Javier Zamora Bonilla | Martes 20 de noviembre de 2012
Es conocido que Stefan Zweig dijo en alguna ocasión que Brasil era un país de futuro y que siempre lo sería. La broma responde a que desde finales del siglo XIX se esperaba de algunos países iberoamericanos, y especialmente de Brasil y de Argentina, que iniciasen una evolución similar a la de Estados Unidos y se convirtiesen en potencias internacionales. A pesar del desarrollo económico, a mediados del siglo XX, cuando el novelista austriaco pronunció esta frase, no se acababa de ver que esta posibilidad se cumpliese.
A principios del siglo, José Ortega y Gasset, antes de conocer América en su luego famoso viaje de 1916, hablaba de ella como la nueva Europa, una Europa que habiendo aprendido las enseñanzas del humanismo y de la ciencia evitaría los errores cometidos por las naciones del Viejo Continente.
Esa posibilidad irónica que Zweig profetizó y esa esperanza cierta que Ortega soñó parece que podrían cumplirse en el siglo XXI si el desarrollo económico y social de varios países iberoamericanos se consolida. Como ha señalado en la pasada Cumbre Iberoamericana Enrique Iglesias, la inversión en educación, en investigación y en nuevas tecnologías debe seguir siendo uno de los pilares de este desarrollo, sobre todo porque estos tres factores, y principalmente la educación, están consiguiendo reducir de forma notable las profundas diferencias sociales. Países como Brasil, Perú, Chile y Colombia están creciendo y distribuyendo de forma más justa que años atrás la riqueza generada por el crecimiento. Las cifras de Brasil son impresionantes. El Gobierno Lula consiguió sacar a veinte millones de personas de la pobreza e incorporarlos a las clases medias. Dilma Rousseff ha continuado esta política en la que la extensión de la educación y el acceso a la cultura de las clases populares desempeñan un papel primordial. Lo mismo cabe decir de Colombia respecto a las actuaciones en las comunas pobres de ciudades como Bogotá y Medellín, y también encontramos ejemplos en otros países americanos.
La imagen de Iberoamérica está cambiando y, aunque las desigualdades y la pobreza siguen siendo problemas que hay que afrontar con valentía, la progresión del crecimiento, si bien limitada respecto al lustro anterior, es muy superior a la europea. La perspectiva de un futuro mejor ilusiona no sólo a sus habitantes sino a las muchas empresas internacionales que allí invierten y a los trabajadores foráneos, principalmente técnicos, que ven en aquellas tierras una apertura de horizonte que se les cierra en países como España y Portugal. El incremento de las relaciones comerciales de los países iberoamericanos con Asia, y prioritariamente con China, es también un tema que habrá que seguir con atención porque es una muestra más del peso del Pacífico en la política internacional.
En la Cumbre Iberoamericana, se ha hecho muy visible como España y Portugal, y por extensión Europa con la presencia y actuación del presidente de la Comisión Durao Barroso, son conscientes de que una parte importante de su futuro pasa por el de Iberoamérica. España tiene que estrechar aún más la relación transatlántica, incluyendo a Estados Unidos, donde el peso de los hispanos es cada vez más relevante, como se ha demostrado en las últimas elecciones. España hace mucho que no puede aspirar a dirigir de forma unilateral sus relaciones con Iberoamérica, pero sí a liderarlas del brazo de otros países. Hay temas claves como la inversión en infraestructuras y en nuevas tecnologías de la información y la comunicación, además de varios sectores industriales y comerciales, en los que la sociedad española tiene mucho que aportar y el Gobierno español debe estar atento para apoyar todas las iniciativas que surjan y las que ya están en marcha.
Hay otros temas también importantes como son la educación, la comunicación y la "gestión del idioma" en los que la sociedad española puede aportar buenas y exitosas experiencias. El Instituto Cervantes no es sino un ejemplo entre varios que se podrían citar. El Gobierno tiene que apoyar los proyectos que ya funcionan y promover otros. El diálogo entre las universidades de uno y otro lado del Atlántico tiene que acrecentarse y hacerse más fluido para que, en estos tiempos de globalización, el charco de verdad lo sea y se transpase en segundos. El camino más viable, y con más posibilidades de éxito, es el de las joint-ventures con entidades iberoamericanas que permitan penetrar en mercados complejos gracias a su experiencia. El flujo tiene que ser además en los dos sentidos porque hay muchos capitales iberoamericanos dispuestos a invertir en Europa o a buscar aliados para la relación con China.
El Instituto Cervantes debería convertirse en la punta de lanza de una nueva forma más compleja de entender las relaciones con Iberoamérica. El perfil internacional e hispanoamericanista, incluso iberoamericanista, que ya ofrece el Cervantes sobre todo en la difusión cultural debe acentuarse aún más hasta convertir a la institución en plenamente iberoamericana, con la participación de todos los países que quieran integrarse en la labor de difusión de una lengua común y de unas culturas que, si bien son diversas, tienen sólidos fundamentos comunes para avanzar juntas respetando la idiosincrasia de cada una.
Víctor García de la Concha es la persona adecuada para poner al Cervantes en esta nueva perspectiva porque ya gestionó con notable y reconocido éxito la conversión de la Real Academia Española en una institución de perfil transatlántico y global. Hoy la RAE no se ve ni se siente en América como "española" sino como la Academia "del español" y, aunque existan academias en cada país, la RAE se percibe como la referencia universal de la lengua española, cuyos hablantes residen mayoritariamente en América.
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