Víctor Morales Lezcano | Lunes 03 de diciembre de 2012
El Oriente musulmán -con Turquía, Egipto e Irán en el pelotón de cabecera- no volverá a ser lo que fue antes de que estallaran hace dos años las rebeliones sociales. Algunas preguntas de calado internacional -¿cómo se configurará el mapa geopolítico del Oriente musulmán en los próximos tres años, por ejemplo?- han de esperar pacientemente al despliegue de los múltiples intereses en juego en la Región. Se trata de un capítulo cargado de intensidad histórica por el papel multidimensional que desempeñan las rutas marítimas (Suez, Adén) en el Oriente musulmán, las redes de suministro de gas y petróleo que desembocan en aguas del Mediterráneo oriental y del Golfo Arábigo-Pérsico (en vetusta terminología geográfica de hace más de medio siglo) y el cúmulo de políticas contradictorias y de conflictos internos en plena erupción (Siria) y contenciosos fronterizos (como es, por antonomasia, el palestino-israelí). Día a día, a través de coyunturas muy concretas, el arco se tensa al límite en la Región, aunque poco después disminuya la tensión entre los actores regionales y sobrevenga un acuerdo providencial de duración considerable (Camp David, 1978), o de tónica emergente (véase la distensión en Gaza que acaba de obligar a las partes a enfundar las espadas).
El lector de estas líneas es consciente de que no se hipertrofia ni se distorsiona en modo alguno el panorama de la segunda cuestión de Oriente (Medio). Un panorama en cuyo escenario emerge, al norte, la compleja república de Turquía -heredera de Bizancio, del legado otomano y de la huella con que la marcó M. Kemal Attatürk a partir del final de la primera guerra mundial-. Mientras que, al sur de la Región, la república de Irán es harto visible en la escena internacional desde la confirmación del triunfo social que obtuvo el régimen de los ayatolás en 1979. Y finalmente, entre los meridianos 25º 50’ y 37º este de Greenwich y los paralelos 21º 40’ y 31º 30’ norte emerge el Egipto de siempre.
Veamos esquemáticamente los acontecimientos que han hecho de la semana del 26 de noviembre al 1 de diciembre un paréntesis en el thriller nada banal que constituye la historial actual del Oriente musulmán visto desde El Cairo.
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La victoria electoral que obtuvieron los Hermanos Musulmanes en las elecciones abiertas a la transición política egipcia, entre el final del régimen de Mubarak y los acontecimientos recientes, permitió que Mohamed Morsi encabezara la representación de la república islámica de Egipto al final de la mal llamada “primavera árabe”; o sea, en junio del año en curso. Esta operación, que vino a entornar la puerta institucional de Egipto al Partido de la Libertad y la Justicia, representó el triunfo político de los Hermanos Musulmanes. Burlando tanto las acechanzas de la poderosa Academia Militar de El Cairo, como las tentaciones intervencionistas de las fuerzas armadas de Egipto en general, Morsi logró una entente provisional con el ejército, al precio de garantizarle sinecuras y bienestar económico -por encima, con mucho, del bajo nivel de vida de la población egipcia contemplada en su conjunto-. Si Morsi obtuvo el beneficio de esta entente, su instinto político lo condujo hacia la formación de una comisión redactora del borrador de la futura Constitución del país de los faraones. Al predominar una mayoría islamo-moderada (¿?) en la composición de la comisión de marras, lo que hoy se viene reconociendo con el genérico de corpus liberal de las sociedades árabes inmersas en sus transiciones respectivas mostró en Egipto su descontento con la impronta religiosa que empezaron a adquirir los artículos del borrador constitucional en ciernes. Descontento, a propósito, al que se sumaron algunos miembros cristianos (coptos), integrantes del centenar de constituyentes eventuales llamados a dotar al país de su primera Constitución democrática.
Puede afirmarse, en rigor, que durante los tres últimos meses, Morsi y el gobierno de la cofradía religiosa que lo sustenta han ido avanzando hacia el objetivo prioritario de su recorrido. A saber, la presentación en sociedad de un amago constitucional, sometible a un referéndum de ámbito nacional. Como hemos sabido hace cuarenta y ocho horas escasas, el coordinador de la comisión constituyente ha hecho entrega del borrador del documento al presidente de la República. Además, las redes sociales han recogido, al unísono, la noticia de que el 15 de diciembre se someterá a referéndum el “documento de la discordia” que acaban de alumbrar los constituyentes. De la “discordia”, decimos, porque tanto en los medios judiciales de Egipto (tribunales de apelación y casación), por no hablar del Consejo Supremo del Poder Judicial, como en muchos sectores liberales y un segmento popular no desdeñable, se ha registrado una oposición firme al decisionismo del presidente al impulsar el proceso constituyente por encima de las objeciones jurídicas de fondo y de las protestas callejeras que han venido desencadenándose en la plaza de Tahir.
Para “llevarse el gato al agua”, el presidente de la República ha hecho una de sus “piruetas” más criticadas. Se ha concedido a sí mismo -ni más ni menos- la capacidad de dictar (de ahí, precisamente, los edictos, o decretos) leyes, normas y reglamentos no debatidos previamente en la Asamblea pero que son necesarios -según él- para agilizar la dinámica legislativa en este paréntesis constituyente. La opinión pública anti-extremista no tardó en expresar su claro rechazo al rancio fundamento jurídico que inspira el texto pendiente de aprobación: “los principios de la sharia son la fuente principal de legislación”. Morsi ha apostillado inmediatamente, al conocerse su lapsus autocrático, que tal medida es de carácter provisional y que su vigencia vendrá limitada por la consolidación misma del aparato legal e institucional de que debe dotarse la república en la era post-Mubarak.
Si el viernes 30 de noviembre el presidente de la república egipcia recibió en mano el documento constitucional, no tardó la máxima magistratura del Estado en fijar el 15 de diciembre en cuanto fecha inamovible para la celebración del referéndum. Acto seguido, dos manifestaciones tuvieron lugar el 1 de diciembre, sin tregua, a matacaballo. En la plaza Tahir se congregaron miles de egipcios refractarios al procedimiento y al sesgo islamista con que viene trufado el borrador de la Constitución; mientras que en la plaza de la Universidad Central de El Cairo, una manifestación -cuantitativamente más abultada que la anterior- expresó con apasionamiento el apoyo popular con que cuentan los Hermanos Musulmanes en el Egipto profundo. No en vano, la cofradía fundada por Hassan al-Banna ha sido durante decenios el hogar de los sin techo y el asilo sanitario de los egipcios maltratados por las circunstancias sociales y económicas predominantes en el país desde la revolución que entre 1952 y 1954 abrió un horizonte de esperanza a las gentes del milenario país de los faraones. Ahora, el riesgo que pende como espada de Damocles sobre Egipto consiste en que el Islam que se quiere moderado, llegue a descubrir -o no- el rostro de su presunto apetito desordenado por imponer la ley sagrada a la nueva república egipcia.
A nadie se le escapa que los próximos quince días vendrán sembrados de inquietud para cerca de ochenta y cinco millones de ciudadanos que pueblan Egipto. Es otro de sus momentos estelares en tiempos contemporáneos.
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