David Felipe Arranz | Martes 20 de noviembre de 2012
El periodista y después estadista y político británico sir Robert Peel dijo en una ocasión que “La opinión pública es una mezcla de insensatez, fragilidad, prejuicios, opiniones incorrecta y correctas, obstinación y párrafos de diarios”. Ninguno mejor que él, cocinero antes que fraile, pudo evaluar así, en la primera mitad del siglo XIX, la evolución imparable de esa vorágine conversacional de la que emanaban los juicios generales de una sociedad sobre los asuntos de interés general.
Los románticos empezaron a vislumbrar que el siguiente siglo –de la misma manera que el suyo fue el del novelista– iba a constituir el de la era del periodista. Hoy hemos dado un paso más allá y nos encontramos inmersos en un período de plena libertad en el que el receptor –ya no el remitente– decide exactamente qué información recibe. Sin embargo, todavía el periodista, el hacedor de contenidos, posee un rol insustituible… frente a lo que piensan algunos que hace un par de años lanzaron las campanas al vuelo con el imposible concepto del periodismo ciudadano –de la misma forma que podría haber, suponemos, medicina ciudadana, es decir, la rebotica, o arquitectura ciudadana, que es, imaginamos, la que se hace jugando a las casitas y a las construcciones infantiles–. Con el periodismo ciudadano muchos pensaron que todo el mundo con un acceso a la red y una cámara de fotos podía ejercer esta bendita profesión, cuando, como dijo Ortega en la Rectificación de la República, “¡No es eso, no es eso!” Y nadie, paradójicamente ninguno de los interesados, lo ha aclarado todavía. No confundamos las cosas: cierto es que cada persona debe expresar y escribir sus propias ideas y que de la colisión de los millones de ideas nace la verdad social que es la opinión pública, pero ese ejercicio reflexivo y democrático no es el que facilita el periodismo, que conlleva mucho más.
Diarios –impresos y digitales–, empresas editoriales, cadenas de radio y de televisión, redes de teatros… se encuentran en estos momentos más cerca de un servicio “a la carta” que de una comunicación unilateral a la antigua usanza. Sin embargo, desde la explosión de los grandes medios de comunicación de masas en el último tercio del siglo pasado, siempre hemos necesitado de un proceso elaboración previo –el newsmaking– de esa dieta mediática, habida cuenta de la imposibilidad física de procesar toda esa ingente información. Si en la Antigüedad las culturas orales estaban vinculadas a la idea del tiempo –los líderes de opinión eran aquellos que podían recordar el pasado y, por lo tanto, poseían todas las claves del presente, del pasado… y del futuro (supuestamente)–, hoy en día, tras la liberación individual que supuso la imprenta y el espectacular ciclo cultural desarrollado por los lectores del Renacimiento, el Barroco y la Ilustración, hemos vuelto a la tribu, como afirma Marshall McLuhan: el hombre ha vuelto a ver la realidad cediendo la interpretación de los hechos a los líderes de opinión, verdaderos dioses de la información; en definitiva, de forma muy parecida como la veía antes de Gutenberg –véase por ejemplo la propuesta que hace Paddy Chayefsky en la película y la novela Network (1976), ambas escritas por él–. El periodista se dirige ahora a un pueblo intoxicado, aturdido, ocupado en las hipercompetencias de la vida ultramoderna –la instantaneidad, la máxima eficiencia y la tecnologización de la vida personal–, que presta atención –la poca que le queda libre– en el momento de los grandes acontecimientos nacionales o internacionales: guerras, crisis económicas… y fútbol.
Sin duda, uno de los aspectos más sorprendentes de los medios de comunicación es su penetración y el objeto ulterior de los dos tipos de textos –en sentido semiótico– que los profesionales elaboran: los de información y los de entretenimiento, que responden a la clásica propuesta de Horacio, basada en la sabia combinación de la enseñanza y el placer –docere et delectare–. A excepción de la alimentación, el vestido y el abrigo, nada hay con tanta capacidad universal de impacto en nuestras vidas como los textos mediáticos. Revistas de gran tirada como Time o de prestigio como The New Yorker constituyen modelos de excelencia en la combinación uniforme de estas características.
La mayoría dependemos de los productos de los medios de comunicación en lo tocante a nuestra cuota de suministro de información y de ofertas de ocio y entretenimiento. Todo lo que sabemos de las figuras públicas y de los asuntos de la vida social… depende en gran medida del relato de los medios, no de nuestra experiencia ni de nuestra observación. Mantenemos con los periodistas y productores de contenidos un pacto de confianza, de la misma forma que en el relato de ficción dejamos en suspenso nuestra incredulidad. William L. Rivers y Wilbur Schramm llegan a afirmar, incluso, que “es demasiado poco lo que podemos ver por nosotros mismos”. El tiempo de reflexión se reduce cada vez más y el mundo es demasiado grande y complejo como para que cada uno de nosotros tenga muchas certezas acerca de las tramas que dominan el mundo. En realidad, la tan cacareada participación del ciudadano en el gobierno es demasiado relativa, lo suficiente como para poner en suspenso esta democratización triunfalista al que se refieren algunos.
Nuestra percepción de la realidad se basa en un mapa fragmentario al que se añaden cada día parches multicolores, un gran mosaico informativo y de opinión que conforma nuestros marcos mentales, troceados, empaquetados e instalados en nuestro sistema de cognición, con mayor o menor eficacia. Vivimos en un mundo sintético y reduccionista, pero a la vez extraordinariamente complejo –paradoja de paradojas– cuyo microtexto depende de que al otro lado, el de la emisión, haya buenos profesionales de la información que nos ayuden a comprender nuestro propio horizonte de expectativas, a relacionar nuestras respuestas con los desafíos y oportunidades y a transmitir la cultura de nuestra sociedad a sus nuevos miembros.
El periodista juega aquí su baza capital: informar al ciudadano a partir de criterios de distinción clara entre información y opinión, contraste de fuentes, exactitud y precisión, evidencias y certezas, contexto de la noticia, imparcialidad y equilibrio, confianza, importancia y lugar que ocupa esa noticia en la agenda informativa que verdaderamente importa, actualidad y vigencia de la noticia y exquisito cuidado en la estructura y el estilo de la pieza que elabora. “Las opiniones son libres, los hechos son sagrados”, afirmó el editor Charles A. Dana, fundamento en román paladino de uno de los oficios de los que la sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir. De los brutales ataques y en la destrucción masiva de empleos en el sector periodístico se trasluce el peligro que representan para el pensamiento único y la necesidad de su trabajo para la salud de la democracia. Si la situación de devastación organizada del oficio informativo continúa, si la contumaz e interesada devaluación del periodista sigue adelante con éxito, el mundo habrá perpetrado en su seno y de espaldas a de la inteligencia la erradicación de la pluralidad, la libertad y el compromiso social y volverá, sin duda, al Antiguo Régimen.
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