Viernes 30 de noviembre de 2012
La crisis nos atenaza este otoño. O quizá sea el otoño el que nos atenaza esta crisis. Los dos juntos, hacen que los catalanes vayan a elecciones anticipadas y que las hojas caigan; o a lo mejor es a la inversa, son los catalanes los que caen y las hojas las que eligen su caída de forma anticipada.
Como dice el Tao, todas las crisis traen cosas buenas, y esta crisis y este otoño las trae a mi barrio madrileño: no han podado. La falta de recursos para podar el invierno pasado y este otoño es una gran cosa que hay que celebrar, aunque sea con cava. O precisamente con cava. En vez de convertir a los árboles en esa mezcla de plumero triste y rastrillo primitivo que tanto gusta a las autoridades municipales españolas, los árboles este año están frondosos de hojas secas, naranjas y rojas. Cuando salgo de mañana camino del coche, la atmósfera me recibe con una lluvia de hojas secas. Camino entre ellas contento, como si fuera una hoja más, cayendo también suavemente. El coche me espera escondido bajo una capa de hojas secas, sepultado bajo un montón de hojarasca de arce, chopo y tilo. Sé que al coche le gusta ese camuflaje, y a mí me gusta más, ya que más que un coche parece la cabaña de un ermitaño japonés en el monte Koya, el refugio de Kamo-no-Chomei, el monje loco que jugaba como un niño con los niños y llenaba las paredes de su choza con hojas secas en las que escribía pensamientos o poemas, porque Kamo-no-Chomei pensaba y escribía en una prosa que era verso, como Umbral cuando escondía los octosílabos bajo un manto de hojas secas y prosaicas, pura versi-prosa. El coche me espera, y yo entro dentro como quien entra en un santuario del otoño, y corro por las carreteras que este otoño tienen una pizca de niebla matinal. El coche, mientras avanza, va dejando un reguero de hojas secas que me recuerda al aguacero de hojas secas más intenso que he vivido, en bicicleta en las calles de Bloomington, no de Indiana sino de Illinois, y mis ojos de otoño ven mujeres jóvenes otoñales apostadas en las esquinas, envueltas en tweeds y gorros, esperando con un libro en la mano y la nuca delicada a un autobús que las lleve a una universidad en la que solo se habla de libros y de los sentimientos secretos que encierran. Es lo que tiene el otoño, figuras fantasmales de hojas secas, “momiji” femenino ensoñador, juegos evocadores del fin de año en su viaje de invierno benetiano a la oscuridad. En mi cabaña rodante cubierta de hojas secas, la inspiración ermitaña mañanera y otoñal me hace pensar que no hay mayor pecado que el que se produce cuando dos cuerpos que deberían unirse no se unen. Que no hay mayor infamia que la de no dejarse caer como una hoja, volando, planeando, dando vueltas tridimensionales hasta el corazón del propio destino. Hacia otra hoja; o hacia el suelo, hasta ser polvo.
Madrid en otoño se emboza en olores a castaña y a chocolate con churros. También está el ubicuo y pestilente olor a gasoil, pero de vez en cuando el destino nos regala con olor a madera quemada, en algún callejón inesperado. Uno no sabe si es algún alma caritativa quemando cuerpos de árbol, o un nuevo aerosol de Zara-home, pero lo aprecia en cualquier caso, sintiéndose algo más cabañil, un poco más otoñal. Con la crisis, la gente se refugia en sus casas. Realmente no se refugia, se hace fuerte, se prepara para un periodo incierto de hibernación. La crisis va a convertir nuestros hogares en especies de refugios anti-atómicos, anti-catástrofes. Y que no falte la tele. Parece que las audiencias se disparan con la crisis. Yo, sin embargo, pongo la tele y me siento como mi padre se sentía ante una radio de válvulas con ojo mágico: anticuado. La tele no te permite interactuar, no te permite abrir diez ventanas a la vez que incluyan tres periódicos internacionales y otros tres nacionales, dos correos, una conversación, dos páginas nuevas… No te deja comentar ni poner tu microscópica huella en algún mundo. La tele es un fósil. Pero en otoño los fósiles ganan, de pensamiento u obra. En mi refugio anti-crisis, en otoño, en Madrid, me siento como un marinero de Mishima que ha perdido la gracia del mar. Mishima decía que los marineros, al retirarse, se quedaban en una ciudad o un pueblo marino, oteando su futuro en el horizonte del pasado. Los marineros que nos hemos quedado en Madrid hemos sido malos marineros. No nos queda ningún pasado, como a los catalanes y, o nos lo inventamos, o recurrimos al sabor del mar, al “sapore di mare” de Gino Paoli.
Quizá por eso, no hago caso a la tele, y en el ordenador abro una ventana que me lleva a la Triple Corona hawaiana, el campeonato de surf que se celebra como todos los otoños en la costa norte de Oahu. Hay tres españoles en Haleiwa. Dos pasan a la segunda ronda, el gallego Zubizarreta y el vasco Aramburu. Desde mi salón, me deslizo como una hoja que cae, y corro las olas como Jack London las corrió en Hawai, como lo hizo Mark Twain, como algo antes el Captain Cook. Gabriel Medina y J.J. Florence, las dos nuevas promesas, saltan no como hojas, sino como pequeños saltamontes marinos. Mientras, Kepa Acero surfea desnudo en algún lugar de África. Kepa es una auténtica hoja seca, al viento. Y en Madrid, en la sala Clamores, tenemos la suerte de que nos visite Gino Paoli, con una bala alojada junto al corazón y su voz rota, una voz que suena como sonaría la cabaña de un ermitaño japonés en otoño. O de Walden. Gino, una voz en la que uno querría vivir como un marinero que perdió la gracia del mar. “Senza fine”. Es otoño en Madrid. La tarde tiene sabor a mar. Las hojas siguen cayendo.
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