Lunes 26 de noviembre de 2012
De un tiempo a esta parte, Egipto parece abonado a la inestabilidad. Este pasado fin de semana, miles de personas se congregaban en la emblemática plaza Tahrir de El Cairo para protestar por el blindaje político del que se quiere revestir el presidente Mohamed Mursi. Si hace pocas fechas eran los islamistas quienes, en el mismo lugar, pedían la inclusión de la Sharia en la carta magna, ahora es la oposición quien protesta por unas medidas, las de la impunidad de Mursi, que asemejan en mucho a la ejecutoria que emprendiera en un pasado no muy lejano su antecesor en el cargo, Hosni Mubarak.
Durante décadas, los Hermanos Musulmanes fueron duramente reprimidos por el régimen anterior; un régimen totalitario y corrupto al que los propios Hermanos ayudaron a derrocar. Hoy son ellos los que gobiernan, siendo depositarios de la confianza de un pueblo que espera ver en ellos una conducta diametralmente opuesta a la de tiempos pasados. Sin embargo, con medidas de este tipo, Mursi lleva camino de convertirse en aquel al que combatió. Y por muy islamista que sea, sus actos como gobernante deben de estar fiscalizados. Con su actual proyecto legislativo en la mano, el poder de Mursi aumentaría de forma tan peligrosa como incontrolada. Y eso es lo que menos necesita Egipto en este momento.
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