Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 08 de diciembre de 2012
En Egipto y Túnez, los dos países en que se desataron las revueltas llamadas Primaveras árabes, los procesos de cambio político revolucionario parecen haber entrado en una nueva etapa.
En Túnez, los sindicalistas y los activistas de izquierda se enfrentan a los partidarios de Enahda, la formación política que gobierna. Frente a los islamistas, se ha alzado la UGTT (Unión General de Trabajadores Tunecinos) que ha llamado a la huelga general. El desafío no es pequeño. Para la mayoría de los tunecinos, la derrota de Ben Ali fue el resultado de la unión de muchas fuerzas sin que los islamistas puedan arrogarse el liderazgo.
En esa lucha, los sindicatos y, en especial, la UGTT, fueron cruciales y enfrentarse a ellos tendrá, sin duda, un desgaste político para el Gobierno. Más aún: el divorcio entre los sectores más progresistas, liberales y moderados de la sociedad tunecina es una realidad. Ahora sólo queda ver si termina extendiéndose a las masas, que han pasado en menos de tres años de una dictadura autoritaria a un régimen islamista de creciente rigor. Al desafío sindical y social, los islamistas han respondido, por boca de Rashed Ganouchi, Presidente del partido Enahda, advirtiendo del peligro de un golpe militar que vendría a legitimarse por la anarquía en que algunos pretenden, según dice, sumir al país.
En Egipto está sucediendo algo similar. El Gobierno de Morsi ha tratado de blindarse situándose por encima del poder judicial, ha convocado un referéndum constitucional para el día 15 de diciembre y las masas han vuelto a la calle. Ha regresado –durante menos tiempo pero con un notable impacto mediático- el imaginario de la revuelta en la plaza Tahrir. Morsi ha tenido que autorizar al ejército a enfrentarse a los manifestantes demostrando que el Estado sigue dependiendo de que los militares refuercen al Gobierno. Por ahora, sin embargo, ha sido imposible contener las manifestaciones y protestas contra el Gobierno. La oposición ha rodeado el palacio presidencial en un gesto simbólico no desprovisto de significado: el espíritu de Tahrir está vivo y los islamistas no controlan por completo a las masas. Incluso se ha llegado a la confraternización entre soldados y manifestantes. La oposición se ha agrupado en el Frente de Salvación Nacional y ha rechazado las ofertas de negociación de Morsi. Exigen que el Presidente rectifique antes de sentarse a dialogar. Esta unidad de la oposición, sin embargo, aún no ha pasado su mayor prueba.
Hasta ahora, los Hermanos Musulmanes se han limitado a advertir de que defenderán la legitimidad del Presidente y a denunciar que 28 de sus sedes han sufrido ataques. El movimiento islamista, convertido en partido político en el gobierno, dispone de numerosos recursos para desactivar un movimiento de masas. En primer lugar, puede movilizar tantos o más manifestantes que los opositores y con el mismo grado de compromiso.
Además, han adoptado el papel de víctimas y esto puede darles réditos políticos. Por lo pronto, han acusado a las fuerzas de seguridad de ser poco efectivas a la hora de defender sus sedes. Por fin, se han convertido en los defensores de la legitimidad de las elecciones frente a las turbas de manifestantes que afirman la legitimidad de las protestas callejeras. Así, los islamistas parecen los garantes y últimos defensores acérrimos de un sistema democrático que tratan de torpedear desde el Gobierno situándolo por encima del control judicial. Ver para creer.
La buena noticia es que los Ejércitos tunecino y egipcio, por ahora, se ha mantenido neutrales. A pesar de los cambios en la cúpula militar realizados por Morsi, el enfrentamiento entre los Hermanos y la oposición no ha pasado, en general, de las refriegas callejeras propias de los conflictos sociales más que de las guerras civiles. Sin embargo, la situación evoluciona de forma preocupante: unos y otros se han cruzado acusaciones de emplear pistolas en las calles. En realidad, uno de los factores que han propiciado el triunfo de las revueltas en los dos países fue que los ejércitos dejaron caer a los dictadores. Salvo algunos episodios esporádicos, en general, los aparatos de seguridad y de inteligencia de los dos países prefirieron el cambio y permitieron las revueltas. En Siria y en Libia, donde las fuerzas armadas se involucraron y tomaron partido, el resultado fueron guerras civiles.
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