RESEÑA
Domingo 09 de diciembre de 2012
Manuel Rivas: Las voces bajas. Alfaguara. Madrid, 2012. 208 páginas. 17,50 €
Como el barbero de su relato, que mantiene el pulso con la serenidad de buen contador de historias, así resulta Manuel Rivas insistente en la práctica de una muy buena prosa. La destreza laboriosa del coruñés no ha renunciado a rememorar los años cruentos de la Guerra Civil en el soberbio texto La lengua de las mariposas. También en otros relatos suyos la reinterpretación del pasado se muestra como llave imprescindible para abrir tiempos más satisfactorios, como en el portentoso relato coral Los libros arden mal. Y al pasado vuelve ahora, a aquellos tiempos de cuando las cosas valían un potosí.
El autor gallego presenta Las voces bajas y ciertamente el tono menor es el que mejor acopla con el relato íntimo de estas breves calas en las memorias del autor, reales o no, vividas o no, la cuestión no afecta en esta ocasión, pues resulta al cabo en todo punto verosímil. El texto se define como “novela de la vida”, aunque la tradición literaria sabe que las memorias bien pueden ser otro género de ficción más. Esta memoria se confiesa “errante”, pero en literatura siempre hay un orden, unas jerarquías. Incluso el caos tiene una propia regla inquebrantable: la ausencia de otras. El recorrido que guía esta memoria resulta en apariencia, “errante”, caprichosa, pero es, en realidad, sentimental y poética. Quizá solo así podamos entender cómo el narrador rememora con precisión exacta cuando niño de muy corta edad los “prados, sauces y una coral de mirlos” que había en una vega. Con semejante ensueño narrativo nos introduce en una Galicia presentada ya más como una “geografía mental”.
La tradición oral que alimentó en la infancia con poemas la educación del niño y, sobre todo, la fascinación por el contar de Manuel Rivas es aquí citada a veces como motor subterráneo y cifrada en esa “boca de la literatura” donde “se enjambran, excitadas las palabras”. Hay capítulos labrados con mejor asiento que otros. El primero de todos tiene lugar destacado no solo por su posición inicial, sino por su redondez. El pórtico de estas memorias presenta el destierro de la niñez con el perturbador conocimiento del primer miedo, aquel primitivo, conjugado en otro miedo, este materno, más inquietante aún.
El relato está trufado de elementos simples desde los que se enigmatiza la vivencia: la gran hogaza de pan, el faro o una maleta con funciones de silla en un extraño parvulario, pero donde todo se comunica por los pasadizos secretos del recuerdo, del monte del faro a la escalera de Corpo Santo. En otras ocasiones focaliza la atención en los personajes, desde el abuelo escritor de cartas emigrantes hasta la figura materna, pero siempre al calor del relato asistimos como el niño narrador escondido tras la esquina de la sala donde se narran los cuentos para mayores, de maquis, de lobisones o de amoríos.
El universo propio de Rivas es reconocible en su mezcla de realidades, algunas imaginativas, otras colindantes con la esencia del terruño suyo, incluso con fragmentos de intensa concentración literaria con los que nutre Las voces bajas, donde “un invierno entró a nado”. Los hallazgos expresivos menudean el texto, desde el retruécano “traman un rumor, urden un murmullo” hasta la simple y eficaz comparación “sacudía la nostalgia como una mosca de la cara”. La prosa de Rivas es capaz de imponer el sonido de un picapedrero “a la manera de un reloj resentido, con su tiempo hecho a mano”.
Estos fragmentos de memoria, realidad algo soñada o ficción presentida, literatura en cualquier caso, nos sustraen del tedio atroz de otras formas de ocio y nos infunden la calidez de una vida por momentos más intensa que esta real.
Por Francisco Estévez
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