Opinión

Las armas en América

Javier Rupérez | Jueves 20 de diciembre de 2012
La segunda enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que junto con otras nueve forma el “Bill of Rights” añadido al texto fundacional en 1791, reza literalmente: “Siendo necesaria una milicia bien reglamentada para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a poseer y llevar armas no será coartado”. Parece evidente que, de la lectura inmediata y normal del texto, se deriva una consecuencia clara: el “derecho” de la segunda frase está estrechamente ligado y subordinado a la existencia de la “milicia” del primero. Se entiende esa “milicia” como una formación popular armada en tiempos en que las fuerzas del orden apenas tenían forma rudimentaria y el incipiente ejercito, necesitado para luchar contra los bien pertrechados ingleses, necesitaba contar con los ciudadanos provistos de sus armas privadas.

A lo largo de sus doscientos cincuenta años de existencia la historia y la vida de los americanos ha ido construyendo la teoría y la práctica de una nación agraciada por la fuerza individualista de sus componentes y por la consiguiente y generalizada utilización de las armas de fuego como parte indivisible de su filosofía comunitaria. A la guerra revolucionaria siguió el enfrentamiento con los pobladores autóctonos, que se superpuso a la Guerra Civil y más tarde a la colonización del Oeste y siempre a las incertidumbres de un país en pleno movimiento pero en el que la fuerza de la ley tardaba en imponerse a la ley de las pistolas. Fue ya bien entrado el siglo XX, cuando la generalización del crimen organizado y la superabundancia de instrumentos mortíferos conducía inevitablemente al espasmo de la inseguridad, en una sociedad que iba progresivamente urbanizándose, el momento en que los poderes públicos, mayoritariamente locales, comenzaron a tomar medidas para regular y restringir la posesión y el uso de las armas de fuego en la vida cotidiana. Pero mientras algunas de entre las mayores aglomeraciones urbanas del país -Nueva York, Chicago, Washington- introducían textos legales para impedir que la abundancia de armas en el mercado y la facilidad de su adquisición tornaran la vida de la ciudad en una diaria hecatombe, su mercadeo había ya alcanzado límites insospechados en su rentabilidad y en su tipología. De un lado la confederación de fabricantes de armas, reunido en el “lobby” conocido por el premonitorio nombre de la “National Rifle Association”, había sabido introducir sus bien engrasados tentáculos en los andurriales de la política federal y local, condicionando de manera apenas velada voluntades y favores en beneficio de sus intereses. De otro, la venta de armas no conocía límites en cantidad o calidad: desde los modestos revólveres hasta armas pesadas de guerra pasando por todo tipo de artefactos automáticos y semiautomáticos estaban disponibles y al alcance de cualquier ciudadano en establecimientos especializados e incluso sin especializar. La conocida cadena “Wal-Mart”, la versión barata de “Macy´s” o “Bloomingdales”, ofrece en sus anaqueles una nutrida muestra de los peligrosos juguetes. Bien es cierto que tras el documental de Michael Moore sobre la matanza en la escuela superior de Columbine, la venta solo se realiza en los locales del negocio y no por internet. E incluso acaban de anunciar que retiran de la venta el tipo de fusil semiautomático que fue utilizado en la matanza de Connecticut.

Pero la historia reciente de las matanzas masivas en diversos lugares públicos y la continuada aunque menos publicitada de las muertes por arma de fuego que diariamente tienen lugar en los barrios marginales de las grandes ciudades y sobre todo en los “ghettos” donde se concentra la población afro americana configuran una panorama espantoso, del que la tragedia de la escuela primaria en la localidad de Newtown en el Estado de Connecticut el 14 de Diciembre de 2012 viene a ser la más próxima y terrible de las confirmaciones. Como ha venido ocurriendo en ocasiones anteriores, algunas de ellas muy próximas en el tiempo, y tras la conmoción generada por las dramáticas noticias, la sociedad americana y sus dirigentes han abierto inmediatamente un periodo de angustiosa inquisición en donde las preguntas sin fácil respuesta se suceden sin solución de continuidad:¿Quién era el asesino, porqué ha hecho esto, qué relaciones tenía con su familia, estaba loco, había dado muestras de estarlo, como ha conseguido las armas mortíferas, quienes han sido esta vez los asesinados? La constatación de que entre las víctimas se encuentran veinte niños de entre seis y siete años ha compendiado la inmensa fosa de dolor que esta inaudita violencia trae consigo. Y que solo encontrará una solución definitiva el día, por demás lejano, en que las instituciones americanas decidan la supresión de la segunda enmienda constitucional, dictada por una necesidad perentoria del siglo XVIII, superada ampliamente por una sociedad en donde existen unas poderosas fuerzas armadas y de seguridad y cuya maligna evolución, al amparo de la incomprensible doctrina reciente del Tribunal Supremo, ha convertido la cláusula subordinada en un derecho fundamental. Bienvenidas sean las medidas que ya se anuncian –prohibición de la venta de armas de combate, limitación para los cargadores de mas de diez tiros, reforzamiento de los controles personales en las adquisiciones- pero es evidente que su naturaleza paliativa no alcanzará a terminar con la epidemia de actos de violencia masiva en que el país vive. Como bien recordaba el Presidente Obama en sus palabras ante la comunidad de Newton reunida para llorar por los ausentes y rezar por los que sobreviven, era ya la cuarta vez que asistía a una acto parecido en sus cuatro años de mandato.

Y es que las cifras son estremecedoras. Son más de trescientos millones de armas las existentes para una población de ese tamaño. Más de un tercio de los hogares americanos poseen algún tipo de arma. Anualmente son más de 11.000 las muertes producidas en el país por arma de fuego, casi el doble del total de los soldados muertos en combate en Irak -4.500- y en Afganistán-2.200- en diez años de guerra. Las mismas estadísticas anuales nos dicen que los muertos por armas de fuego en Japón son 48, 8 en el Reino Unido, 34 en Suiza, 54 en Canadá, 58 en Israel, 21 en Suecia, 42 en Alemania. Por el contrario no existe ningún dato que haga suponer un menor porcentaje de trastornados en cualquiera de esos países con relación a los existentes en los Estados Unidos. El problema es la proliferación de las armas y la facilidad de su acceso. Los locos pueden tener instintos asesinos. Si no tienen a su alcance medios mortíferos para realizarlos se quedarán simplemente en la ensoñación criminal. Justo lo contrario de lo que ocurre en los Estados Unidos.

Frente a esa terrible realidad las excusas o las explicaciones de los partidarios a ultranza de la libertad armamentística o de los voceros interesados de la NRA suenan cada vez mas a blasfemias obscenas. ¿Cómo se puede mantener que la solución a la hecatombe es armar a todo el mundo, para que mejor puedan defenderse? ¿Cómo se llega a proferir la banalidad criminal de que los que matan son los hombres y no las armas? ¿Cómo se puede pensar que un sistema nacional de salud mental, por perfecto que resulte, puede atajar el fenómeno mientras las armas fluyen libremente por las calles y las carreteras del país? Mike Bloomberg, al alcalde de Nueva York, como su antecesor en el cargo Rudy Giuliano, lo tienen muy claro: control estricto de la venta de armas y renovada presencia policial para mejor garantizar la seguridad pública. El resultado: un espectacular descenso de la criminalidad en la ciudad que hace veinte años era la más insegura de los Estados Unidos y hoy registra días sin ningún homicidio.

La sociedad libre, por definición, no podrá ser nunca una sociedad cien por cien segura y arduo resultará evitar que en su seno se produzcan aberrantes malformaciones o actos de brutalidad criminal como los que acabamos de contemplar y llorar en Connecticut. Pero su repetición exponencial arroja sobre los Estados Unidos una justificada sombra de sospecha que a los mismos americanos convendría cuanto antes disipar. Y la solución o su comienzo, que nadie se equivoque, está en el control y eventualmente disminución de las armas de fuego que cual rio de sangre recorre el país en todas las direcciones. Los Estados Unidos y sus habitantes, por tantos conceptos admirados y admirables, merecen otra cosa.

Javier Rupérez
Embajador de España

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