Sadio Garavini di Turno | Jueves 20 de diciembre de 2012
Giambattista Vico, uno de los grandes del pensamiento humano, en su obra “Scienza Nuova” de 1730, divide la historia de la humanidad en tres épocas, la primera la imagina dominada por horribles bestiones incapaces de reflexión, pero dotados de fuertes sentidos y de una gran fantasía. El politólogo Giovanni Sartori, en su libro “Homo videns, televisión y postpensamiento” nos dice: “El hombre del postpensamiento, incapaz de reflexión abstracta y analítica, siempre más balbuciente en la demostración lógica y en la deducción racional, pero al mismo tiempo fortalecido en el sentido del ver (el hombre ocular) y en el fantasear (mundos virtuales), ¿no es justamente el hombre bestión de Vico? Ciertamente se le parece” Se le parece también en credulidad y en superstición. Desde la Ilustración se creyó ingenuamente que el progreso científico habría liberado al hombre de las creencias irracionales, en cambio parece que la tecnología está produciendo un hombre casi más credulón que el de los mal llamados “siglos oscuros” de la Edad Media. Por algo será que el país de máxima cientificidad tecnológica es también el de mayor credulidad. El síntoma más evidente está en el auge del New Age y de sectas y cultos irracionalistas, esotéricos y apocalípticos. Estamos asistiendo a un verdadero retorno de los brujos. El “homo sapiens” se está transformando aceleradamente en el “homo videns” de Sartori, que maneja muchas imágenes y escasos conceptos. La sociedad global, aldeanizada y uniformada por un barato y vulgar conformismo, es capaz de desperdiciar su tiempo, el recurso no renovable más escaso del ser humano, en ocuparse y preocuparse de las “aventuras” de personajes moralmente deleznables e intelectualmente intrascendentes como Kim Kardashian y Paris Hilton. Parecería que estamos presenciando el triunfo de la estupidez que, como decía Konrad Adenauer, a diferencia de la inteligencia es absolutamente ilimitada. El “postmodernismo” de las sociedades desarrolladas está produciendo una sociedad caracterizada por un desenfrenado egoísmo y un conformismo ovejuno. Por otro lado la izquierda, con su énfasis en el “sistema” y el imperialismo, promovió el desinterés por los conceptos de responsabilidad y deber individuales. Particularmente en América Latina, donde la influencia de la “intelighentsia” de izquierda ha sido muy relevante, terminamos con una sociedad a responsabilidad difusa, en la cual nadie es realmente responsable de nada, una sociedad de derechos sin deberes, una sociedad de irresponsables, sin culpa y sin vergüenza. La izquierda marxistoide acabó con la responsabilidad individual y el postmodernismo liberal se olvidó de la responsabilidad colectiva. El estadista y pensador venezolano, Arístides Calvani, uno de los Maestros de mi juventud, formado en el personalismo cristiano de Jacques Maritain, nos decía que de las tres palabras claves de la Revolución Francesa, el liberalismo puso el énfasis en la libertad, que por sí sola, tiende a generar y profundizar la desigualdad, que a su vez produce las condiciones para la tiranía; el socialismo se adueñó de la igualdad, pero al omitir la libertad condujo a la opresión totalitaria, que transforma la misma igualdad en una farsa. Para Calvani, la palabra central debería ser la olvidada fraternidad, virtud cristiana por excelencia. La libertad y la igualdad, las dos hermanas enemigas, como las define Octavio Paz, a través de la fraternidad, se humanizan, se comunican y se reconcilian. Responsabilidad, deber y fraternidad deben retornar al vocabulario de la política.