Manuel Sánchez de Diego | Domingo 23 de diciembre de 2012
Hay misterios de la naturaleza inconcebibles para los padres de niños pequeños. Comenzando por el hecho de ¿cómo es posible que en el parque siga habiendo arena?, si todos los días mi hijo trae en sus zapatos una buena cantidad y, lo mismo ocurre con sus compañeros. ¿Acaso rellenan el arenero por la noche? Por otro lado, es ya dogma de fe que las lavadoras se tragan de vez en cuando algunos calcetines, prueba de ello es la bolsa de calcetines desaparejados que sigue engordando cada día. Ahora en Navidad, muchos padres nos escapamos del trabajo para ver deprisa y corriendo en la función de Navidad a nuestro hijo haciendo de pastor, rey mago, ángel, oveja o árbol y, en todos los casos, lo hacen muy bien. Todos los padres hemos regañado a nuestros hijos por perder un jersey, una camiseta de deportes pero ¿es posible perder sólo un zapato? Puestos a perder que pierdan los dos. Claro que cuando alegres nos dicen que ya han encontrado el zapato y, después resulta que es del mismo pie, comprendemos que perder sólo un zapato, no es algo excepcional. Esos son algunos detalles que marcan la rutina de una familia.
Ser padres y madres resulta complicado. Ser profesor o profesora en una clase con casi treinta alumnos, heroico. Así lo han demostrado las profesoras del colegio de Sandy Hook en Newtown (Connecticut), tal y como narran las crónicas de una barbarie inconcebible para los padres de niños pequeños. La madera de las heroínas se gesta día a día. Por eso, cuando al finalizar la jornada, la maestra la “profe” despide a mi hijo con un beso y una sonrisa, sé que se ha ganado algo más que su salario. Seguramente un cariño que pervivirá en el tiempo y, además, mi confianza. Que incluso arriesgará su vida por él, tal y como hizo la puertorriqueña Ana Márquez-Greene, en un colegio al otro lado del Atlántico.
Gracias a Dios, en España no existe armamento de guerra en manos de particulares. Aunque tenemos otros riesgos, como los 200 pederastas británicos que han aterrizado en nuestro país en el último año. A los padres nos resulta inconcebible que alguien pueda hacer daño a un pequeño sea de dos, cuatro, seis o siete años... Por eso, muchos no podemos dejar de conmovernos cuando escuchamos y vemos lo ocurrido en Newtown y, aún en la lejanía, nos sentimos cerca, muy cerca de los padres de esos veinte niños y niñas asesinados por un loco, un inadaptado, alguien al que en mi mente ya he condenado al olvido. Sin embargo, la sociedad tiene el compromiso de saber que ocurrió en el lado oscuro de la cabeza de ese joven asesino. Que le llevó a hacer algo inconcebible. Es nuestra obligación, para que no vuelva a ocurrir. Sé que las soluciones legislativas poco pueden hacer, solo el cariño y mucho amor lograrán hacer un mundo mejor. Se dice que el tiempo lo cura todo, incluso las muertes de los seres queridos, ¡Ojalá sea así! Por ello elevo mi oración.
Al final de todo esto, cuando recuerdo el cariño de las profesoras de mis tres hijos, no puedo dejar de sonreír, pues cuanto más sonreían ellas, más las querían mis hijos. En una ocasión una de ellas sustituía a una extraordinaria profesora. Los alumnos llegaron a querer tanto a la sustituta que muchos padres avisamos a la dirección que no podían perder una alhaja como ella. Al final, sigue en el colegio sonriendo y espero que lo haga por muchos años.
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