Alicia Huerta | Miércoles 12 de diciembre de 2012
El primer ministro británico, David Cameron, se refería estos días al suicidio de Jacintha Saldanha como un suceso trágico que invitaba a reflexionar. Son, en principio, palabras interesantes pero también de esas tan políticamente correctas que acaban por no significar nada en concreto. En todo caso, la muerte de la enfermera de la clínica King Edward VII debería, por lo menos, llevarnos a considerar, aunque sea de pasada, que no, que todos no somos iguales, ni nuestras circunstancias son las mismas ni reaccionamos ante las cosas como los demás esperan que hagamos o como se supone que haría la inmensa mayoría. Parece tan obvio que cuesta hasta escribirlo. Sin embargo, por desgracia, demasiado a menudo lo olvidamos. Por supuesto, nunca con una consecuencia tan trágica como la acaecida en Londres la pasada semana, aunque sólo un acontecimiento tan impactante como este puede, como decía Cameron, obligarnos a pensar más allá de nuestros dogmatismos o, simplemente, de nuestras generalidades. Si esto no consigue que lo hagamos, está claro que nada puede hacerlo.
Habrá quien piense que Jacintha Saldanha no debía de estar pasando por un buen momento y que la bromita de los locutores australianos simplemente aceleró una mortal decisión, que ella podía haber estado barajando desde hace tiempo. Dirán, quizás, que nadie se quita la vida a causa de una broma, por muy mediática internacionalmente que ésta sea. Por lo menos, no a su edad, más que adulta. Y, para colmo, siendo esposa y madre de dos hijos. Incluso se le podría acusar de no haber pensado en ellos, en el imborrable dolor con el que ha marcado a su familia. Se pueden decir muchas más cosas, porque, además, no olvidemos que, en realidad, todos estamos hablando por hablar. No sabemos quién era Jacintah Saldanha, qué le preocupaba además de seguir haciendo bien un trabajo que le obligaba a pasar la semana lejos de su familia, residente en Bristol, a donde se trasladaba en sus días libres, pasando el resto del tiempo sola en una habitación alquilada por la clínica londinense. Por el momento, sólo conocemos que atendió amablemente a la que ella pudo creer la llamada telefónica más importante de su vida profesional. Su compañera de la centralita le anunciaba que la reina Isabel II quería informarse personalmente del estado de saludo de la esposa de su nieto. ¿Preguntaría Jacintah a su compañera, antes de descolgar, si estaba de coña? No, a la reina, uno no la deja esperando mientras comprueba si de verdad es la reina o no. Menos aún en Inglaterra.
El caso es que, aunque ahora los autores de la broma aseguren que jamás pensaron que alguien se tragaría la bola, Jacintha habló con ellos, - en la conversación también “intervenía” el imitado príncipe Carlos - y relató cómo había pasado Kate Middelton las últimas horas. Cumplía con su trabajo y también cabe preguntarse ahora si, a pesar de las duras palabras dirigidas por el responsable de la clínica a sus homólogos de la cadena de radio, alguien después echó la bronca a la enfermera por hablar con quien no debía. O si alguno de sus compañeros se mofó en sus narices de su ingenuidad e, incluso, si cuando se lo contó a su marido, este fue capaz de encontrar las palabras adecuadas para consolarla. Sí, es cierto que lo que se espera es que uno se ría cuando descubre que ha sido objeto de una farsa, aunque por dentro esté maldiciendo y deseando que se lo trague la tierra, pero ¿por qué tenemos que comportarnos como se espera que hagan los demás? Y lo peor de todo es, cuando para pedir algo parecido a una disculpa, alguien aconseja que uno no se lo tome como algo personal. ¿Cómo se lo debe de tomar entonces una persona, ese ser único, para bien o para mal, con sus propias e intransferibles preocupaciones, valores, responsabilidades, miedos y alegrías? Todo en esta vida es personal y cuando nos relacionamos con alguien, deberíamos, por ello, pensar en la posibilidad de que el otro se encuentre en ese momento haciendo equilibrios en lo alto de un trapecio o caminando por una cuerda tan floja como la maldita risa que provocan ciertas bromas. No hay nada mejor que la risa, pero como todo en esta vida, las cosas hay que hacerlas con inteligencia, tino y respeto. ¿De verdad no pensaron los autores, ni por un instante, que quien atendía al teléfono y revelaba una información tan delicada, no iba a sufrir después la burla de la gente o la bronca de sus jefes?
Hace un montón de años, unos compañeros de facultad aprovecharon la última noche del viaje de fin de carrera para irrumpir, ataviados con sábanas blancas y en mitad de la noche, en la habitación de uno de los profesores. Una broma que casi acaba en tragedia: el profesor hacía pocos meses que había perdido a su padre y aún se encontraba tan afectado que, al despertarse, rodeado de “fantasmas”, creyó tener una aparición y acabó ingresado en urgencias, a punto de que el amago de infarto se convirtiera en algo peor. Por supuesto, ninguno de los que se disfrazaron para participar en la maldita broma ni los que esperaban en primera fila de pasillo para reírse a placer, querían hacerle daño. Ni siquiera se trataba de algo personal, porque el profesor en cuestión era de esos que caen bien a todo el mundo, pero la broma pasó a susto morrocotudo y la víctima estuvo de baja varias semanas. ¿Gracioso? Como tampoco lo es ese nuevo invento de los mimos en la calle que se esconden en una caja de cartón y esperan a que pase el peatón, a su juicio más despistado o asustadizo, para pegarle un susto. Todos los días hay brincos que maldita la gracia que deben de hacerle a quien los da, y recemos para que el elegido no tenga un corazón delicado o aterrice fuera de la acera cuando pasa un automóvil. Si ocurriera, los mismos que disfrutan del espectáculo se lanzarían furibundos contra el cómico callejero para afearle su conducta, incluso para culparle de lo ocurrido, como si aquello no tuviera origen en las ganancias de los espectadores. Pura hipocresía.
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