Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 03 de diciembre de 2012
Suele afirmarse, y con razón, que el cine (y su epifenómeno, la televisión) cambió el siglo XX y con él la Historia del hombre. La influencia que desde la proyección de La salida de los obreros de los talleres Lumière ha tenido el séptimo arte en los pensamientos, aspiraciones y comportamientos humanos nunca podrá ser exagerada. Ninguna otra creación o medio (ideologías, religiones, libros…) ha alcanzado tal grado de influencia como fábrica de sueños, hasta el punto de que Hollywood se cuenta desde hace más de cincuenta años como uno de los principales elementos en el arsenal de soft power de la actual superpotencia mundial.
El cine ha reflejado los más variados aspectos de la experiencia humana: el amor, la superación, la ciencia, la literatura, la guerra… y, por supuesto, la política, como expresión sublimada de lo mejor y peor del hombre. En relación con esta última, si bien es verdad que la cinematografía se ha centrado en la mayor parte de ocasiones en el poder ejecutivo, dada en principio su mayor capacidad de transformación social y su más fácil caracterización cinematográfica, no faltan los largometrajes en los que la “acción” tiene al Parlamento como uno de sus principales escenarios. Hay que señalar que la plasmación cinematográfica del Parlamento no es tarea fácil, ya que si bien la dimensión teatral es trasladable con relativa sencillez al celuloide, no lo son tanto las cuestiones –a veces de cierta complejidad- de técnica procesal parlamentaria.
Como no podía ser de otro modo, han sido los británicos los maestros en la consecución comentada. En el cine de las islas la mater parlamentorum ha sido objeto de atención en sus más diversos períodos y configuraciones históricas. Así, ha sido plasmado el Magnum Concilium medieval, como germen del futuro Parlamento y órgano asesor del monarca, aunque de hecho codecisor con éste (Enrique V, dirigida por Kenneth Branagh). Igualmente destaca la recreación del Parlamento estuardiano –en clara confrontación por afirmar su poder frente a los monarcas jacobitas- y el revolucionario en el convulso período de la guerra civil (Cromwell). No sorprende el hecho de que el parlamentarismo clásico -con sus descollantes figuras como Pitt, Fox, Peel, Gladstone o Disraeli- haya tenido reflejo en numerosas películas, entre las que cabe destacar La locura del rey Jorge, Amazing Grace, La joven Victoria o El caso Winslow. Todo ello hasta llegar al Westminster contemporáneo, pudiendo citarse las recientes In the loop y La dama de hierro. Como en general ocurre con su cine histórico, el acercamiento británico es absolutamente escrupuloso con la verdad histórica (es especialmente subrayable la escasez con la que se produce el anacronismo) y con el respeto y admiración hacia una institución a la que, cuando no se reverencia, se reconoce abiertamente como forja de las libertades británicas.
También el cine estadounidense ha acertado, por lo general, en la recreación de Capitol Hill, con su particular idiosincrasia frente a otros parlamentos. Así, aspectos como el filibusterismo (Mr Smith goes to Washington, traducida en España como El caballero sin espada, de Frank Capra), la consabida influencia de los lobbyst (Su distinguida señoría, película en principio ligera, pero espléndida en la ambientación parlamentaria), o los severos “procesos parlamentarios” de nominación de los altos cargos y magistraturas (la magistral Tempestad sobre Washington, de Otto Preminger, o las más reciente Candidata al poder). El enfoque norteamericano tiene muchas concomitancias con el británico, si bien, por razones obvias, el peso de la Historia es más liviano en aquél, aunque el respeto y admiración hacia la obra del Legislativo no desmerece al de las islas, especialmente en lo que respecta al papel del Congreso como contrapeso e instrumento de control de una presidencia cada vez más omnipotente.
En las películas reseñadas encontramos, incluso entremezcladas, visiones hagiográficas y críticas, complacientes y reformistas..., pero, en todo caso, debe subrayarse el mero hecho del acercamiento del séptimo arte a la institución representativa de los ciudadanos. Si bien el cine no ha sido ajeno a la manipulación con fines propagandísticos, no es menos cierto que el mismo encierra un formidable potencial pedagógico, lo que hace que echemos en falta una aproximación similar en otras latitudes, expresión del legítimo orgullo dirigido hacia instituciones “conseguidas” con mucho esfuerzo histórico, con todas las matizaciones y críticas que quieran hacerse de aquéllas.