Irina Bulgákova | Lunes 10 de diciembre de 2012
Un año más se está terminando y nos acercando a la Nochebuena y Nochevieja con una velocidad tremenda. Creo que para todos nosotros sería muy difícil imaginar las fiestas navideñas sin un vino espumoso. La patria del champán se considera Francia: allí, en una antigua provincia Champaña en el siglo XVII fue elaborado por primera vez el vino espumoso, y de ahí obtuvo su nombre. Con el tiempo en cada país aparecieron sus propios tipos y marcas del vino burbujeante. El champán ruso tiene una historia peculiar.
En Rusia en tiempos remotos los vinos espumosos se hicieron por los habitantes de los pueblos cosacos situados en el río Don. Estas bebidas se difundieron ampliamente por todo el país, y el general ruso Mijail Kutúzov celebró con el Tsymlyánskoe (el primer vino espumoso ruso, elaborado sin contar con la práctica francesa) la victoria sobre las tropas de Napoleón en la Guerra Patria de 1812.
El año 1799 da comienzo la producción de los vinos espumosos rusos. El académico Palas en su finca de la península de Crimea realizó varias pruebas experimentales de elaboración del vino espumoso. Sin embargo, por falta de dinero, de experiencia y de mano de obra suficiente, la empresa deja de existir. Más tarde, durante la guerra de Crimea (1853-1856), según las fuentes históricas, las tropas británicas y francesas aniquilan masivamente las viñas de la península.
Gracias al príncipe Lev Golizyn, y más adelante famoso vinicultor ruso, la industria de champán en Rusia obtuvo su segundo nacimiento. Para Golizyn la vinicultura fue el sentido de su vida; por esta razón el príncipe no escatimó ni tiempo ni dinero. En su mansión de Crimea, “Mundo Nuevo”, con sus terrenos adyacentes y los extensos kilómetros de viñas, el ambicioso príncipe realizó en sus fábricas múltiples experimentos con el único objetivo de elaborar “el mejor champán del mundo”.
Así, pasaron varios años antes de que en la Exposición Universal de París en el año 1900 el champán de Golizyn causó un auténtico furor. La degustación del vino espumoso se realizaba a ciegas (todas las botellas estaban envueltas con papel de aluminio), basándose, únicamente, en el sabor. El favorito, de antemano, se pensaba que sería un champán francés, pero después de la degustación al quitar el papel, para la gran sorpresa del público, bajo la etiqueta-ganadora estaba el nombre: El Mundo Nuevo del príncipe Golizyn. Fue todo un triunfo: el champán ruso ganó el Grand Prix y la Gran Medalla de Oro, y, así, el príncipe Golizyn se consideró el padre del champán ruso.
En los duros años de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa de 1917 la industria del champán nuevamente sufre una decadencia. Además, en los principios del comunismo, predominaba la convicción de que el champán era atributo de la aristocracia y la burguesía, y que los obreros y campesinos no tenían por qué consumir vino espumoso, sino trabajar en el campo y en las fábricas “para levantar el país”. La crisis económica, la miseria, la hambruna y la Ley seca establecida por el Gobierno Soviético hicieron imposible la fabricación y una amplia difusión de todas las bebidas alcohólicas en la Unión Soviética.
No obstante, pasaron varios años y en el mercado del país aparece el Champán Soviético. Existe una leyenda, que el propio Iósif Stalin a finales de la Gran Guerra Patria (1941-1945) ordenó que la esperada victoria sobre el fascismo fuera celebrada por todo el pueblo soviético nada menos que con… champán! Y, desde luego, el vino espumoso tenía que ser de producción propia. Con este objetivo en los años 40 por toda la Unión Soviética se crearon nuevas fábricas de champán. Así, esta bebida espumosa dejó de ser un símbolo de la vida burguesa y se convirtió en una bebida popular.
En nuestros días el champán en Rusia es uno de los atributos de las fiestas del Año Nuevo. ¿Y qué puede ser más lujoso que reunirse con las personas queridas y brindar con copas de champán por una vida llena de alegría chispeante y espumosa?