Opinión

¡Viva la Constitución!

Javier Rupérez | Jueves 06 de diciembre de 2012
España es anterior a la Constitución de 1978 pero esa Constitución ha presidido la mejor de las Españas posibles y desde luego la más envidiable de las recordadas: abierta, tolerante, democrática, respetada, libre. Ahora que el país se encuentra sumido en una profunda crisis económica, institucional y política es hora, mejor que ninguna otra, de reivindicar las calidades del texto constitucional, la rectitud de su inspiración y el espíritu que lo hizo posible. No se trata con ello de añorar el pasado sino de tomarlo como inspiración para enderezar el presente e imaginar la mejor manera de construir el futuro. Porque al final de la historia muchos de los problemas que hoy aquejan nuestra convivencia no provienen de la Constitución misma sino de su incumplimiento.

No hay obra humana perfecta y la Constitución, producto de una época, podrá eventualmente necesitar de retoques y apaños para responder más adecuadamente a las necesidades de momentos cambiantes. Algunos ya se han hecho, sin que las columnas del templo se vinieran abajo ni crujiera el edificio nacional, pero la imprescindible reivindicación de su permanencia debe seguir siendo la sustancia de nuestra convivencia, la misma esencia de España, “patria común e indivisible de todos los españoles”. En la realización del catálogo de las cosas que merecían enmiendas, cosa esta harto compleja a la que muchos españoles parecen dedicarse hoy con mas ahínco que acierto, conviene introducir pausa y calma: gran parte de los errores con razón percibidos en la marcha de las cosas españoles no provienen del texto constitucional ni necesitan de su enmienda para ser corregidas. Bastaría con que leyes, reglamentos y sobre todo actitudes tomaran un nuevo rumbo para contemplar otro y más adecuado panorama. Porque la Constitución del 78 es un texto pero también una lección: de ciudadanía, de respeto al prójimo, de integración de los diversos, de generosidad. Precisamente la lección que dieron a España y al mundo los constituyentes y todos los españoles que en 1978 prestaron masivamente su apoyo al texto cuyo aniversario en estos días celebramos. Por eso convendría que nos preguntáramos por las partes de la Constitución que todavía no han tenido vigencia, antes que hacerlo por aquellas que necesitarían de enmienda.

Y que además hiciéramos de su enseñanza la mejor “educación para la ciudadanía” que los españoles podrían recibir. La Constitución merece respeto y este solo se puede adquirir a través de su conocimiento. Que mejor instrucción que los jóvenes españoles pudieran recibir que la derivada de los preceptos constitucionales, precisamente esos que han permitido que el país conozca la más larga y fructífera de sus cortas vivencias democráticas. Es el texto constitucional el que la ha presidido y hecho posible, con todos sus defectos y limitaciones. Y España, como cualquier otro país, y precisamente hoy más que nunca, necesita identificarse con ese período de la historia en el que todo fue posible. Incluso que los españoles renunciaran a sus querellas seculares y decidieran vivir en paz y buena vecindad. Aunque no estuvieran de acuerdo con la Constitución, que también para eso sirve, para proteger a los disidentes en su derecho a serlo.

Cuando la incertidumbre económica todo lo anega y la desesperanza parece ser la nota dominante de la vida nacional, difícil resulta recuperar la convicción de que otro momento es posible y nadie debería empeñarse en proclamar bondades que la realidad desestima. Nos queda al menos la constatación de lo evidente: tuvimos otros malos momentos y los españoles pudieran superarlos. El mejor de todos fue el de la transición que nos llevó de la dictadura a la democracia y cuyo espíritu quedó plasmado en la Constitución de 1978. Producto de amplio consenso nacional. ¿No deberíamos acaso intentar reeditarlo? Porque una cosa es clara: la Constitución no es el bálsamo de Fierabrás sino simplemente una parte de la receta para nuestros males. Y otra no lo es menos: fuera de la Constitución solo queda el caos.

Por eso, quizás con la voz queda, que no está el paño para muchas celebraciones, pero no por ello con menos convicción, digámoslo claramente: ¡Viva la Constitución!

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