Opinión

La teoría de los agujeros mágicos

José María Zavala | Domingo 02 de diciembre de 2012

Como buenos primermundistas occidentales vivimos rodeados de cosas. De muchas cosas. Y dado que los recursos son ilimitados, pero los deseos son infinitos, aún queremos más. No sólo los deseos, también la estupidez humana, como bien dijo Einstein, es infinita. Es por eso que allá donde no haya una necesidad, este bendito sistema creará una. Y cuando ya esté satisfecha, la obsolescencia objetiva (es decir, la vida caduca de nuestros amados aparatos) y subjetiva (las malditas modas) harán que necesitemos renovar una vez más nuestros cacharros. El mercado nos ofrece las más inverosímiles tonterías, y bien por aburrimiento, frustración o falta de imaginación, no dudamos en meterlas en nuestro carro de la compra. Algunos tienen el inocente consuelo de que dichas tendencias estimulan la economía y crean trabajo, pero en realidad nos llevan de cabeza al abismo.

El sistema capitalista de producción, distribución, consumo y desecho de productos funciona a través de lo que suelo llamar “los agujeros mágicos”. Resulta que nuestro comportamiento como consumidores es propio de simios o robots, pero desde luego no de personas racionales. No hay más que pensar en lo rentable que es aún el negocio de la publicidad. Todos esos objetos de consumo aparecen como por arte de magia, pasan por nuestras manos, y desaparecen misteriosamente cuando ya no podemos sacarles provecho. Y por desgracia, ese período de tiempo se acorta de forma preocupante. En realidad, cada vez se conoce más acerca del origen y destino de aquello que consumimos, pero dicho conocimiento a veces sólo sirve para caer en un simple fustigamiento o en el cinismo. Si de verdad se lograse concienciar a los consumidores de los efectos que producen sus adquisiciones muchos de éstos se retorcerían del asco.

Sobre el origen de aquellos objetos en los que nos dejamos el sueldo hay mucho por descubrir. Muchos de ellos vienen de lejanos países, lo cual ya tiene bastante de mágico, ya que no es normal que cada día comamos cosas que vienen del otro lado del Atlántico. También sucede con frecuencia que éstos conllevan la extracción abusiva de recursos naturales y/o la explotación de seres humanos. Así, pueden suponer que se arrasen cientos de miles de hectáreas o que a un número inusual de trabajadores chinos les dé por suicidarse antes que seguir con inaguantables jornadas de trabajo, incluso para ellos. El transporte de nuestros caprichos puede suponer un riesgo para la naturaleza en caso de accidente, pero será un peligro seguro en muchos casos dadas no sólo las huellas que deja el CO2 en nuestro planeta, sino también las fatales consecuencias derivadas de su excesivo empaquetado. ¿De verdad alguien cree que es normal que las cosas vengan envueltas individualmente y que ello no tiene la más mínima importancia?

Una vez disfrutados, nuestros objetos de consumo acaban las más de las veces en otros agujeros mágicos en forma de trasteros o contenedores, allá donde no tengamos que verlos. En el caso de la comida, lo que desechemos acabará formando parte de las miles de toneladas de alimentos que se tiran a la basura; en otros casos, no será preocupación nuestra dónde vayan a parar todos esos materiales que en mayor o menor medida amenazan a la naturaleza. Muchas veces, dicha basura termina en países del tercer mundo donde los responsables no tengan que soportar las quejas que pueda manifestar algún grupo de interés surgido al efecto.

Nada de lo anterior nos interesa, no queremos verlo ni conocerlo. Mientras las mercancías fluyan, no hay ningún problema, no importa ni de dónde vengan ni a dónde vayan. La nueva moda del ecocapitalismo trata de camuflar un sistema insostenible a través del reciclaje y la comercialización de productos “bio” y de comercio justo. Pero a la larga son tan sólo parches si no se genera una verdadera conciencia sobre nuestra forma de consumir.

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