Martes 18 de diciembre de 2012
Que la educación en España necesita mejorar es un hecho, quizá el único en el que todos están de acuerdo. Porque la polémica que está suscitando el nuevo proyecto legislativo del ministro José Ignacio Wert en esta materia hará muy complicado el llegar a consensos o acuerdos básicos. Según las pruebas PIRLS -Lectura- y TIMSS -Matemáticas y Ciencias- de 2011, similares a las PISA, los alumnos españoles de 4º de Primaria se sitúan por debajo de la media de la OCDE. La tasa de abandono escolar -26,5 por ciento- es aún peor, a lo que hay que añadir la falta de motivación de muchos alumnos.
De ahí que la futura LOCME -Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa- se antoje fundamental para solventar uno de los principales problemas del país. El ruido de fondo impide, por ejemplo, ver la necesidad de garantizar que quien quiera educar a sus hijos en castellano pueda hacerlo. Es un derecho, y no una imposición, como intentan vender desde determinados sectores; un derecho que nada tiene que ver con la lengua, mucho menos es un ataque o menosprecio al catalán. Imposición que sí existe, en cambio, con el catalán en los niños de primaria; y ahora, además, en las guarderías, algo verdaderamente absurdo. Y que también se dio en el diseño inicial de Ecuación para la Ciudadanía -EpC-, una suerte de adoctrinamiento ideológico gestado en la etapa de Zapatero que el borrador de la nueva ley pretende reconducir. Es evidente que en la sociedad española de hoy hay consensos sobre valores ciudadanos fundamentales y compartidos en torno a los cuales es perfectamente factible articular una propuesta sensata y de consensol.
Debe haber, pues, menos imposiciones y más aportaciones de peso. Que se potencie y puntúe las asignaturas troncales, abandonando de paso experimentos de otra índole. Ni la religión católica debe puntuar, ni EpC debe convertirse en una alternativa de ésta última. El ideario religioso, sea de la confesión que sea, debe ser compatible con determinados valores cívicos cuyo conocimiento se debe de impartir, pero sin que ello interfiera en el desarrollo curricular y sin que cuestiones de credo o ideología influyan en la nota media. Al ministro Wert le ha faltado claridad al afirmar que “aún no están hechos los currículos, pero la idea general es dos asignaturas en que se hable de culturas y de valores”. No es eso. Para avanzar en pos de una educación de calidad hay que desterrar este tipo de cuestiones para potenciar lo que realmente interesa, que es la excelencia académica y la recuperación de valores como el mérito y el esfuerzo.
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