Alfonso Cuenca Miranda | Sábado 24 de noviembre de 2012
Como cada primer martes tres el primer lunes del mes de noviembre de cada cuatro años, el pasado día 6 de noviembre los ciudadanos estadounidenses acudieron a las urnas para elegir a la más alta magistratura del país-continente. Es ya tópica la calificación de dicho acto como “fiesta de la democracia”, pero no por ello es menos cierta, máxime si se tiene en cuenta que ese milagro ha venido produciéndose ininterrumpidamente desde hace 225 años, incluso en situaciones tan dramáticas como una guerra civil y dos conflagraciones mundiales.
Múltiples son los análisis que proliferan estos días sobre el resultado de los referidos comicios. El titular de los mismos puede reconducirse a que Obama, a pesar de la presente crisis, ha revalidado la confianza del pueblo norteamericano con un importante apoyo de los Estados costeros, de las mujeres y de las minorías (ya no tan minorías). Con todo, no puede olvidarse que el margen de respaldo al proyecto del actual Presidente ha descendido respecto a la riada de entusiasmo que despertara hace cuatro años, acortándose significativamente la distancia entre los dos candidatos presidenciales. Si en 2008 nueve millones y medio de votos separaron a Obama y McCain, en 2012 han sido cuatro millones de votos el margen de la victoria del candidato demócrata (de 7 puntos a 3, en porcentaje de voto). En el caso de “Estados ganados” la recuperación republicana ha sido menor, sólo dos, Indiana y Carolina del Norte. Por lo demás, bien puede decirse que no habido sorpresas en la victoria de Obama, toda vez que no es frecuente destronar a un incumbent, aunque también es cierto que el fantasma de la no reelección pesa constituye una pesadilla recurrente en el sueño demócrata desde la no relección de Carter.
Por otra parte, como es conocido, el pasado día 6 se renovó totalmente la Cámara de Representantes y un tercio del Senado y se eligieron diversos gobernadores de Estados. El resultado institucional de estos procesos refleja la que ha sido definida como “sabiduría” del pueblo norteamericano, dando como resultado un equilibrio bipartidista: Presidente (demócrata), Cámara de Representantes (republicana), Senado (demócrata), a lo que hay que añadir la actual mayoría conservadora en el Tribunal Supremo (5 frente a 4, aunque, como es sabido, es una división no siempre refrendada por la actuación de los justices, ni mucho menos) y la mayoría republicana en el número de gobernadores (30 frente a 19 demócratas y un independiente) de los 50 Estados (a su vez, con sus consiguientes equilibrios internos en virtud de su sistema bicameral). Este “perfecto” equilibrio no ha estado ni está exento de crítica, llegándose a señalar que el mismo puede conducir al bloqueo o la inacción de la primera potencia del planeta. Sin embargo, para rebatir el anterior pronóstico basta recordar que ese equilibrio ha sido siempre un rasgo definidor (y casi exclusivo) de la democracia norteamericana, cuyos logros ya aparecen en libros de Historia. Así, desde la Segunda Guerra Mundial, nueve de los doce Presidentes que han ocupado la Casa Blanca han tenido que enfrentarse en un algún momento a una o dos Cámaras “hostiles”. De hecho, más del 75% del tiempo transcurrido desde 1969, año en que accediera a la Presidencia Richard Nixon, hasta el día de hoy, ha tenido lugar la situación descrita.
Esta circunstancia ha de ser considerada como “saludable”, toda vez que ha tenido como efecto el que la agenda política de los Presidentes norteamericanos no haya sufrido grandes oscilaciones, con grandes consensos en las líneas principales. Ello ha provocado que incluso en los casos de agendas políticas presidenciales más rupturistas o innovadoras las mismas hayan sido respetadas, cuando no profundizadas, por los posteriores Presidentes, aunque pertenecieran al otro partido: casos del New Deal rooseveliano, asumido por Eisenhower, de la Big Society de Johnson, heredada por Nixon, del programa macroeconómico de Reagan, seguido en buena parte por Clinton, etc…
La cuestión -todo hay que decirlo- está en estos días más candente que nunca, a propósito del denominado fiscal cliff. Lo establecido en la Budget Control Act de 2011, junto con el actual juego bipartidista en las Cámaras y la Presidencia, hace que republicanos y demócratas tengan mucho que perder si no se llega a un acuerdo presupuestario en lo que resta de año. Así, en virtud del sequestration que se produciría el 1 de enero si antes no se llega a un acuerdo, los primeros verían suprimidos por completo los beneficios fiscales aprobados en la era Bush, auténtico “tótem” para su electorado, así como reducidos de manera muy significativa los gastos de defensa, en principio más propios del credo del elefante que del burro. Por su parte, la importante reducción del gasto público, en su conjunto, y, en particular, de algunas partidas significativas del llamado gasto social, supondrían un varapalo importante al ideario de los demócratas. A pesar del dramatismo con el que algunos han presentado esta situación (todo hace aventurar que habrá finalmente acuerdo, como se desprende de las declaraciones del propio Obama y del Speaker de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner), lo cierto es que es una muestra preclara de la sabiduría que entraña el delicado –eso sí- sistema de frenos y contrapesos diseñado hace más de 200 años por los patriotas de Filadelfia. De hecho, es ese el mejor sistema para satisfacer los intereses comunes de una sociedad claramente dividida en dos en términos políticos, pero coincidente en los grandes principios que han de inspirar la acción de sus representantes y de las altas magistraturas. Una sociedad civil activa y poderosa y un apropiado diseño institucional constituyen un círculo virtuoso que contribuye en buena parte a explicar lo éxitos del actual hegemon mundial.