Demetrio Castro | Viernes 14 de diciembre de 2012
Parapraxis se llama la figura, aunque sea más conocida por el alias “acto fallido”, y el otro día, en el Congreso, la bordó el melifluo señor Durán con su habitual discurso de dicción amerengada, fondo marrullero e intención farisaica. Recordemos: el ministro de Educación parece decidido, dice que firmemente aunque ya veremos, a que en las escuelas de toda España, y por tanto de Cataluña, se respete lo que el sentido común, la justicia, las leyes y las sentencias dicen. A saber, que los niños puedan recibir la enseñanza en aquella de las lenguas cooficiales que prefieran, por ejemplo la materna ejercitando así un derecho que no hace tanto los catalanistas consideraban irrenunciable y ahora niegan aplicando la ley del embudo. Por ello los de todas las sectas que ocupan escaño dieron un aparatoso concierto coral interpretando diferentes registros de la misma partitura del agravio fingido y la intransigencia fanática sosteniendo que el proyecto ministerial contiene cosas que en él no hay. Si el asunto no fuese tan lamentable daría para reír viendo a qué extremos de ridículo llega la grandilocuencia impostada de quienes se toman tan en serio a si mismos y sus dislates. El señor Durán argüía con falacia, porque de lo que se trata no es de sociolingüística sino de garantizar derechos, que en Cataluña el español está tan arraigado que hasta los niños cuando se les deja a su aire, por ejemplo en los recreos escolares, lo hablan más que el catalán. Y aquí vino la reveladora parapraxis en forma gramatical de adverbio y contenido semántico de contrariedad: “lamentablemente”, dijo el orador. Como ya no podía sacar la pata que tan hondo había metido tiró de ufanía y lo repitió un par de veces, por más que fuera claro que lo que lamentaba en ese momento era haber dicho lo que no quería que se oyose aunque lo piense.
Lo peculiar de la parapraxis es que con ella emergen pensamientos que el sujeto, o su supergo, reprimen por convicción o por conveniencia y revelan de esa forma engaños y deseos inconfesables. En este caso las dos cosas, la mentira goebbelsiana del armonioso paraíso escolar bilingüe por un lado, y por otro la pasión separatista de privar a sus paisanos de una de las lenguas propias de Cataluña, la compartida con sus compatriotas de otras regiones. Los conflictos del subconsciente no son necesariamente patológicos, pero pueden indicar cierto desorden o la fragilidad en la tensión como pudiera ser el caso del señor Durán y otros como él.
En realidad mucho del comportamiento y el discurso separatista se entiende mejor desde supuestos de desarreglos psicológicos que desde otro tipo de consideraciones. Por ejemplo, la tendencia a echar los pies por alto y buscar la colisión desmesurada a la menor contrariedad, a la más minima resistencia a sus pretensiones, puede tener mucho de estratagema táctica y teatralidad pero es también muestra de personalidad histriónica y conducta manipulativa, tanto más arraigadas cuanto más efectivas ha sido ante los manipulados, dados a ceder siempre suponiendo que así el neurótico entrará en razón. Las acusaciones y quejas desquiciadas y retorcidas, basadas en interpretaciones selectivas o simplemente mendaces sobre las intenciones del otro, no son con frecuencia más que proyecciones en las que se le atribuye lo que se querría hacer de tener posibilidad para ello. La acusación recurrente de que se intenta destruir la propia identidad, incluso la misma existencia, tiene no poco de reflejo del deseo vehemente de acabar con la identidad y la existencia del otro, y también de los miedos y ansiedades sobre la propia inconsistencia y la aprensión respecto a lo que se dice ser temiendo en el fondo no serlo.
Quizá el más claro de esos síntomas de desorden sea el patrón paranoico con el que se manifiestan estos separatistas. De entre los rasgos principales que definen la personalidad paranoica hay dos que prodigan en su acción pública: suponer que son siempre objeto de atención, y atención malévola, por parte de los demás y estar convencidos, sin que haya para ello base real alguna, de ser victimas de confabulaciones e intrigas, que todos les envidian y hostigan, y por eso sus contrariedades las achacan no al azar, a sus circunstancias o limitaciones sino a la perfidia inventada de otros. Las analogías entre los desórdenes psicológicos individuales y los comportamientos colectivos tienen sus límites, pero no son sólo metáforas. Igual que los individuos padecen como consecuencia de sus patologías y hacen padecer a quienes tienen cerca, también los grupos sociales sufren como consecuencia de su visión distorsionada de la realidad y hacen sufrir a los próximos, tanto más cuando más se les permite cultivar sus fantasías y, como a los pacientes neuróticos, cuanto más se tarde y con menos decisión se les haga ver que la realidad no puede ser como ellos quieren y sus conductas manipulativas serán inútiles, salvo para su propio ridículo.
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