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Jose Mourinho y el precipicio del ego en el Real Madrid

crisis en la casa blanca

Diego García | Domingo 23 de diciembre de 2012
El Real Madrid ha cedido más puntos en lo que va de temporada que en la Liga conquistada en mayo. Pero más allá de los datos y de los 13 puntos que separan a los madrileños del Barcelona, la imagen de falta de concentración del equipo supone el principal quebradero de cabeza merengue. El Imparcial analiza el tótum revolútum que ha sustituido a la unidad del vestuario dirigido por Mourinho en tan solo cuatro meses.



Miércoles, dos de mayo de 2012. Estadio de San Mamés, la mística convertida en coliseo deportivo. En torno a la medianoche, el zumbido del silbato del colegiado José Antonio Teixeira Vitienes permanece ya en el olvido, a pesar de que no hace más que unos minutos de su eclosión. El protagonismo que el pitido robó al silencio de los últimos segundos del partido que el feudo bilbaíno acogía esa noche quedó arrollado por la algarabía de un grupo de profesionales del fútbol que festejaban sin pudor ni ataduras un éxito rotundo. La magnitud de la victoria conseguida convertía aquella celebración, de manera indefectible, en una mezcla de desenfreno y gritos con efecto ansiolítico. El Real Madrid ganaba la Liga tras años de viaje a ninguna parte.

Las cifras, de inherente frialdad sobre el papel, cobraron la viveza melódica que otorgaba la amalgama de récords batidos. Los números discurrían cual armonías en un pentagrama imaginado: único club en la historia de la Liga española que gana con 100 puntos, con mayor números de goles -121-, más victorias -32-, más diferencia entre los tantos encajados y los recibidos -89- y más goleadas -20-. Una apoteosis estadística confinada a 38 jornadas ligueras. Y, como colofón a esta suerte de bacanal estadística, el aromático sabor de los intangibles: el Madrid goleó dos veces a su contendiente capitalino por excelencia y sentenció el campeonato en el otrora inexpugnable feudo de su eterno rival catalán; único equipo que ha tumbado a siete ganadores de la Liga ante su público en una temporada (ganó en el Camp Nou, en el Calderón, en Mestalla, en San Mamés, en el Benito Villamarín, en Anoeta y en el Sánchez Pizjuán); Mourinho alcanzó el exclusivo distintivo de conquistar el torneo nacional en España, Italia, Inglaterra y Portugal; y, por último, la institución madrileña rompió el monopolio de títulos y fútbol que el Fútbol Club Barcelona se había labrado con lustre hasta entonces.


Pero el champán y los festejos pronto quedaron atrás. Llegó la intensa Eurocopa y los Juegos Olímpicos. Casi sin pestañear el intervalo de descanso y desconexión entre temporadas se había esfumado y la absoluta urgencia por recuperar el tono físico y la concentración adecuada llegaba con demasiada celeridad: la Supercopa ante el Barcelona y las primeras jornadas de la nueva temporada llegaron con la rotundidad de la realidad. La dulce nube de mayo se torno en agresiva tormenta en septiembre. El invierno futbolístico tiñó de gris el brillo de aquel equipo que ganó la 32ª Liga para la institución de Chamartín. El olvido inherente al deporte, agradecido e hiriente en igual proporción, ganó terreno con aplastante lógica para arrinconar el último triunfo liguero y ceder paso a la incómoda realidad madridista. Ya casi nadie recuerda el último paso por Cibeles –por anhelado que resultara hace seis meses-.


Al borde del final de la primera vuelta de la temporada 2012 - 2013, la musicalidad estadística de antaño se ha tornado en aridez esteparia: el Madrid es tercero a 16 puntos del Barcelona y 7 del Atlético, ha dilapidado 15 puntos en lo que va de ejercicio -uno más que en toda la Liga pasada- y presenta el peor balance de resultados desde hace cinco años. Tras las primeras cuatro jornadas comenzaba a gestarse el huracán. No en vano, el bloque madrileño arrancó cuatro puntos de una cosecha de 12 al alzarse el telón del campeonato. Mourinho nunca se había dejado tantos puntos por el camino. Inmersos en el periodo vacacional navideño, es tiempo de reflexión. ¿Qué virus ha transformado a un equipo de récord en la sombra más gélida de lo que el inconsciente colectivo entiende como club grande?

“Son pocas las cabezas comprometidas y concentradas en que el fútbol es lo prioritario y el problema es la imagen de mi equipo, sin concentración y sin disponibilidad mental para sufrir”. Mourinho avanzaba su diagnóstico tras caer en el Pizjuán, el 15 de septiembre. Cuarta jornada. “Nunca me he visto en una situación como esta, de perder tantos puntos y tener al equipo tan lejos de sus objetivos porque esta Liga está casi imposible”, confesaba el técnico luso en la sala de prensa del estadio Santiago Bernabéu tras sorprenderse inmerso en una crisis categórica minutos después de que su millonaria plantilla se despeñara hacia un empate devastador ante el Espanyol. Dos a dos en casa y ante el penúltimo clasificado.

“Yo nunca he tenido diferencias con ningún jugador. Claro, siempre y cuando hagan lo que yo digo”. “Mis jugadores son instruidos al detalle. No pueden equivocarse. ¿Mi secreto? Profesionalismo, gran profesionalismo, y perfeccionismo”. “Muchos me creen omnipotente porque dicen que conozco todo. Eso no es verdad, jamás conocí el fracaso y estoy orgulloso de eso”. “Este partido lo ganamos sin bajar del autobús”.

Este carrusel de citas, que a través de un filtro de actualidad y lógica podrían atribuirse a José Mourinho sin rubor alguno, pertenece a uno de los mejores entrenadores de la historia del balompié. Un revolucionario que conquistó el viejo continente y se ganó su lugar en la leyenda de este deporte negando la vía ofensiva que monopolizaba el estudio y análisis del fútbol y sentenciaba al olvido o sinsentido a las propuestas más defensivas. Con un estilo de preparación y mentalización colectiva e individual marcial, no solo ganó varias ligas en España e Italia sino que conquistó dos veces consecutivas la Copa de Europa. “El fútbol de hoy no es la gambeta o el jugador personal, sino que la consigna de hoy es ganar”, explicó en 1959, cuando el football se entendía como espectáculo, de estiletes y goleadas, sin miramientos hacia la propia portería. Este visionario se llamó Helenio Herrera.


H.H. convenció al planeta futbolístico de la conveniencia de contemplar métodos de trabajo más concienzudos, coartando la absoluta libertad con la que los futbolistas se manejaban en aquel entonces. El mago argentino construía bloques sólidos de jugadores, colosos del bien colectivo por encima del individual, hordas de atletas físicamente incontestables que arrancaban trofeos a los clubes más brillantes del panorama internacional. Su truco esencial: la mentalización del vestuario para dejarse la última gota de sudor en pos de un compromiso inhumano por el interés del equipo.

Bajo este estándar se ha manejado Mourinho desde que decidió abandonar su empleo de profesor para enrolarse en el circo del fútbol desde un escaño en el banquillo. Dotado de la convicción y sabiduría táctica de los más excelsos preparadores que ha conocido este deporte, “Mou” convertía plantillas de buenos futbolistas en guerreros que arrancaban la Copa de Europa de las manos de los clubes favoritos. Oporto e Inter dan fe de su maestría en la gestión de vestuarios de nivel técnico mediocre convertidos en soldados irreductibles. En el madrileño paseo de la Castellana también han saboreado el feroz control del entrenador portugués que pinchó la burbuja de excelencia blaugrana. Con Liga y Copa incluidas en el paquete. Sin embargo, la crisis de resultados ha estallado. La difícil digestión de la travesía del equipo en los cuatro meses de competición que llevamos nubla el análisis de lo sucedido. El Imparcial se adentra entonces en la disección de lo ocurrido para desentrañar las variables que han descontrolado el equilibrio del rodillo madridista.



La mentalización de un vestuario conlleva de forma irremediable la búsqueda de la unión de los futbolistas en torno a un objetivo común y la cesión de protagonismo de los egos por el bien colectivo. El estilo que Mourinho ha ideado para un equipo salpicado con jugadores de elevada calidad técnica es el despliegue intensivo de tensión defensiva para disponer de un número elevado de robos de balón y volar en las transiciones. La horizontalidad no es un elemento a trabajar en el esquema del luso. En esta fórmula de despliegue físico con el control como fin último, el nivel de entrega individual adquiere protagonismo. “Tengo pocas cabezas concentradas” decía el técnico madridista en septiembre y es probable que lo mantenga ahora. La filosofía de esfuerzo que ha funcionado el pasado año para catapultar las cifras goleadoras del equipo hasta el récord presenta déficit en la actualidad. ¿Por qué?

El asfixiante compromiso que Mourinho exige a sus futbolistas permanece encuadrado en la legitimidad del líder de la manada, al que los componentes de la misma siguen porque confían ciegamente en su sabiduría. Pero, en la ecuación han entrado variables inesperadas para el cuadro técnico. ¿Cómo se vuelve a amarrar la mente y el cuerpo de los jugadores tras haber batido todas las marcas y haber tocado la gloria en mayo?¿Cómo volver a forzar el umbral del esfuerzo del futbolista de élite para empezar de nuevo? Se antoja evidente que el Real Madrid no ha encontrado la respuesta a estas cuestiones y la debacle se desencadena por lógica aplastante. Cuando las líneas ofensivas no presionan en defensa el equipo se parte, la líneas se alejan de forma desmesurada, y el equipo que Mourinho tiene en mente se deshace. En este escenario, empatar o perder fuera de casa ante equipo menores no resulta exótico.


La saciedad de éxito, el cansancio tras un verano de competiciones nacionales, la negativa inconsciente a seguir sufriendo por el bien común se ha traducido en pérdidas de concentración e intensidad, y, además, el Barcelona no perdona. Este año, con la sangre todavía caliente por la derrota en el Camp Nou del pasado ejercicio, no perdona. La estadística resurge del pozo negro de nuevo para señalar que de los 14 balones que Casillas se ha visto obligado a desenmarañar de las redes de su portería en lo que va de temporada, nada más y nada menos que el 50% han llegado a balón parado. “No se puede trabajar más las jugadas a balón parado y todos conocen cuál es su oponente, su función y la zona que tiene que cubrir porque tenemos gráficos”, se lamentaba Mourinho en el Pizjuán, antes de recibir más de 10 tantos más en situaciones de pelota parada.

La epidemia de lesiones que ha dejado en la estacada a Marcelo, una de las salidas fluidas de balón predilecta del equipo cuando el rival entreteje un tapón sobre Xabi Alonso, e Higuaín, y las declaraciones contestatarias de Sergio Ramos y Ronaldo en un sistema autoritario de control de las comunicaciones completan el totum revolutum que gobierna el Real Madrid de la temporada 2012-2013. Mourinho ha contemplado como su legitimidad ante el vestuario se ha erosionado a medida que el bloque se fortalecía, rendía mejor y obtenía los títulos anhelados desde hace años. El éxito ha desdibujado la sumisión de los egos al colectivo y la intensidad es un concepto que se maneja en el vestuario pero se olvida en el terreno de juego. Las suplencias de Ramos y Casillas ocupan el rol de "asuntos sin resolver" en este relato.

Cuando el análisis adquiere la perspectiva histórica adecuada, conceptos como el fin de un ciclo y “quemar” a una plantilla adquieren un hilo consecuente con este Real Madrid de Mourinho. El legendario Milan preparado por Arrigo Sacchi que asesinaba a sus rivales con una mezcla de presión asfixiante y pegada durante años cedió el Scudetto a un casi recién ascendido, el Nápoles de un tal Diego Armando Maradona, tras centrar -de forma inconsciente- su concienciación en la Copa de Europa.


En territorio nacional destaca un entrenador de metodología concienzuda que ha perdido a dos de sus mejores jugadores y al resto del vestuario en unos meses. Marcelo Bielsa enamoró a jugadores, directivos y afición en Bilbao tras comprobar su enfermiza entrega al fútbol y, aunque el equipo no arrancaba a comienzos de año, la confianza permaneció intacta. Pero, a pesar de llegar a dos finales y convertir a un club de juego tosco en una de la referencias de fluidez combinativa, la legitimidad del “Loco” se ha diluído y la intensidad de sus leones se fue por la cañería al tiempo que los símbolos de Lezama emigraban de cuerpo y mente tras constatar que su sueño podría por fin culminarse: ganar un trofeo con el Athletic.

La tozuda realidad apunta hacia una rotura en la dinámica mental del vestuario del Real Madrid. La magia portuguesa que convirtió a once jugadores en un equipo arrollador y comprometido con el trabajo colectivo -independientemente de las capacidades de cada cual para trazar un caño al rival o rematar de chilena- ha desaparecido tras romper la urgencia de títulos que la institución madrileña arrastraba desde que Guardiola decidió colocar al Barça en otra dimensión. ¿Podrá recuperar la legitimidad perdida Mourinho? Un preparador que ha ganado la liga en cuatro países diferentes –incluidas las tres mejores naciones del mundo balompédico- con una receta similar está capacitado para reconstruir su obra de las cenizas actuales. Pero se antoja más factible comprobar que Cristiano Ronaldo anota 50 goles que verle pelear al límite por robar una pelota al zaguero rival.

Una tortilla depende de la calidad de los huevos. En el supermercado tienes huevos de primera, segunda y tercera clase y unos son más caros que otros y te dan mejores tortillas. Así que cuando los huevos de primera clase están en Waitrose –supermercado británico- y no puedes ir a allí, tienes un problema”. Con este alegórico discurso explicó “The Special One” los factores por lo que su Chelsea había arrancado la temporada de modo similar al de su Madrid actual. En aquella ocasión, la falta de profundidad de su plantilla y las lesiones de Frank Lampard, Michael Ballack, Ricardo Carvalho y Didier Drogba representaba el palo en la rueda de su equipo. Fue cesado meses más tarde y la receta madrileña parece más complicada que una tortilla, aunque los retos alimentan a este excelso cocinero de trofeos.

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