Juan José Laborda | Viernes 14 de diciembre de 2012
Hay quienes ahora sostienen que cuando se supere la crisis económica, se superarán también a la vez las crisis políticas y sociales que ahora sufrimos. Ni la experiencia histórica sobre crisis parecidas, ni el análisis desapasionado del alcance universal y global de la que padecemos hoy, permiten esperar que esa coincidencia de superaciones vaya a ser real.
Cualquier estudio objetivo concluye señalando que la crisis política y social de este tiempo se mantendrá aún cuando los graves problemas actuales de nuestra economía se corrijan en un futuro más o menos previsible.
Sostener que, solucionada la crisis económica, las demás se solucionarán a continuación, es la ideología con la que el pensamiento más reaccionario quiere hacernos comulgar con ruedas de molino.
No es nada nuevo. Esa opinión se ha basado siempre en ver a la política como un engorroso asunto que dificulta los negocios; o viendo a los Derechos individuales y sociales como factores que impiden competir en el mercado mundial.
Resulta prodigiosa la ideología que está detrás de esa falacia.
Jugadores de casino que pasan por empresarios, o empresarios que se comportan como fulleros haciendo trampas en la ruleta, esos dos modelos de tipos se caracterizan por supeditar al interés económico -por supuesto, al interés únicamente privado- a cualquier otro interés defendible con los votos y con las leyes de una democracia.
Resulta cómico comprobar que el materialismo económico se haya refugiado hoy en las elitistas moradas de los defensores del capitalismo más antiguo; es decir, el capitalismo desregulado en lo que afecta a las ganancias; aunque bien protegido por el Estado cuando se trata de sus errores, como sucedió con muchos bancos en esta temporada de infames errores financieros.
Es normal que esa ideología encuentre en la China comunista el ideal de un capitalismo deseable: economía sin política; mercado sin Derechos. Los “pro-chinos” actuales enarbolan consignas como: “¡Hay que trabajar más y cobrar menos!”
El primer gran problema para el PSOE -para el que verdaderamente no tiene tiempo que perder- es definir cuáles son las reformas necesarias para ir transitando esta crisis, con la certeza que, al final de la misma, los Derechos individuales y los garantizados por el Estado no se habrán reducido, sino que estarán más fortalecidos.
Esa urgente tarea definirá los liderazgos de futuro. Se requiere profundidad de pensamiento y capacidad para crear unas mayorías partidarias y sociales que apoyen esas reformas. El listado de las reformas supone establecer prioridades y, de acuerdo con la secuencia reformadora, proponer soluciones para poderlas defender ante electorado de ese partido. Entonces habría luz en el túnel, aunque se sepa lo largo que será salir de él.
En efecto, el PSOE no puede perder el tiempo en ese cometido, lo que no significa que sea sólo cuestión de confeccionar un bonito manifiesto electoral para competir en un momento de elecciones internas. Esa tarea será prolongada y compleja, involucrando a una mayoría partidaria, que sea representativa de la plural sociedad española, si quiere tener éxito.
La clave del éxito reside en que el PSOE consiga hacer socialmente necesarias su listado de reformas; desde luego, las económicas –algunas que lleva a cabo el Gobierno, y otras nuevas, v.gr: “la reforma de las leyes del suelo”-, pero también reformas de las instituciones políticas, que terminarán afectando a la propia Constitución.
Esto plantea la importante cuestión del consenso. El consenso es una necesidad por pura aritmética de los votos. Pero el consenso es también el elemento fundamental de nuestro sistema político-constitucional. Invocarlo como método reformista no es sólo un imperativo técnico, sino un compromiso moral con la sociedad española, que lo reclama para salir de la crisis.
Aquí se plantea la segunda gran cuestión importante para el PSOE: recuperar su vocación de partido mayoritario de Gobierno.
En efecto, las reformas, para ser aceptadas, respaldadas y deseadas por la gran mayoría de los ciudadanos, deberán tener el rigor necesario e imprescindible, y eso supone también que en su elaboración, además de contar con las mejores inteligencias, se ha de sintetizar los puntos de vista de esa mayoría plural de ciudadanos y de intereses que un partido de gobierno siempre será capaz de representar.
La tarea más difícil será, sin duda, crear las condiciones para un consenso reformista entre el PSOE y el actual Gobierno y su partido.
Existe un factor favorable, que el Gobierno no puede ignorar como lo ignoró en la etapa de Aznar: la opinión pública reclama consenso para encarar el futuro.
Existe también un factor desfavorable: el PSOE no tiene una estrategia política única y comúnmente asumida por todos los socialistas.
Ese es el gran problema que deberá resolver el PSOE, por el bien del sistema político de España.
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