RESEÑA
Domingo 25 de noviembre de 2012
César Antonio Molina: Donde la eternidad envejece. Destino. Barcelona, 2012. 344 páginas. 23,90 €
Donde la eternidad envejece es la quinta entrega de las Memorias de ficción de César Antonio Molina. A medio camino de muchas cosas –el ensayo, la confesión, el libro de viajes, el diario-, estas memorias no evocan convencionalmente las vicisitudes de la vida del autor, sino sus experiencias en ciertos lugares significativos. Hablando de ellos, lo hace de sí mismo y del hombre en general.
Molina es un viajero infatigable que lleva consigo allí donde va unas cuantas preguntas esenciales. Estas preguntas no se contestan nunca de forma definitiva, quizá porque no tienen respuesta, pero surgen una y otra vez en la vecindad de estos lugares especiales y de las cosas que encuentra en ellos. No es casual que una de las palabras que más se repite en el texto sea “derrelictos”; las cosas abandonadas, desamparadas, que no despiertan ya interés o lo hacen superficialmente.
Espoleado por la melancolía y el escepticismo, dos sentimientos habituales en quienes tienen muy presente la fugacidad de la existencia y la fragilidad de los vínculos, Molina recorre el mundo con el único propósito de estar a la altura de lo que ve, especialmente si el tiempo lo ha despojado de su primitivo esplendor. Restituirle el sentido a las cosas que lo han perdido es en buena medida el sentido del viaje y del relato. Naturalmente, ello no impide que a veces le invada el pesimismo y que crea que sus afanes, trasunto de la propia vida, resultan en el fondo inútiles.
Según Livingstone, es más fácil viajar que hacer la narración del viaje. La abundancia de impresiones nuevas anonada la conciencia. No es, desde luego, el caso de Molina, quien posee la virtud de los antiguos espectadores sagrados: guardar siempre la distancia justa. En vez de dejarse aturrullar por lo que contempla, rápidamente le impone un orden. Este orden no es, sin embargo, un corsé, algo rígido, ortopédico, universitario. Como buen poeta, lo que hace es confrontar su memoria con lo que halla en el camino, y lo hace sin afectación, a la manera de Séneca o Montaigne, empleando siempre una prosa precisa y cristalina, la lengua de quien persigue la lucidez antes que el lucimiento.
Donde la eternidad envejece rememora la visita a cincuenta y un lugares, desde Asia a América. Un índice onomástico y de topónimos, como el que había en otros volúmenes de sus Memorias, probaría a simple vista la riqueza de esas evocaciones. Son soberbias la dedicada a la Alejandría de Kavafis, Durrell, Ungaretti y Mahfuz y a los monumentos egipcios (los colosos de Memnón, la capilla de Sen-en-Mut, la Esfinge, etc.). El autor describe los sitios, recuerda su historia, conjura a los fantasmas de los escritores o los personajes que los visitaron antes que él, reflexiona sobre su propia existencia al tiempo que especula sobre la perentoriedad de las obras humanas y, en última instancia, intuye en cuanto ve la huella de una plenitud en la que el hombre actual ya no alcanza a creer.
Su búsqueda es, en cierta manera, la de todos aquellos que añoran “la patria invisible” de nuestros antepasados. Si Parménides o Platón, hace dos mil quinientos años, creían que la realidad está llena de sentido y que, por eso, no puede concordar con la pobre idea que nos formamos de ella, el pensamiento contemporáneo nos ha habituado a considerarla como algo ininteligible, un devenir caótico, inconsistente y fragmentario como la experiencia individual. El nihilismo, la convicción de que la vida no reside en una hipotética totalidad; que no hay centro, solo periferia, parece haber vuelto anacrónico al amor a la sabiduría. La destrucción del orden filosófico nos ha dejado a la intemperie, obligados a elegir entre hacer confortable el nihilismo o la nostalgia de un pretérito pletórico e irrecuperable.
Molina, como Calasso o Magris, como Quignard o Földényi, pertenece a esa casta de escritores que, sin darle la espalda al presente, recapitulan sobre el pasado convencidos de que algo muy valioso fue olvidado en el camino. Donde la eternidad envejece demuestra que no se equivocan.
Por José María Herrera
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