Los Lunes de El Imparcial

Carlos Rubio: Los mitos de Japón. Entre la historia y la leyenda

Reseña

Domingo 16 de diciembre de 2012
Carlos Rubio: Los mitos de Japón. Entre la historia y la leyenda. Alianza. Madrid, 2012. 488 páginas. 25 €

Según Carlos García Gual, un mito es un relato tradicional que refiere la actuación memorable y ejemplar de unos personajes extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano. Por tanto, un mito es un relato digno del recuerdo y que nos enseña algo, gracias sobre todo a que sus personajes vienen avalados por el prestigio de la lejanía y de lo extraordinario. El mito es el horizonte, la línea de sutura en la que se funde lo creíble con lo increíble, la historia con la fantasía. Pero además, para realmente serlo, el mito necesita otra cualidad: tiene que estar vivo. Debe pervivir en los corazones y las mentes de una sociedad o un pueblo.

Desde este punto de vista, el mito cumple una función social, ya que legitima la realidad gracias a un pasado irreal que se convierte en padre y madre del presente. El mito, además, legitima también la ficción, permite que podamos leer y disfrutar con historias inventadas, rotundamente falsas, puesto que el mito es el gran generador de todas, es la línea en la que verdad y mentira se funden en una, en la que la existencia alcanza el grado de eternidad. Mitos, leyendas, cuentos populares forman ese caldo de cultivo en el que lo imposible se hace posible, por un rato, para luego volver a ser imposible.

Los mitos han jugado un papel importante en la psique. Seguramente, de forma individual, todos tenemos nuestros mitos personales, que nos permiten percibirnos como entidades independientes. En la época moderna, el auge de los mitos, las leyendas y los cuentos está muy ligado a los nacionalismos. Cuando la Europa romana y bárbara comenzó a parcelarse en primos y hermanos, cada uno de ellos comenzó a buscar sus mitos aglutinadores: mitos lingüísticos, literarios, musicales… Proceso que se acentuó en el XIX con el folclorismo. La intelectualidad se puso a buscar entes que le permitieran la existencia en el presente mediante la unión con un pasado memorable y ejemplar. Japón sufrió este proceso lentamente a lo largo del siglo XVIII, época de sakoku o aislamiento del mundo más allá del archipiélago, pero el interés por los mitos y las leyendas explotó en la segunda mitad del siglo XIX, con el advenimiento de la era Meiji, la apertura de fronteras obligada por los cañones de los buques anglosajones. Japón se vio obligado a reinventarse, a definirse, a reconocerse, a colocarse ante la historia para poder presentarse ante el mundo. Hoy, Carlos Rubio, en un trabajo necesario e irreprochable, como toda la labor que está haciendo estos últimos años en torno a la literatura nipona, nos presenta la recopilación de ese proceso mítico y catártico en este volumen de mitos y leyendas japoneses editado por Alianza.

Rubio ha tomado como base los dos textos míticos principales del Japón, el Kojiki y el Nihongi, textos, sobre todo el primero, que se hunden en la oscuridad de los kataribe o recitadores errantes. El Kojiki sigue una tradición más autóctona, mientras que el Nihongi representa una línea más influida por China, pero los dos, compilados por primera vez en el siglo VIII, tratan de lo mismo: la génesis mítica de Japón o Nihon, y su fusión primigenia con los dioses. Japón es una tierra de kami –dioses-,y mikoto –deidades humanas o semidioses— porque en su origen así fue. Y así seguirá siendo, hasta en la fusión postmoderna de Haruki Murakami, por ejemplo, o de gran parte del “manga”.

Quizá sea esta primera parte del libro la más interesante. Antes de ser Japón, existía el mundo y unos dioses que “nacieron solos y sin jamás mostrarse”. La tierra era demasiado joven para ser un lugar sólido. Los dioses fueron naciendo hasta llegar a dos, Izanagi y su hermana Izanami, principios masculino y femenino. Tras un cortejo/baile (malhadado en primera instancia por su ignorancia) alrededor de un pilar, los dos hermanos copulan siguiendo el ejemplo de unas aves (que pasaban por allí) y su unión produce un niño-sanguijuela, Hirugo, al que los padres abandonan a las aguas en un cesto. De la placenta de la madre surgen las islas principales del archipiélago, las ocho grandes islas que hacen que el primer y más antiguo nombre de Japón sea Oo ya shima guni o “País de las ocho islas”. Conviene recordar la importancia del número ocho en el budismo y en muchas tradiciones ocultas y cabalísticas.

La pareja siguió engendrando dioses hasta que los genitales de Izanami se quemaron. Entonces comenzó a crearlos de sus vómitos y de sus heces; dioses que le salen de la coronilla y del ombligo. Pero al dar a luz al dios del fuego, arde ella misma y muere. Izanagi, lleno de cólera, se apresuró a descuartizar a tan malvado dios; y tras ello decide bajar al país de Yomi, a la ultratumba nipona, en busca de su mujer muerta. Allí, como no, discuten, e Izanagi huye (tras orinar y crear un gran río) y escapa del mundo de ultratumba no sin antes colocar una piedra en la entrada para que su mujer no le pueda alcanzar. Izanami se vengará creando la muerte; Izanagi, promoviendo la vida…

¿Quieren saber más? Lo mejor es leer el libro. Haciéndolo, sabrán por qué a sus hijos les gusta tanto Crayon Shinchan, o por qué Japón es un mundo tan escatológico como refinado. Conocerán el valor de ultratumba de los sapos, la costumbre de purificación con agua tras los funerales (algo que explica en parte el gusto nipón por los baños), qué significa aplaudir con el dorso de las manos, el motivo para tener cuidado con las uñas que uno se corta, o que las parturientas, por ejemplo, para gozar de un buen alumbramiento deben mantener entre los dedos de una mano una pluma de cormorán. Descubrirán los tres tesoros japoneses, la joya, la espada y el espejo, y los múltiples valores de éste. Sabrán que hay hijos de flores e hijos de piedras, y asistirán a los primeros suicidios por amor o por honor de la historia nipona. Quizá soñarán con el Hombre Niebla y el Hombre Escarcha, o con los amantes Karu y Sotori, esta última mujer subyugante, abocada a la muerte, cuyo nombre significa “vestido transparente”. Incluso es posible que descubran a Borges en la historia de “El ciervo y la niebla”. Si todo esto no es digno del recuerdo y de la memoria, ¿qué es entonces?

Por José Pazó Espinosa