Opinión

Anticatalanismo y franquismo

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 21 de diciembre de 2012
En la dinámica de sus elites, traspasada la primera etapa del franquismo puro y duro, las relaciones entre el Principado y la Meseta discurrieron por un plano de normalidad, al menos aparente y formal. Así, en el mundo universitario, una estadía inicial en cualquier Alma Mater al sur del Ebro constituía de ordinario una experiencia irremplazable para el catedrático finalmente asentado en sus lares; y, claro está, viceversa, registrándose múltiples casos en que unos y otros, aun con posibilidad de hacerlo, no retornaran a su lugar de origen, aclimatándose definitivamente en su primer destino docente. En cualquier rama o especialidad de la enseñanza superior acontecía de dicho modo. En la del articulista, por ejemplo, la estancia del eximio arqueólogo Joan Maluquer de Motes –su decano en la ebullente Facultad de Letras de la Ciudad Condal en el climatérico periodo de las postrimerías de la “década prodigiosa”- en la de Salamanca se evidenció crucial en su trayectoria científica, debido primordialmente al estrecho contacto e intensa amistad adunada con el por entonces rector Antonio Tovar. Por las mismas calendas, la presencia en Zaragoza de Jaume Vicens Vives implicaría su profundización en el conocimiento de los resortes primordiales e íntimos del muy complejo funcionamiento de la Corona de Aragón, al tiempo que le brindaba la tesitura de establecer un fuerte vínculo de solidaridad profesional con el insigne medievalista navarro José María Lacarra. Idéntica circunstancia se reveló en la provechosa pertenencia al claustro granadino de otro medievalista descollante, Manuel Riu, al que la añoranza del Darro y del Genil le acompañaría hasta la muerte. Y así –se repetirá- se anotó en muchos otros currículos de profesores catalanes que recibieron las auras de las Universidades peninsulares y de la canaria en su vela de armas en el oficio docente, con resultado casi invariablemente fecundo.

De su lado –se insistirá de nuevo-, idéntico fenómeno se visualizó en el cursus honorum de catedráticos oriundos de las restantes regiones del país, cuya vida administrativa comenzara en el Alma Mater barcelonesa. Los testimonios de Antonio Rumeu de Armas, Vicente Palacio Atard, Carlos Seco, C. Martínez Shaw y tutti quanti deponen irrefragablemente a favor de lo expuesto aquí.

Proyectos de vida, itinerarios sentimentales y burocráticos, historia y geografía construyeron un paisaje a escala de normal cotidianeidad en el contacto de Cataluña y las demás comunidades. Su indiscutible liderazgo –compartido en ciertas parcelas con el País Vasco- en el progreso económico-social de la nación intensificó, según es harto sabido, la inmigración a ella de contingentes interminables de trabajadores provenientes de casi todos los extremos del mapa español. Hecho que, en última instancia, vendría a reforzar también los rasgos de habitualidad en la existencia diaria y en la comunicación y trato entre las gentes del Principado y sus compatriotas. Madrid, fermento tradicional del anticatalanismo militante –no pocas veces como respuesta a ataques sin razón alguna- no lo segregó apenas durante la mayor parte de la dictadura, imitándola el conjunto de la nación. Pesarosamente, en pleno gozo del retorno de las libertades a un Estado ya de Derecho, la funesta política de “café para todos” en el diseño de las Autonomías alentó la natural reviviscencia de un catalanismo nunca apagado y embarcado así de nuevo en una navegación victimista, con muy grave perjuicio para la convivencia nacional. En un marco por fortuna democrático, la “normalidad” reinante en el diálogo entre Cataluña y el resto de la nación debiera desde luego recuperarse. ¿Es la hora de los políticos o de las sociedades?...

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