Enrique Arnaldo | Jueves 24 de abril de 2008
Tenía razón aquel viejo zorro que con música dodecafónica aseguró que “Hay amigos, enemigos y compañeros de partido”.
Los partidos políticos sólo gozan de envidiable tranquilidad cuando, tras ganar las elecciones, se hacen con el Gobierno. En ese momento todo son abrazos y parabienes. Son amigos, amiguísimos. Ahora bien, cuando pierden, la derrota les hace moverse a codazos, los más educados, y a zancadillas, los que odian guardar las formas. No hay nada mejor para un periodista que entrevistar a representantes de la derrotada oposición. Siempre ofrecen espléndidos titulares. Algunos son más irónicos. Otros lo son más explícitos.
A pesar de que no hay nada que “repartir”, más allá de cuatro coches oficiales en el Congreso y en el Senado, se abre la veda del tiro con arco y hasta con rifle de precisión. Se apunta y se tira a degüello. Sin compasión. Todos tienen la fórmula mágica, la clave del Santo Grial. Siempre sobra y estorba el de al lado, que debe dejar paso al interlocutor y a sus amigos siempre, mucho más preparados y capaces. Hay que hacer sitio como sea.
El espectáculo ofrecido por los más conspicuos personajes del Partido Popular, después del 9 de marzo, ha dejado estupefacta a la sociedad española y muy singularmente a los votantes de dicho partido. Mucha gente ha expresado un sentimiento de vergüenza ajena. Es cierto que fue derrotado, a pesar de mejorar sensiblemente sus cifras, pero en lugar de armarse para hacer una eficaz oposición, sus líderes y algunos aprendices de lidercillos se golpean en las canillas y comienzan a devorarse como el gigante del cuadro de Francisco de Goya, de su época de las pinturas negras, cuyo expresivo título es “Saturno devorando a sus hijos”. Aquí sería al revés pues los hijos a devorar al padre que les ha dado cobijo.
El Partido Socialista ha disfrutado de la escena. No solamente ha ganado -y colocado a miles de militantes y amigos de los militantes- sino que encuentra un erial enfrente. Gobierna dulcemente, sin oposición ocupada en otros menesteres. A veces Zapatero siente hasta pena y dicen que ha pedido a los medios amigos que traten bien a Rajoy. Por debajo de la mesa le echa algún cable. Zapatero y Blanco ya han obviado el Pacto de Tinell, la indigna exclusión del sistema que intentaron la legislatura pasada. Están cómodos en su sillón.
La gente no entiende eso de remitir todas las decisiones a un Congreso del partido en junio. ¿Y mientras tanto? No de brazos cruzados, no, sino a partirse las piernas. Yo soy más liberal que tú. Tú has perdido, o sea que cállate. Aquélla al catecumenado. Éste todavía no ha dimitido. Tú te puedes ir si quieres. El guardián de las esencias soy yo. Que haya debate, y no que se conecte el aplausómetro.
Son como niños, “amigos, enemigos, y compañeros de partido”. ¡Qué sabio! El último que apague la luz. Lo difícil que es construir algo y lo sencillo que es dilapidar la fortuna. La sociedad política está llena de picadores que a golpe de piqueta horadan los cimientos de la casa.
Ahora parece anunciarse la calma del viento. ¿Será, a lo mejor, una sombra como la de Ruiz Zafón?
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