Opinión

Gran privilegio

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 14 de diciembre de 2012
Lo es en verdad habitar en la misma ciudad en la que, desde ha más de un tercio de siglo, teje la red de un trabajo literario, admirable por su fuerza y tenacidad, un poeta y un crítico que figurará en todas las antologías del porvenir. El cronista ha dado ya alguna vez cuenta apresurada y tosca del trabajo incansable desplegado en el plano quizá más difícil y selectivo de las letras que es el poético. Y Carlos Clemetson lo realiza con envidiable simultaneidad en los de la creación y la traducción.

Hoy, únicamente el segundo atraerá el discurrir de estos renglones. Apenas un año después de haber publicado Esta luz de Sinera, una Antología general de la poesía catalana, distanciada un año de la aparición de Alma minha gentil, otro florilegio extenso de la poesía portuguesa –ambas muy cercanas a las ¡1.000 páginas!-, ve la luz su Sinfonía Atlántica. Antología general de la poesía gallega (edición bilingüe, 797 pp.). Proeza, como las anteriores, congenial tan sólo a un vigoroso talento y una sensibilidad tremente, adunados además, para mayor fortuna, por una larga experiencia en el cultivo del estro poético castellano y en la traslación a nuestro idioma común de los versos más inspirados y famosos alumbrados por la dos literaturas peninsulares más importantes, la lusitana y la catalana. Desde los días bajomedievales hasta el fenecer casi del siglo XX, la gubia del escritor cordobés ha tallado en el idioma español la versión de lo más cualificado producido a lo largo de setecientos años por las musas acaso más delicadas y favorecidas del Parnaso ibérico, colmado de autores –no pocas veces femeninos- y obras, en ocasiones incluso poseyendo el cetro de la literatura universal: San Juan de la Cruz, Góngora, Bécquer, Juan Ramón… Empresa auténticamente hercúlea, de difícil comprensión en tiempo como el presente en el que resulta imposible encontrar vado para acometer y concluir esfuerzos de tamaña envergadura.

Y ello es lo que primordialmente quisiera ponderar el articulista en esta oportunidad. En un clima adverso por la atonía reinante en el clima general de la cultura del país –inundatorio igualmente, como no podía ser menos, de los claustros y recintos universitarios y académicos-, perdido en la marginalidad provinciana de una nación que, como en su deporte de mayor audiencia, sostiene su quehacer artístico-literario sobre el bípode madrileño y barcelonés e instalado en una región hodierno por entero huérfana de su refulgente tradición publicística, Carlos Clemetson, con escasos estímulos más allá de los proporcionados por la adversidad y la reluctancia a lo grisáceo y mediocre, culmina con la obra referida un edificio sin parangón en las letras españolas contemporáneas. Si, virgilianamente, el trabajo todo lo puede, el numen desbordado, una cierta idea de patria y el entusiasmo por la belleza allí donde brote o se exprese dan lugar, de ordinario, a empeños que devuelven la fe y la confianza en la, d’orsiniamente, “obra bien hecha”, raíz y comienzo de todo lo grande en la vida de los hombres y en la de los pueblos.

Se entenderá así fácilmente que en horas turbias y desencajadas como las actuales el cronista dé rienda suelta a su contento por ser coetáneo y convecino de un lletraferit de tan amplio y rico espectro, al cual, por contera y fortuna, aún le restan abundantes jornadas para que de su aljaba rebosante la sociedad española reciba frutos serondos que alimenten sus mejores afanes en el terreno del espíritu. ¿Vendrá algún premio de esos insertados a toda plana en los periódicos de tirada nacional a acicatear la vena creadora y la pulsión del profesor cordobés cercano ya a la jubilación burocrática? No se atisban muchas señales en un panorama encorsetado a partes iguales por la invidencia y el sectarismo. Pero, quijotescamente, la ventura le provendrá, en cualquier caso, más del cielo que de los hombres…