encima de él. Llevo algunos años diciéndolo, cuidado con salirse del Estado de Derecho, pues fuera de él hace mucho frio.

El último episodio de este triste relato que Cataluña no se merece, aunque sí cierta clase política catalana mediocre y decimonónica, y aquellos que les apoyan; es que los líderes visionarios, como casi todos los líderes visionarios, están por encima de la ley y los tribunales. Y como la Causa todo lo justifica, parece que presuntamente -ya lo dirán los tribunales, a los que esta vez Mas sí tendrá que respetar- han desviado importantes cantidades de dinero del pueblo catalán, al que dicen representar, para financiar ilegalmente, desde hace muchos años, a CiU (parece ser que a través de constructoras y farmacéuticas, según informó hace algunos días un medio de comunicación nacional). Es lo que tienen los nacionalismos, que a mí me hace siempre desconfiar profundamente de ellos, al final el Yo (Mas y Pujol) está por encima de todo y es representación de todos (Mas y Pujol son el pueblo catalán), pudiendo incluso estar al margen de la ley o de los tribunales –como hace algunos días declaró Mas. La historia demuestra que aquellos proyectos que no respetan las normas que todos nos hemos dado acaban mal, el nacionalismo no puede estar por encima de la democracia y del Estado de Derecho, que son dos caras de la misma moneda.

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