Opinión

Aniversario de la muerte de Javier Pradera

Juan José Laborda | Sábado 24 de noviembre de 2012
La presentación del libro de Santos Juliá: “Camarada Javier Pradera”, congregó en la sede madrileña del “Círculo de Lectores” a una (casi) multitud de personas que tenían unos rasgos comunes: habíamos tenido alguna forma de amistad con Javier Pradera, y habíamos participado activamente en la vida política desde los años, por lo menos, sesenta del siglo pasado. Como me comentó José Miguel Larraya, colega de Pradera en el periódico y paisano suyo de San Sebastián (la vinculación de Pradera con el País Vasco y con sus problemas fue una de sus pasiones intelectuales): “aquí está la Transición”.

Y en efecto, allí se reunieron, al año justo de su muerte, personas cuyos nombres propios constituyeron el cañamazo de una generación con la que España se transformó en una democracia europea más.

Antes y después del acto de presentación del libro, se habló mucho de política; de la actual, con la interrogante de Cataluña; pero sobretodo de la política como técnica o arte para resolver problemas sociales, y de esa acepción, se refirieron preocupados muchos de los presentes.

Santos Juliá (el historiador y autor del libro); Carmen Claudín (hija de Fernando Claudín, su camarada en el Partido Comunista); Joaquín Estefanía (ex-director de su periódico y amigo personal); y Fernando Savater (filósofo y co-director con él de la revista “Claves”) coincidieron en señalar que Javier Pradera ironizó críticamente sobre su propio pasado político e ideológico; Savater mostró que esa ironía fue casi siempre divertida y alejada de los odios al pensamiento discrepante. En ese aspecto, Pradera fue un liberal, de izquierdas, pero liberal, y esa vertiente de su pensamiento no fue resaltada en la presentación del libro.

Recordaron su sardónico humor cuando imitaba la retórica del marxismo-leninismo de los partidos comunistas oficiales (en primer lugar, el partido soviético) de aquellos años. Javier Pradera empezó a distanciarse del PCE cuando la “huelga nacional pacífica” (18 de junio de 1959) fue un rotundo fracaso. El análisis que hacían los dirigentes comunistas era que “el capital monopolista de Estado” tenía “contradicciones insalvables” con “la burguesía no monopolista”, y ésta, estaba dispuesta a derribar al Estado franquista, junto con la clase obrera y el campesinado. Pradera, después de ese catastrófico fracaso, preguntó dentro de su partido: ¿esa huelga no desmentía absolutamente las premisas “científicas” con la que se justificó?

Como no era una cuestión científica, sino cuestión de obediencia al mando, le contestaron que la huelga había sido un éxito, pues era formidable la experiencia que el PCE había obtenido de ella.

Fue el comienzo de un distanciamiento que le condujo a dejar la militancia comunista, tras detenciones y cárcel, pero que jamás le llevó a hablar mal de sus antiguos compañeros políticos. Era también suya una frase mordaz, pero que contenía esa piedad comprensiva con los excesos de un tiempo de luchas: “¡Perdíamos amistades porque no estábamos de acuerdo con el “modo de producción asiático”! (El tal modo les supuso a ciertos teóricos soviéticos desde censuras al gulag).

Varios intervinientes recordaron otra frase suya: “Fui católico con Pio XII, y comunista con Stalin”. Y aunque la frase no es precisa en cuanto a la cronología (Pradera entró en el PCE algo después de la muerte del dirigente soviético), señala las coincidencias entre los dos dogmatismos más activos de aquel tiempo.

Santos Juliá, en su turno, explicó las razones que llevaron a Pradera, hijo y nieto de asesinados por “los rojos”, a darse de alta en el Partido Comunista: porque ese partido era garantía de que conduciría a la Revolución.

La fascinación de la Revolución, como era en el otro bando la de Dionisio Ridruejo, fue el factor que define aquella época, y la de toda una era: la Edad Contemporánea. (El encuentro entre Ridruejo y Pradera con ocasión de las huelgas universitarias de 1956 fue el inicio de la descomposición de las bases sociales del Régimen del general Franco.)

Javier Pradera asoció siempre la cultura con la liberación de las clases sociales, de los pueblos, y finalmente, la liberación de los seres humanos. En el acto del homenaje a su memoria, se resaltó su contribución a la cultura cuando estuvo al frente de Alianza Editorial. Cuando Pradera murió, el escritor y académico Antonio Muñoz Molina escribió un emocionante recordatorio en el que recordaba que Proust, Faulkner, Borges, Marx, Freud, Galdós, Clarín, Ortega, Aron, Kafka, Caro Baroja, Marías, Laín Entralgo, Delibes, Pérez de Ayala, Gide, Weber, Schumpeter, Valery o Pedro Salinas, etcétera, estuvieron al alcance de miles de españoles en libros de bolsillo, gracias a su visión optimista del futuro (en unos años en los que el optimismo necesitaba del esfuerzo de un compromiso político como el suyo. ¿Y hoy?).