Opinión

Newtown: mochilas anti balas para ir a clase

Alicia Huerta | Miércoles 19 de diciembre de 2012
En Newtown, los investigadores se afanan ahora en buscar respuestas, esas que, por mucho que se encuentren, ya no sirven para nada. Es, definitivamente, demasiado tarde. ¿Por qué un joven de 20 años le dispara cuatro tiros a su madre en la cabeza mientras duerme y luego irrumpe en un colegio con la única intención de acabar con la vida de todos los niños que pueda? Resulta increíble que sucesos tan terribles puedan surgir de una forma del todo repentina. Lo lógico es que antes empiecen a sonar alarmas, de mayor o menor envergadura, que deberían de servir para poner en guardia a los que rodean al individuo perturbado, aunque, al final, no se logre evitar la tragedia por completo. Lo vimos, por ejemplo, en el caso de Noelia de Mingo, la doctora de la Fundación Jiménez Díaz, a la que casi todos los compañeros habían visto hablar sola, trabajar frente a la pantalla de ordenadores apagados y quejarse amenazadoramente de los complots orquestados en su contra. Es de suponer que en su casa serían aún más conscientes de que su comportamiento indicaba con claridad que la diagnosticada patología mental que padecía Noelia no estaba siendo tratada correctamente.

Algunos familiares y conocidos de Adam Lanza, el último asesino frenético de Estados Unidos, hablan ahora de su posible esquizofrenia, pero la policía asegura que en la casa no se han hallado recetas ni medicamentos para tratar dicha enfermedad. Se están sacando a relucir también otras posibles patologías, como el síndrome de Asperger, que, por otra parte y en ningún caso, pueden ser causa única y directa de la ejecución a sangre fría que el joven llevó a cabo, aunque sí deberían haber sido, en cambio, razón de peso para asegurarse de que Adam hubiese llevado una existencia acorde con los rasgos de su personalidad, de forma que no se encontrase expuesto a situaciones estresantes, capaces de influirle negativamente con mayor intensidad que a otras personas completamente sanas.

Sin embargo, todo parece indicar que era más bien al contrario y que, por desgracia, la estabilidad le era bastante ajena. Su madre, también su primera víctima, formaba parte, al parecer, de un extravagante movimiento social denominado preparacionista, que aboga por ponerse la venda mucho antes de la herida. Es decir, por ponerse en lo peor de lo peor en esto del fin del mundo y prepararse para sobrevivir a la hecatombe. Igual que si se tratara de una especie de elegidos. Así, los adeptos del movimiento se dedican a acaparar en sus viviendas, convertidas en refugios, toda clase de suministros. Lo siguiente es, claro está, asegurarse de que ningún otro superviviente del fin del mundo o, en todo caso, de la llegada del caos y el colapso social, vaya a aprovecharse de lo que ellos han atesorado con tanta previsión. Y para defenderlo, están precisamente las armas. En casa de los Lanza se han encontrado diversos modelos de fusiles automáticos y munición suficiente para sobrevivir a sus imaginadas batallas. Por eso, se les conoce también con el nombre de survivalists, y todo indica que Nancy Lanza estaba plenamente convencida de que las mañanas de los sábados que pasaba con su hijo en el campo de tiro, eran lo mejor que podía enseñar a su hijo de cara al futuro.

Y así llegamos, de nuevo, al asunto de las armas en Estados Unidos, un debate que surge inmediatamente después de tiroteos como el ocurrido la pasada semana, pero que, por desgracia, nunca han conducido a tomar decisiones que hagan más controlado el acceso a las armas por parte de casi cualquier persona y en casi cualquier lugar, incluidos hipermercados. Mientras en Europa nos llevamos las manos a la cabeza y nos cuesta entenderlo, en Estados Unidos, el derecho a llevar armas amparado por la segunda enmienda de la Constitución sigue estando tan arraigado en amplios sectores de la población, que ni siquiera estos días, en medio del shock de esta última matanza que se ha cebado sobre todo en pequeños de 6 y 7 años, las voces en contra del uso indiscriminado de todo tipo de armas han sido capaces de sonar con más decibelios. En sus primeras declaraciones después de la tragedia, Obama aseguraba emocionado que algo había que cambiar para que un terrible suceso como este no volviera a producirse. Aún está por ver si se conseguirá, al menos, prohibir la venta de armas de asalto o si, al final, todo quedará en nada, sin intención seria alguna de legislar una nueva regulación sobre el control de las armas.

Por su parte, la poderosa Asociación Nacional del Rifle rompió ayer su silencio para asegurar que colaborarán para que tiroteos como el de Connecticut no vuelvan a producirse. ¿Cómo? El influyente lobby aún no ha explicado lo que tiene en mente. Lo cierto es que todavía muchos norteamericanos siguen siendo partidarios de que las armas entren en las casas como la mejor forma para proteger a sus moradores. De hecho, estos días tampoco han faltado voces, surgidas de los sectores más duros del partido republicano, afirmando plenamente convencidas, con ese dogmatismo tan difícil de combatir, que el problema de la masacre de Newtown fue, precisamente, que en el colegio no tuvieran armas a su disposición para defenderse del agresor. Sin comentarios. Se trata de vender. El comercio es el comercio, y lo último que ha llegado al mercado, en plena campaña navideña, son las mochilas anti balas para los críos. Además, seguro que algunos padres ya habrán apuntado a los niños a clases de tiro para que puedan defenderse contra todos los posibles Liberty Valance del país.

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