Críticas de Teatro

El Diccionario, de Manuel Calzada Pérez: resistencia silenciosa

BIOGRAFÍA ESCÉNICA DE MARÍA MOLINER

Domingo 23 de diciembre de 2012
El Diccionario, de Manuel Calzada Pérez
Director de escena: José Carlos Plaza
Escenografía e iluminación: Francisco Leal
Intérpretes: Vicky Peña, Helio Pedregal, Lander Iglesias y la voz de José Pedro Carrión como El Juez
Lugar de representación: Teatro La Abadía. Madrid


Por RAFAEL FUENTES


Pocos personajes encarnan con mayor pureza y autenticidad la figura del “exilio interior” que María Moliner, bibliotecaria represaliada tras la Guerra Civil y autora, desde el silencio público, bajo la dictadura franquista, de un trabajo lexicográfico gigantesco de inapreciable valor que desembocó en el Diccionario de uso del españolEl Diccionario que sirve de título a la pieza teatral-, obra indispensable donde se corrigen definiciones inexactas y errores metodológicos del Diccionario de la Real Academia Española, hasta convertirse en una alternativa a este, o, al menos, en su complemento imprescindible.



La personalidad de María Moliner despierta en el público una espontánea adhesión moral. Amordazada su acción republicana a favor de la difusión de la lectura, su insobornable protesta contra el dictador no se orienta hacia el resentimiento, el desánimo o el insulto, sino a una actuación silenciosa formidablemente positiva como es restituir a las palabras de nuestro idioma su recto significado, cuando tantas veces ha sido falsificado y envilecido desde la política o los intereses más despóticos y estrechos de miras. Manuel Calzada Pérez remarca los valores que impulsan esa titánica tarea: el esfuerzo diario, la autodisciplina, un férreo rigor intelectual, la entrega inexorable a una causa noble, el espíritu de sacrificio que no busca la fama ni la recompensa pública, sino el valor de la obra en sí misma. Rasgos de carácter que la actriz Vicky Peña transmite con precisión y nitidez en una interpretación realmente memorable, donde la contención expresiva está al servicio de la máxima autenticidad de las emociones en juego.

A partir del discurso de presentación de su Diccionario, la pieza se ramifica hacia los recuerdos de María Moliner que rescatan las vicisitudes claves de su existencia y hacia su lucha contra la arteriosclerosis cerebral, que finalmente borrará de su mente, una a una, ese cosmos de palabras que fue su universo personal. La excelente dirección escénica de José Carlos Plaza permite que esa mutación permanente se desenvuelva con fluidez pasando de una atmósfera de luz a otra sin que el espectador pierda el hilo conductor interno de la protagonista. Espacios y momentos diversos unificados por una bóveda celeste con constelaciones de palabras, vocablos que brillan como estrellas en la noche, un universo léxico que envuelve mágicamente el escenario y que está condenado a extinguirse cuando la mente de María Moliner se apague tras el avance demoledor de la enfermedad.



Subyace una innegable fuerza trágica bajo este relato. Sin embargo, Manuel Calzada, en su afán por otorgar voz pública a la silenciosa María Moliner, da prioridad a otros factores. Los fragmentos de discursos son sustancialmente explicativos y nos ilustran sobre la metodología de la gran lexicógrafa. A su vez, los diálogos está más al servicio de la información que del drama, dando así primacía a la narración biográfica en detrimento de la acción teatral. Desde el escenario recibimos una lección muy didáctica sobre los principios lexicográficos de Moliner y también un pedagógico trazo biográfico de la protagonista. Pero todo ello mediante una leve e inconsistente armazón teatral. Un ensayo teórico, una novela o un relato biográfico nos habrían valido por igual –incluso con mayor rotundidad- para adquirir esta información. Mientras que el drama trágico que se percibe en los entresijos de la historia no se articula y permanece solo latente en el subsuelo. El conflicto con el juez franquista se reduce a unas voces sin rostro que la protagonista guarda en su memoria y la batalla contra la enfermedad pasa de unas escaramuzas secundarias con su neurólogo al patetismo de la locura final al estilo de Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas De Quincey. El potencial trágico queda intacto.



Una voz teatral nueva como es la de Manuel Calzada necesita reflexionar sobre ese paso de las palabras escritas en el papel a su funcionamiento escénico real y su efecto sobre el público. Solo así un autor dramático puede crecer. En este sentido, en la Abadía de José Luis Gómez se está realizando una tarea impagable para la dramaturgia española de hoy. En muy poco tiempo, nos ha mostrado obras frescas de autores consagrados como Ignacio Amestoy, y las piezas de jóvenes emergentes como Paco Bezerra, y, ahora, Manuel Calzada Pérez, con exigentes puestas en escena que serán determinantes para su crecimiento.

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