Cultura

Guardianas nazis: un retrato de la irracional barbarie y bestialidad femenina

Mónica González Alvárez relata las historias de 19 mujeres al mando en los campos de concentración

Jueves 13 de diciembre de 2012
Animada por la ausencia de documentación sobre las guardianas de los campos de concentración del Tercer Reich, Mónica González Alvárez se ha embarcado en la apasionante, pero amarga aventura de desvelar quiénes fueron aquellas mujeres, qué crueldades cometieron y cuál fue su destino. Las historias de Ilse Koch, Irma Grese, María Mandel o Dorothea Binz son cuatro de las diecinueve relatadas por la autora en tan absorbente como desalentador por su contenido, que sirve para mantener vivo un periodo de la historia tan bárbaro como la II Guerra Mundial.


La periodista Mónica González Alvárez ha relatado en el libro Guardianas nazis (Edaf) las historias de diecinueve mujeres afines a la causa nazi que se enrolaron voluntariamente en sus filas para formar parte de los escuadrones de vigilantes de los campos de concentración del Tercer Reich en la II Guerra Mundial.

Ilse Koch, Irma Grese, María Mendel, Dorothea Binz, Herta Bothe, Hermine Braunsteiner, Juana Bormann, Hildegard Neumann, Gerda Steinhoff, Hildegard Lächert, Ruth Closius Neudeck, Herta Ehlert, Luise Danz, Ewa Paradies, Ruth Elfriede Hildner, Irene Haschke, Alicia Orlowski, Ilse Lothe y Therese “Rosi” Brandl son los nombres de las mujeres que sembraron el terror en los campos en los que ejercieron su incontrolable poder dominador.

“Escribir este libro ha sido difícil porque me he implicado emocionalmente en el relato, lo que me ha hecho pensar en la posibilidad de abandonar el proyecto. Aunque su contenido es duro, no pretendo que la gente se incomode, sino que se conciencie de que aquellas mujeres criminales existieron y que hay que aprender de los errores”. Son palabras de González Álvarez, quien explica a este periódico que comenzó a escribir el libro por el vacío documental que había al respecto, algo que achaca a que “sus vidas fueron ocultadas durante 80 años debido al machismo imperante en el Tercer Reich”.

Ehlert, Grese, Lothe, Stöfel, Schreirer, Dörr, Roth y Hempel en el primer día del juicio. Fecha: 17 de septiembre de 1945. (Fuente: Daily Mirror)


Preguntada por la aparente incongruencia en el ideario nazi entre valorar sólo a la mujer por su papel procreador y, al mismo tiempo, permitir que ejerciera puestos dominantes, la autora matiza que las guardianas ingresaron voluntariamente en el aparato nazi para trabajar con sus camaradas: “No tenían un rango oficial porque eran mujeres, pero dirigieron igualmente los campos de concentración. Era tal la dominación que ejercieron que, a mi entender, el 35 por ciento de los crímenes fueron perpetrados por ellas, ya fuera personalmente o delegando la tarea a otros”.

Aunque por encima de su posición se encontraba el comandante del campo, “no daban explicaciones a nadie” debido a que eran “muy temidas” tanto entre los hombres como entre las mujeres y, asimismo, entre camaradas y prisioneros, quienes “preferían no cruzarse con ellas por lo que imponían sus bruscos ademanes, sus despiadadas miradas y sus salvajes acciones”.


El sadismo que practicaron contra los prisioneros fue una de sus marcas de identidad, de tal modo que no se contentaron con matar, sino que disfrutaron con el sufrimiento ajeno. Entrenadas en Ravensbrück, considerado por la autora como un “campo de aleccionamiento en el que aprendieron a apalear, golpear y perpetrar cuanto más dolor, mejor”, su forma de asesinar todavía asombra por su crueldad. Así, lanzar perros adiestrados contra los prisioneros, fustigar los pechos de las internas con látigos, apalear hasta la muerte con varas o pegar tiros sin miramiento fueron algunas de las herramientas de las que se sirvieron para llevar a cabo sus atroces asesinatos.

Pero, ¿cuál es el origen de tanta maldad? “Eran mujeres normales y corrientes. Al ser analfabetas cayeron con cierta facilidad en las redes del nazismo. Se dejaron hipnotizar por el Führer y sintieron verdadera pasión por la nueva religión aria. Fueron educadas con la premisa de causar el mayor dolor posible a sus víctimas, contra las que utilizaron la violencia como una forma de amedrentar y minar su moral”.

La brutalidad de la cotidianidad de aquellas guardianas les hizo considerar su cometido como un medio necesario para alcanzar el fin último del nazismo, por esta razón "nunca se arrepintieron de sus crímenes porque consideraron que sus actos habían sido realizados en favor de la humanidad”, comenta González Alvárez.

'La zorra de Buchenwald', 'El ángel de Auschwitz', 'La bestia de Auschwitz' o 'La mujer de los perros' fueron algunos de los apodos que recibieron de camaradas y prisioneros. A juicio de la autora, “hay quien todavía las considera víctimas por haber sido supuestamente separadas de sus familias y obligadas a ejercer aquellos puestos, pero no hay que caer en eso, ya que está comprobado que cumplieron con las órdenes que recibieron a sabiendas de lo que hacían”.

De izquierda a derecha: Gertrud Neumann, Hildegard Kambach, Ilse Steinbusch, Marta Linke, Herta Bothe y Magdalene Kessel, después de su arresto.


Gestos tan humillantes como el de María Mandel, quien lucía unos pulcros guantes blancos para no "contaminarse", invitan a hacerse una idea de su cinismo, como el hábito de bañarse en vino de Madeira de Ilse Koch, artífice también de una de las prácticas más feroces protagonizadas por aquellas mujeres: extirpar piel tatuada a los prisioneros para hacer lámparas, tapices, guantes o zapatillas.

El sexo también fue utilizado por sus "depravadas" mentes para dominar a sus víctimas. Sólo hay que leer el relato que hace González Álvarez de Irma Grese para comprender a qué se refiere, ya que Grese, quien apenas contaba 20 años, se jactaba de golpear los pechos de las reclusas, algo que le excitaba sexualmente. Se sabe que mantuvo romances lésbicos con prisioneras, aunque no fue la única, ya que Koch también participó en orgías con mujeres y hombres.



Entre los testimonios de los testigos incluidos en el libro figuran el de prisioneros de los campos que tuvieron la mala fortuna de conocerlas. De todos ellos, entre los más estremecedores por su brutalidad, la autora cita el que relata el macabro castigo que infringió Grese a una niña de ocho años, a quien la guardiana le arrancó los ojos con un palo después de haberla visto hablando con otro prisionero a través de una verja.

Detalles tan escabrosos invitan a pensar en ellas como la encarnación de la maldad, lo que le lleva a la autora a afirmar que el mal no entiende de sexos, ya que “la violencia de sus actos fue equiparable a la ejercida por los hombres”.

Una vez liberados los campos por las fuerzas aliadas, aquellos temibles seres recibieron condenas dispares. Koch fue sentenciada a cadena perpetua con trabajos forzados, aunque terminó ahorcándose en la prisión. Grese fue ahorcada con 22 años, el mismo destino que le esperó a Mandel tres años después. Bothe pasó diez años en prisión y fue liberada en 1951 y Binz también falleció en la horca. El resto de ellas, o fueron liberadas o fueron ahorcadas. Un final dispar para unas mujeres de una crueldad similar.

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