Opinión

¿Es Wert un blando o un suicida?

José Antonio Sentís | Miércoles 05 de diciembre de 2012
Pocas veces me ha parecido un ministro más semejante a Will Kane (Gary Cooper) en “Solo ante el peligro” que José Ignacio Wert, ministro español de Educación y Cultura en las escasas competencias españolas que quedan en tales asuntos. Escasas, pero, al parecer, muy mediáticas, porque cada uno cocina aquí su salsa y a nadie parece gustarle que le añadan el perejil estatal.

Wert está haciendo un ímprobo esfuerzo por enfrentarse a tres problemas: el primero, que la Educación española, organizada en las sucesivas leyes postfranquistas (todas de inspiración socialista) es un fracaso rotundo, un desastre con balcón a la calle, porque así es visto por todos los evaluadores del mundo mundial, concretado en el informe Pisa, pero también en el resto de organismos internacionales. Aunque no hace falta irse de nuestras fronteras para saber lo que aquí está pasando, ejemplificado en la mayor generación “ni-ni” que pensarse pueda.

El segundo, la desarticulación de la enseñanza, repartida entre reinos de Taifas que hace tiempo que olvidaron la excelencia universal para sustituirla por el particularismo provinciano en el que los ríos nacen abruptamente de las fronteras, donde también terminan bruscamente los montes.

Y el tercero, que la Educación se subordina al vehículo para lograrla, la lengua. Pues en vista de que disponemos del lujo de contar con el segundo idioma del mundo, el castellano, con sus 450 millones de hablantes, en buena parte del territorio se hace un esfuerzo ímprobo por cercenarlo a cambio de las lenguas vernáculas que no llegan a los tres millones de usuarios.

Y ahí llega José Ignacio Cooper y pretende poner orden en el diabólico caos en que se ha convertido la Educación en España, que, por cierto, jamás hubiera debido llamarse así, pues de lo que estamos hablando es de Instrucción. Y a Wert se le ocurre, sin sacar mucho los pies del tiesto, organizar una normativa más o menos común para poner orden en un conjunto paulatinamente más disperso, más ineficiente y más desastroso.

Y, apenas expuesto en mitad de la calle, casi a las puertas del “saloon” del Consejo de Ministros, dos docenas de enemigos (iba a decir bandidos, pero queda algo fuerte) se le plantan con las pistolas casi desenfundadas. Anda jaleo, que estamos al borde del tiroteo.

Los primeros, por supuesto, los nacionalistas catalanes, que estaban tan deprimidos que necesitaban un chute de adrenalina para volver a recomponer fuerzas. España ya no nos roba, nos quita la lengua. Y como no hay nada más hiperbólico que el nacionalismo, ya estamos con que Wert es franquista, con que es Espartero bombardeando Barcelona.

Los nacionalistas tienen la inmensa suerte de tener una tropa aborregada. Tanto, que parece incapaz de leer una propuesta de ley, sino sólo el titular de La Vanguardia. Pero sólo el titular, pues el periódico del todavía Grande de España, Conde de Godó, sabe muy bien que lo que vende es más falso que un euro de madera, pero le viene estupendamente para agitar a las masas acríticas, que cuanto más piensen en el enemigo exterior menos mirarán sus cuentas corrientes sostenidas con el chorreo de millones del Estado.

Y ahí viene la segunda parte del problema. Los que sí han leído el anteproyecto del anteproyecto de ley, en fase de discusión bizantina, piensan que Wert ha sido más prudente que una novicia. Que apela a que no se destruya el castellano, pero lo hace entre respetuosísimas reservas a la “normalización lingüística”, que no sé qué tiene de normal la eliminación de la lengua oficial española. Pero, en fin, lo que se quiere decir es que con la lengua pueden seguir haciendo los nacionalistas lo que le dé la gana, siempre que conmuten al español la pena de muerte por la cadena perpetua.

Por eso, a Cooper Wert le llaman nenaza (¡por Dios, no es una alusión de género!) y le ponen a caldo en el pueblo, porque no tiene lo que hay que tener al enfrentarse a los bandidos, quiero decir, a los enemigos.

Naturalmente, cuando Wert-Kane-Cooper mira a su alrededor para encontrar amigos, apenas ve a nadie. Rajoy, como Zeus, parece encantado en el cielo observando a su hijo Hércules en sus doce trabajos. Pero Alicia Sánchez Camacho se apresura a frenar al sheriff de la Educación, no le vaya a estropear la fachada de su sede catalana en la balacera. Y el PP de Baleares respira indignación, no se sabe si frente al esfuerzo para la supervivencia del castellano o porque tendrá que aflojar la cartera si no dispone de plazas en el idioma común, que manda narices que no haya sitio en las regiones españolas para estudiar español.

Claro que la lengua no lo es todo. La izquierda también brama, porque le molesta mucho que alguien considere estudiable la Religión, como si ello no fuera un elemento troncal de las civilizaciones superiores. Y más le molesta aún que haya pruebas de rendimiento en el itinerario escolar, no vaya a ser que se premie el esfuerzo.

Y, en general, las Autonomías de unos y de otros están con la mosca detrás de la oreja, por si les invadan competencias que con tanto éxito han gestionado para esta Educación pública gloriosa de la que disfrutaremos hasta que lleguemos al cien por cien de paro juvenil. Bueno, ahí no llegaremos, porque siempre habrá escuela que forme a las elites y que dé castellano a los hijos de los nacionalistas, que no serán ellos los que pierdan capacidad competitiva para sus vástagos, porque eso se lo dejan a sus esclavos lingüísticos.

¿Blando, Wert? Así lo han considerado Pedro J. o Federico. ¿Desproporcionado y con falta de cintura? Así lo ha visto La Razón. ¿Valiente? Así lo ve ABC . ¿”Franquista”? Así lo insinúan desde El País a La Vanguardia. Por mi parte, le agradezco a Gary Wert el esfuerzo, aunque se quede sin balas en el revólver y caiga de rodillas abatido por los disparos enemigos y por el fuego amigo.

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